El Imperio romano extrajo oro del territorio que hoy es España, y ahora una investigación ha logrado ubicar con mayor precisión uno de los enclaves de esa actividad.

Se trata de explotaciones situadas en el Pirineo Oriental, cuya existencia había sido sospechada durante años, pero sin pruebas concluyentes hasta ahora.

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El hallazgo se centra en el área de las Guilleteres d’All, donde un equipo del Departamento de Ciencias de la Antigüedad y de la Edad Media confirmó la presencia de minas de oro aluvial de época romana.

Para ello utilizaron técnicas de datación por luminiscencia (OSL), que permitieron situar estas explotaciones entre los siglos I y IV d. C.

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La investigación apunta a los depósitos aluviales del río Segre, donde el oro procede de sedimentos antiguos de los Pirineos que fueron arrastrados y acumulados durante siglos en terrazas fluviales, desde la Cerdaña hasta las llanuras de Lérida.

Aunque fuentes históricas ya destacaban la calidad de este oro, no se había podido confirmar con certeza su explotación en época romana. Sin embargo, varios indicios arqueológicos reforzaban esa hipótesis, como los talleres metalúrgicos en el yacimiento del Castellot de Bolvir.

Estas estructuras mostraban señales claras del uso del agua como herramienta minera, una práctica habitual en la ingeniería romana.

Foto: Unsplash

Cómo funcionaban estas minas

Los romanos desarrollaron sistemas avanzados para la extracción de oro, basados en el control del agua. Desde canalizaciones simples hasta complejos mecanismos hidráulicos utilizaban la presión para erosionar sedimentos y separar el metal.

Uno de los elementos clave del estudio fue la excavación de un gran depósito hidráulico, parte de esta red de explotación. Sin embargo, la falta de materiales orgánicos dificultaba su datación.

Para resolverlo, los investigadores aplicaron la técnica OSL, que permite determinar la antigüedad de los sedimentos a partir de la radiación acumulada en minerales como el cuarzo. A diferencia del carbono 14, no requiere restos orgánicos, lo que la hace especialmente útil en contextos mineros.

Los resultados, obtenidos a partir de dos muestras, coinciden en situar el uso de estas estructuras entre los siglos I y IV d. C., lo que confirma su origen romano.

(I)