Hay historias que no llegan a los medios: los medios llegan a ellas. Aparecen primero como susurro de nicho, se convierten en tendencia y, en cuestión de horas, ya están en titulares, paneles, radios y conversaciones familiares. No porque hayan demostrado relevancia pública, sino porque el sistema las volvió imposibles de ignorar.

En 2026, esa es una realidad incómoda: la agenda nacional puede nacer en un feed antes que en una sala de redacción. Vamos a hablar no del escándalo actual que se viraliza en redes sociales en Ecuador con las famosas narcoinfluencers, sino de ese otro contenido que ahora aparece en tu celular más que antes: canciones, modas, memes, videos y fotos de mujeres hermosas a quienes verios ahora les dan el título de narcoinfluencers. Así, si querías estar lejos de ese tema, las recomendaciones del algoritmo te lo imponen en pantalla.

Conviene nombrarlo con precisión: esto no es solo viralidad. Es agenda algorítmica. Una forma de ordenar la conversación pública que no depende primero de importancia, sino de rendimiento: clics, retención, comentarios, compartidos. La consecuencia es brutalmente práctica: la conversación nacional puede terminar definida por lo que mejor activa emociones rápidas, no por lo que más ayuda a comprender la realidad.

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Cuando la viralidad deja de ser “tendencia” y se convierte en “autoridad”

Primero manda el algoritmo (clics/morbo/estética), luego se alinea el noticiario y, finalmente, la IA lo cristaliza (lo resume, lo cita, lo “explica”) como si fuera conocimiento estable.

Aquí aparece la pregunta que demasiadas veces evitamos: ¿quién es responsable cuando un caso se vuelve tendencia en una semana y captura la agenda? Es tentador culpar a la gente por consumir o compartir, o culpar a “los medios” por cubrir. Pero el problema es estructural: hay un circuito de incentivos que se retroalimenta.

Primero, las plataformas. Para entenderlo no se necesita saber nada de algoritmos: basta una metáfora doméstica. El algoritmo se parece a un mesero con prisa. No trae lo mejor del menú, trae lo que más se pide y lo que lo mantiene a usted sentado consumiendo. Si usted mira un contenido, se detiene, reacciona o comenta, el sistema aprende una sola cosa: “esto retiene”. Y lo sirve más. A usted y a miles como usted.

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Segundo, los medios. En un ecosistema donde la atención es oxígeno, ignorar lo que ya está caliente tiene costo. La presión es real: si el público está hablando de algo, el medio que no lo cubre “pierde conversación”. El problema no es cubrir: el problema es cómo se cubre. Cuando se sigue la tendencia sin contexto, sin evidencia, sin límites estéticos y sin criterio editorial, se produce un efecto de amplificación: el tema deja de ser ruido digital y adquiere estatus de realidad nacional.

Tercero, las audiencias. No por falta de inteligencia, sino por diseño del entorno. La mayoría confunde “muy repetido” con “muy importante”. Y ahí ocurre el truco perfecto: si usted ve el mismo tema cinco veces en 10 minutos, su cerebro interpreta que es un asunto central. Pero la repetición no garantiza relevancia: garantiza rendimiento. Un incendio en un barrio puede ser crucial y tener poca visibilidad. Un chisme puede dominar el feed sin aportar nada a decisiones reales.

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Y ahora se suma un cuarto actor que acelera el ciclo: la inteligencia artificial. Antes, una tendencia podía durar un fin de semana y desvanecerse. Hoy, cuando un fenómeno entra en la maquinaria de la IA —resúmenes, videos explicativos, respuestas conversacionales—, puede pasar de tendencia a “explicación estándar”. La IA no solo enlaza: sintetiza. Y una síntesis, para la mayoría, se siente como verdad práctica. El riesgo ya no es solo que algo se vuelva viral: es que se vuelva consultable, repetible, “oficial” en el imaginario colectivo.

Por eso, hablar de “narcocultura digital” o “narcoestética aspiracional” no es moralismo. Es análisis de un sistema que premia la narrativa más adictiva. Y cuando esa narrativa glamuriza símbolos de poder criminal, el costo social no es abstracto: normaliza, anestesia y, en algunos casos, seduce. La conversación pública se convierte en espectáculo y la ética compite contra el clic.

¿Cómo marcamos límites y nos alfabetizamos?

En una de mis ponencias durante el Congreso IACOM en España, presenté esta posición sobre reputación en la era de los buscadores con IA y autoridad algorítmica; insisto en una idea que incomoda: el poder ya no está únicamente en quién publica, sino en quién es amplificado, quién es repetido y, finalmente, quién es resumido en una respuesta por ChatGPT o Grok. Porque hoy la conversación pública no se mueve solo por noticias; se mueve por impulsos de visibilidad, por incentivos de atención y por una economía emocional que premia el clic rápido.

Entonces, ¿qué estrategias necesitamos para que no todo lo que rinde se convierta en “tema país”? La respuesta no es censura, ni nostalgia por un pasado sin redes. La respuesta es elevar el estándar cultural y operativo con tres frentes claros.

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Primero: alfabetización mediática actualizada. Verificar fuentes sigue siendo esencial, pero ya no basta. Hoy hay que enseñar a distinguir relevancia pública de rendimiento algorítmico. Un ejercicio simple para cualquier persona, en 10 segundos.

  1. ¿Esto cambia algo real en seguridad, trabajo, decisiones o comunidad?
  2. ¿Qué evidencia verificable existe (datos, documentos, fuentes claras)?
  3. ¿Qué emoción está explotando (morbo, miedo, indignación, aspiración)? Si la respuesta es emoción sin evidencia, probablemente es tendencia, no interés público.

Segundo: alfabetización algorítmica básica, sin tecnicismos. No para convertir ciudadanos en ingenieros, sino para devolverles agencia. Dos ideas bastan:

  • El feed no muestra “lo más importante”; muestra lo que más retiene.
  • Repetición no es sinónimo de relevancia; es señal de empuje. Con esa claridad mínima, el ciudadano deja de sentirse arrastrado por “la realidad” y empieza a ver un menú optimizado.

Tercero: corresponsabilidad editorial y regulatoria. En redacciones, se necesitan protocolos para cubrir tendencias: verificación mínima, contexto, consecuencias, evitar glamour y explicar por qué se cubre. Y en el plano regulatorio, el debate serio no debería ser “prohibir contenidos”, sino exigir transparencia y responsabilidad: saber qué se amplifica, por qué se amplifica y cómo se mitigan daños cuando la amplificación produce efectos sociales.

El punto de fondo es este: no todo lo que es tendencia merece convertirse en “tema país”. Pero mientras la atención sea el precio de supervivencia, el algoritmo seguirá empujando lo que más reacción provoca. Por eso la alfabetización mediática de hoy tiene un capítulo nuevo: aprender a reconocer el empuje invisible.

Si no lo entendemos, terminamos viviendo dentro de la agenda que mejor retiene… no dentro de la que más importa. Y cuando además la IA consolida esas tendencias como relatos consultables, el riesgo se multiplica.

La pregunta ya no es si esto nos gusta. La pregunta es si vamos a aprender a leerlo —y a gobernarlo— antes de que nos gobierne. No es paranoia: es arquitectura digital. Y si no aprendemos a leerla, nos va a gobernar.