Corría el jueves 19 de enero de 1995 cuando, desde el destacamento de Coangos, el general Wagner Bravo escribía:

“El destacamento está defendido por dos ECO, conformados por 29 hombres y cuatro ametralladoras MAG calibre 7,62 mm.

Las posiciones de combate del personal están bien construidas y cuentan con una protección adecuada, capaz de resistir el fuego de los rockets de los helicópteros enemigos, no así las bombas lanzadas por los aviones rojos, que tienen un radio de acción de 100 metros y abren un boquete de tierra del tamaño de una piscina de 25 metros de largo".

Publicidad

Fueron las primeras señales, las primeras escaramuzas de un conflicto que era inminente en el lado oriental de la cordillera del Cóndor.

La cuenca del río Cenepa se había convertido en una fortaleza para el Ejército ecuatoriano, que luego de 1941 y 1981 no podía fallar.

Operaciones militares con ayuda de los Estados Unidos se alistan en la frontera norte, señalaron autoridades de Ecuador

“A las 07:00 sale el ECO del sargento Hidalgo con abastecimiento a Base Sur; se informa por medio de radio a las 09:30 que personal del destacamento Cóndor Mirador ha tomado contacto con rojos, aproximadamente 40 hombres con fusiles FAL y cohetes RPG”, continuó el parte de la época que reposa en la historia contemporánea militar del Ecuador.

Publicidad

El primer golpe se iba consumando. Huellas, fogatas y demás evidencias hablaban de una posible invasión en territorio ecuatoriano, con el objetivo de tomar destacamentos y sorprender a los soldados.

“Me atrevo a decir, definitivamente, que el Perú nos obligó al enfrentamiento, a pesar de que se hicieron algunas advertencias sobre la intromisión en el espacio aéreo y el territorio. Lamentablemente, el comandante peruano no acreditó y, en ese contexto, se ejecutó el primer ataque”, contó Isaac Ochoa, capitán de la Escuela de Fuerzas Especiales de ese año.

Publicidad

El primer golpe en la selva

Para ello, la preparación en la selva fue extenuante. Varios combates habían dejado muertos del lado peruano, que según el capitán Ochoa, fueron ocultados. Sin embargo, un solo movimiento bastó para entender que las soluciones políticas y cordiales no estaban del otro lado.

“A las 13:00, el señor Sol retorna de Base Sur ante la situación de aproximación de medios rojos al área Veneno, incluso al destacamento Cóndor Mirador.

Se decide infiltrar un P. O. en territorio rojo, de tal manera que podamos tener una visión completa de lo que sucede en el PV-1 Soldado Pastor y en la pica que conduce a la cueva de los Tayos, misión riesgosa y altamente delicada", siguió el escrito.

Entre charcos de lodo, vegetación cerrada, insectos y el riesgo de contraer enfermedades, los pelotones avanzaban con el fusil en mano, bajo un mismo objetivo: defender la patria.

Publicidad

“Tomar la decisión de decir ‘nos vamos a la guerra’ y que nosotros, Fuerzas Especiales, demos el primer golpe, era muy complicado. Sabíamos que se iba a generalizar la guerra. Se focalizó en el suroriente, pero las provincias de El Oro y Loja estaban en posición.

La Magdalena tendrá 21 cierres viales por rehabilitación de calles desde este lunes, 26 de enero: conozca las rutas alternas

Teníamos el recelo de que el Perú active sus pretensiones de tomarse Galápagos, el golfo de Guayas o incursionar en la cordillera del Cóndor”, añadió Alexander Levoyer, coronel de brigada en servicio pasivo, pero hace 31 años capitán del Ejército ecuatoriano.

La cúpula de las Fuerzas Armadas celebró en Quevedo los 31 años de la victoria en el alto Cenepa Foto: Alejandro Ortiz

El coronel recuerda con entusiasmo que el 29 de enero de 1995, en pleno aniversario del Protocolo de Río de Janeiro, instaurado en 1942, la artillería antiaérea ecuatoriana derribó dos helicópteros peruanos.

“En el destacamento Ortiz derribamos uno y otro en las inmediaciones de Base Sur. Los combates continuaron, pero el 7 de febrero dos más fueron derribados por nuestras tropas que heroicamente defendían el valle del río Santiago, el Cenepa y el Zamora. Haber derribado cuatro aeronaves debilitó a las fuerzas peruanas”, manifestó Levoyer.

Parte de esta victoria fue la logística: uniformes, armas, raciones de comida y el envión anímico marcaron la diferencia. Así lo relató Francisco Narváez, coronel de Estado Mayor en servicio pasivo.

“Cuando ingresamos a Patuca empecé a organizar el abastecimiento y lo que se iba a necesitar una vez que se terminara la carga básica. Aprovechamos el área comercial de Gualaquiza, donde se conformó la ración de combate: arroz crudo, un sobre de sopa Maggi, un sobre de fresco en polvo, un tarro de atún, un paquete de galletas, una caja de fósforos, cigarrillos, chocolate o café, un puñado de azúcar y un puñado de sal”, apuntó Narváez.

Con lágrimas recordó la unión de la sociedad civil y las cartas que los niños escribían en las escuelas, las cuales llegaban a los soldados junto con las raciones de comida.

“Recibimos una gran cantidad de donaciones. Eso demostró el agradecimiento de la sociedad hacia los soldados. Las cartas de los niños las poníamos en las raciones de combate para que se motivaran leyéndolas”, continuó el excombatiente.

El punto de inflexión para las Fuerzas Armadas fue la capacidad de controlar, interceptar y emitir comunicaciones, lo que engañó completamente al Ejército contrario y permitió a los medios de comunicación narrar la crónica de la guerra.

“Esta fue nuestra prueba de fuego, la aventura más importante de nuestra vida”, explicó Byron Torres, coronel del Ejército en servicio pasivo, quien durante el conflicto fue mayor y comandante de la compañía de comunicaciones.

La guerra se inició el 26 de enero de 1995. Este lunes se cumplen 31 años, y en la memoria de sus excombatientes permanece la frase que el 27 de enero, el entonces presidente Sixto Durán-Ballén, gritó desde un balcón del Palacio de Carondelet:

“Ni un paso atrás”

Esta arenga se convirtió en el lema del conflicto, según Wagner Bravo, general en servicio pasivo, conocido como el ‘César’ del alto Cenepa.

“Tenemos que decir que la victoria fue indiscutible. Fue el patriotismo, el valor y los principios de los soldados del Ejército los que, junto con la sociedad civil, conformamos la llamada Generación de la Victoria”, manifestó Bravo.

El 14 de diciembre de 1994, las tropas recibieron órdenes de desplazarse hasta Quevedo. Allí se acuartelaron y, al día siguiente, los 5.550 soldados que participaron tomaron control de Tiwintza, una base que se convirtió en el símbolo de la guerra del Cenepa. (I)