Hazel Fellows, cuya imagen circuló en 1968, se convirtió en un símbolo del grupo de mujeres patronistas, costureras y ensambladoras que trabajaban en la International Latex Corporation (ILC) y que confeccionaron los trajes espaciales para el programa Apolo entre 1962 y 1974.
Ellas eran mujeres de clase trabajadora que habían aprendido a coser de sus madres o en las clases de economía doméstica de la secundaria. Algunas habían trabajado para Playtex, división de ILC que fabricaba fajas, sujetadores y pantalones de goma para pañales.
Y otras provenían de fábricas de ropa y equipaje cercanas, reseña el Smithsonian American Women’s History Museum (Museo Smithsoniano de Historia de las Mujeres Americanas), institución estadounidense dedicada a investigar la historia de las mujeres, en un artículo de 2024.
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En esa publicación se señala que las expertas en la confección se involucraron en el esfuerzo nacional por enviar a un hombre a la Luna y comprendieron que la vida de los astronautas dependía de la durabilidad y el rendimiento de los trajes espaciales.
Fellows, según la investigación del Museo, no era la única afroamericana en ILC. Iona Allen era otra costurera afroamericana recordada por su habilidad para realizar las tareas de costura más difíciles; por ejemplo, confeccionó las botas lunares de Neil Armstrong. Cada componente del traje espacial requería un trabajo de precisión, adaptándose a nuevos procesos y materiales, indica la institución estadounidense.
El Museo explica que las costureras combinaron sus conocimientos prácticos con el proceso de ingeniería para innovar en diseños y procedimientos. Los ingenieros de trajes se basaron en la experiencia de las mujeres en el manejo de textiles y prendas de vestir.
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Durante la fase de desarrollo de los trajes, señala la entidad, las costureras determinaron qué técnicas de costura a mano y a máquina permitirían plasmar los diseños de los ingenieros y ayudaron a establecer los procedimientos para ensamblarlos. Luego, siguieron instrucciones detalladas mientras cortaban, cosían y ensamblaban con adhesivo u otro material de unión.
Una de las maneras en que la experiencia práctica de las costureras influyó en el proceso fue en el uso de las máquinas de coser, apunta el Museo en su artículo y detalla que, por ejemplo, Francine Burris se negó a que su equipo utilizara tijeras eléctricas al cortar las piezas de la delicada capa de mylar del traje térmico antimicrometeoritos.
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Esta decisión la tomó, ya que la precisión dependía del control de las tijeras y la velocidad no ayudaría al proceso. Además, las máquinas de coser funcionaban a una fracción de su velocidad normal.
Además, según la investigación del Museo, los trajes espaciales requerían un estándar de producción más alto: prácticamente no había margen de error ni variación. Olvidarse de quitar un alfiler era un error común al coser que podía ser mortal con un traje espacial, describe la institución.
Por ello, agrega, la supervisora de la planta de ILC en Frederica, Eleanor Foraker, asignó alfileres de diferentes colores a cada costurera. Como ellas debían rendir cuentas de todos los alfileres que usaban al final de su turno, no había dudas sobre quién había olvidado alguno.
El Museo recopiló información que revela que para cumplir con los plazos de producción, las mujeres trabajaban largas jornadas, incluso los fines de semana. Sin embargo, indica que un video de 1971 producido por la NASA muestra al astronauta Charlie Duke probándose su traje espacial y, aun así, no se reconoce el esfuerzo de las mujeres que confeccionaban los trajes.
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El trabajo de las mujeres se muestra en el video, pero sus nombres y voces no aparecen, “lo que demuestra la facilidad con la que se borraron sus contribuciones”, opina el Museo.
Aunque sus nombres han sido en gran medida omitidos de los registros históricos, hubo al menos una ocasión en que la habilidad de una costurera salvó el lanzamiento, destaca la institución estadounidense.
Tres días antes del lanzamiento del Apolo 17 en diciembre de 1972, uno de los trajes espaciales necesitaba una reparación importante, y usar el traje de reserva no era una opción, recuerda la entidad y puntualiza que el Centro Internacional de Locomotoras (ILC) envió a Roberta Pilkenton a Florida con el maletín que contenía la pieza de repuesto esposada a su muñeca.
Ella era, según la publicación, quien tenía más experiencia trabajando con la articulación de neopreno de la pierna que necesitaba reparación. Comenzó a trabajar poco después de su llegada al Centro Espacial Kennedy a las 04:00 y terminó la reparación a la medianoche.
En una entrevista de 1994 que recoge el Museo, Pilkenton declaró: “Éramos todos buenos y éramos un equipo. No se logra nada si no se trabaja en equipo”.
Llegar a la Luna impulsó la imaginación y el compromiso de toda la nación, resalta la institución y rememora que el presidente Kennedy, cuando presentó su plan al Congreso en mayo de 1961, declaró: “No será un solo hombre quien vaya a la Luna... será toda una nación. Porque todos debemos trabajar para que llegue allí”.
Las mujeres que confeccionaban los trajes espaciales formaban parte de un estimado de 400.000 personas directamente involucradas en el envío de doce astronautas a la Luna durante el programa Apolo, destaca el Museo y explica que su misión era garantizar la integridad de los trajes espaciales y la seguridad de los hombres que los usaban. (I)







