Durante años se nos ha enseñado que las decisiones financieras deben ser racionales, calculadas y frías. Sin embargo, la evidencia científica y la experiencia cotidiana demuestran lo contrario: gran parte de las decisiones económicas que tomamos a diario están profundamente influenciadas por nuestras emociones, el contexto en el que vivimos y los hábitos que hemos aprendido a lo largo del tiempo.


