Las calles del centro histórico de Quito guardan historias, leyendas y secretos que muchos se han llevado a la tumba. Cientos de ciudadanos, entre niños y adultos, confluyen en un casco patrimonial que es atractivo para unos, pero que para comerciantes informales se convierte en un área de cemento de la que, como ellos mencionan, deben sobrevivir diariamente.
El turista, las fotos, los geranios, las piletas, las iglesias y los grandes restaurantes son el lado brillante de uno de los centros mejor conservados y preservados de toda América Latina.
Al recorrer la calle Chile, sea para llegar a El Tejar o bajar a La Marín, ese terreno mejor conservado se convierte en una zona donde muchos emplean su valentía para lograr salir adelante.
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Es la realidad del denominado comercio informal en Quito. Un desafío para el Municipio por su crecimiento en la zona, pero, a la vez, el sustento diario de quienes lo practican con la venta de distintos artículos.
Voces desde la calle
En una cuadra, más de quince vendedores ofertan sus productos con los tradicionales gritos. “¡A dólar la canela!”, “¡Diez armadores un dólar!”, “¡Lleve a tres dólares la gorra!”, “¡Cuatro pastas dentales a un dólar!” son algunos alaridos que se perciben mientras se mantiene el lento caminar de los transeúntes. Sus conversaciones son tan bulliciosas que las ofertas de aquellas personas parecen quedar en el olvido.
Allí, ante la llegada de los agentes de control metropolitano, que visten trajes negros y azules y la mayoría del tiempo llevan un silbato en los labios, los comerciantes saben que en ese momento deben tomar sus cosas y moverse del sitio si no quieren tener problemas con la autoridad.
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En medio de esas jornadas de continuos movimientos, el cansancio se percibe, la garganta se seca y el bolsillo de varios de ellos permanece vacío incluso hasta el cierre la jornada. Muchos regresan a ver a sus familias y, según ellos, tienen dificultades hasta para conseguir un pan.
“Mi padre se fue al exterior y yo salí a trabajar para ayudarle a mi mami, porque mi papá se fue a Nueva York. Desde ahí empecé a trabajar”, contó Rocío, mujer oriunda de la Costa ecuatoriana que intentó buscar mejor suerte en Quito.
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En la capital tuvo un compromiso, se divorció y ahora busca salir adelante por su cuenta. “Ahora sigo aquí en la calle, tratando de salir adelante para enviar algo a mi familia”, expresó con una voz tenue y cortante, mientras se secaba las lágrimas tras unas gafas negras que le cubrían los ojos.
Rocío recordó su infancia como un evento muy trágico en su vida. “Venir de un hogar destruido es algo horrible. Solo sé que Cristo cambió mi vida; él me ha dado una nueva vida para salir adelante”, continuó.
Rocío lamentó llegar a su casa, un pequeño cuarto alquilado, en algunos casos sin un dólar en el bolsillo, con la ilusión de que el siguiente día será distinto, pero las cosas con las que se enfrenta son fuertes, según ella.
“Comúnmente son los municipales que dicen que una no es educada y por eso anda en la calle... Ellos deberían ser los primeros en darnos una mano y quizá no ayudarnos a vender, pero sí permitirnos caminar sin que nos quiten los productos”, manifestó la mujer.
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La voz se le quebró cuando intentó hablar sobre su progenitor. Rocío aseguró que no logra superar el abandono del hombre, a pesar de que ha transcurrido tanto tiempo. “Desde mis 3 años se fue y nunca lo volví a ver”, concluyó.
Varios segundos tardó Rocío en tragarse las lágrimas y resaltó la labor dura que debe afrontar en el espacio público, incluso insultos o malos tratos.
“Una en la calle tiene que enfrentarse a todo. Es algo sumamente duro, pero con la ayuda de Cristo sigo adelante”, agregó.
Como Rocío existen vendedores de ramas de canela, joyas de bambalina, cepillos de dientes, medias y un sinfín de artículos. Varios de ellos prefieren no hablar.
En ese sitio, muchos están a expensas de los cambios de clima, por lo que usan indumentarias para protegerse de un intenso sol.
Mientras el ambiente de Quito se iba nublando apareció Verónica, una mujer de 56 años que sostenía un paquete de toallas para la cocina en la mano izquierda y otro de chocolates en la derecha.
Ella resaltó que los productos son adquiridos con la respectiva factura y luego los intenta comerciar en el sitio.
En una ocasión, relató, una señora le compró toda la mercadería antes de que agentes metropolitanos se la retuvieran.
“Muchos de nosotros salimos a trabajar y no es como ellos nos reconocen... No le estamos robando a nadie”, mencionó Verónica.
Su giro de negocio cambió desde 2020, en la pandemia. La falta de recursos, una enfermedad propia y sus hijos la obligaron a vender un local para empezar de nuevo en la calle.
“A partir de la pandemia las ventas bajaron, pagar un arriendo era más duro. Entonces decidí comenzar desde cero. Lamentablemente, de capital no me quedó casi nada y tuve que buscar otras opciones”, declaró Verónica.
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Para muchos comerciantes, el aumento de la informalidad se debe a la falta de espacios para emprender, las pocas plazas de trabajo en el país y la ausencia de planes concretos y sostenidos.
En las calles, por ejemplo, estaba Fernanda San Martín, una joven de ojos verdes, cabellos castaños y lentes redondos, con una caja de madera en el abdomen y al frente un letrero que rezaba “Micas de vidrio a $ 1″.
Ella señaló que su padre trabajaba en la avenida Pichincha en las mismas condiciones; una vez reubicados, la historia cambió, pero el nivel de ventas ya no era el mismo, sino que fue a la baja.
“Tenemos derecho de trabajar en la calle, lo necesitamos para llevar el alimento a nuestros hijos”, inició Fernanda, quien también mencionó que debe enfrentarse a distintos escenarios de controles, así como acoso y discriminación en las calles.
Diciembre no fue bueno, aseguró la comerciante. Ante la aglomeración, pocos se detenían para comprar algo, porque, según Fernanda, temían ser robados o amedrentados.
En un buen día, la gran mayoría de los vendedores ambulantes logran sacar máximo $ 10, pero en las jornadas bajas no suben de $ 5.
Datos sobre el comercio informal en Quito en 2025
Según estimaciones municipales, en Quito existen entre 12.000 y 17.000 vendedores informales, de los cuales aproximadamente 7.000 se concentran en el centro histórico, lo que evidencia la magnitud del fenómeno en esta zona patrimonial.
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Además, en el país, más del 53 % de los trabajadores se desempeñó en el sector informal en noviembre de 2025, reflejando la prevalencia de esta modalidad laboral, sin garantías sociales ni estabilidad.
A simple vista, los rostros de la venta informal en Quito han aumentado su número. Al solicitar una entrevista con la entidad encargada de regular este tipo de actividades, no hubo respuesta, pese a las insistencias generadas desde inicios de este año. (I)

























