El temporal invernal sigue sumando afectaciones. Entre enero y lo que va de marzo, varias ciudades han sufrido anegaciones, daños en inmuebles y bloqueos de vías.
Según datos de la Secretaría de Gestión de Riesgos, desde el 1 de enero hasta el 12 de marzo de 2026 se han registrado 1.662 eventos adversos relacionados con lluvias en las 24 provincias del país, los cuales han afectado a 190 cantones y 590 parroquias.
Los reportes detallaron que las emergencias han dejado once personas fallecidas, además de 46.716 personas afectadas y 3.752 damnificadas.
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En la actualidad, María del Pilar Cornejo, oceanógrafa y directora del Centro Internacional del Pacífico para la Reducción del Riesgo de Desastres de Espol, explicó que en el país se presentan lluvias de mayor intensidad en pocas horas, con mayores estragos.
En ese contexto se evidencia un calentamiento anormal de la temperatura superficial del mar en la costa, dijo.
Febrero y marzo estadísticamente son los meses que tienen mayores registros de lluvias de manera histórica, y que ahora resultan influenciados por el cambio climático, explicó.
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“Lo que hace (el cambio climático), ya comprobado con modelos, es exacerbar los extremos; es decir, si antes teníamos una lluvia anormal rara vez, ahora se vuelve más frecuente. Si yo uso estadística para diseñar el drenaje, alcantarillas, las tuberías, uso estadística de lo que ya pasó, no estoy diseñando para el futuro, hay que cambiar las leyes, si alguien diseña”, afirmó.
Debido al cambio climático, ella afirmó que los eventos extremos presentados en febrero y lo que va de marzo van a ser más frecuentes en el futuro. “Tenemos que aprender a vivir con este tipo de eventos: adaptarnos”, remarcó.
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Remarcó que en el futuro hay que ajustar las leyes, entre ellas la norma ecuatoriana de la construcción, en función de los escenarios de cambio climático que ya ha desarrollado el Ministerio de Ambiente y Energía.
“Si tengo un drenaje de 30 a 40 años, ese drenaje ya no me sirve, además de que la cobertura de suelo en todas las ciudades va cambiando, hay más gente, más población, más casas, más cemento, menos espacio para que el agua se infiltre en el suelo y pueda ayudar a mitigar las inundaciones, entonces ocurren todas estas cosas”, remarcó Cornejo.
En ese sentido, en cada localidad, dijo, se debe trabajar en los planes de adaptación y labores preventivas de los impactos posibles.
“Ya no hay que hablar por separado de que yo hago Gestión de riesgos y el otro en Cambio Climático, sino que las medidas de adaptación al cambio climático se convierten en medidas de reducción del riesgo de desastre”, comentó la especialista.
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Para ello, dijo, debe haber un trabajo de los distintos actores. Por un lado, en los planes de desarrollo de ordenamiento territorial, recordó que los gobiernos autónomos descentralizados deben incluir las medidas de adaptación al cambio climático y de reducción del riesgo de desastre, mientras que el Ministerio de Ambiente y Energía, que da los lineamientos y consigue financiamiento para adaptación al cambio climático, incluyendo la gestión de fondos verdes.
“No es tarea de un sector, no es del Ejecutivo solo, no es de los gobiernos descentralizados solos, no es de la población sola, es una tarea de todos; si no hay un acuerdo en cumplir con todas estas cosas, y si no hay un financiamiento adecuado, no dejaremos de tener estos eventos que causan un impacto grave”, comentó.
Dijo que los análisis de las zonas de mayor riesgo ya los tiene el país. Recordó que en el 2023, la Secretaría de Gestión de Riesgos tuvo mapas de inundaciones y deslizamientos y aquello puede ser un primer paso para definir por parte de los distintos niveles de gobierno dónde se actuará primero para encontrar soluciones.
A la par, con miras al futuro, la especialista expuso que las ciudades ya deben diseñarse de distinta manera para enfrentar las nuevas circunstancias.
“Menos cemento, más material que se infiltre, hay que crear más bosques urbanos, hacer parques que puedan absorber la lluvia, diferentes soluciones dependiendo de cuál es el problema que tiene la ciudad”, recordó la oceanógrafa.
En reducción de riesgos de desastre, ella expuso que se deberían usar mapas oficiales para diseñar los escenarios de cambio climático para determinar dónde lloverá más o menos, a fin de estar preparados para las contingencias.
En ese sentido, dijo que los diferentes institutos y universidades, como Espol, pueden proveer análisis para apoyar en la determinación de posibles problemas por lluvias.
Acotó que debería haber mayor información para que los gobiernos autónomos descentralizados conozcan sobre las fuentes de financiamiento internacional para ayudar en procesos de adaptación al cambio climático, en un trabajo mancomunado de los ministerios de Ambiente con la Secretaría de Gestión de Riesgos.
Cornejo mencionó que, en los recientes 40 años, Ecuador ha tenido pérdidas de alrededor de $ 140.000 millones. “Cómo seguimos con pérdidas sociales y económicas por eventos que sabemos cómo se van a comportar”, apuntó al resaltar la importancia de la prevención.
Factores urbanísticos y soluciones de infraestructura
Brick Reyes, arquitecto urbanista y experto en impactos ambientales, indicó que las lluvias se han presentado evidentemente con volúmenes de agua superiores a la capacidad de drenaje de varias ciudades, provocando además saturación de los suelos y desbordamiento de los ríos.
El experto consideró que hay más factores estructurales que inciden en las graves afectaciones, como la ocupación de zonas de riesgo como laderas o planicies, específicamente en lugares bajos propensos a inundaciones y laderas inestables, así como falta de mantenimiento de los sistemas de drenaje y de los ecosistemas hidráulicos.
Entre otros factores enlistó a la la falta de aplicación acertada y continua de los planes anuales de prevención y mitigación de desastres naturales, así como la falta de mantenimiento integral del sistema hidrológico, y la carencia de infraestructura adecuada de drenaje pluvial en zonas rurales y urbanas agrava las anegaciones.
Además, él acotó que la deforestación, la pérdida de cobertura vegetal y el mal uso del suelo facilitan el desbordamiento de ríos.
“La falta de planificación territorial es una causa principal que incrementa la vulnerabilidad ante estos eventos climáticos extremos”, mencionó.
En el caso específico de Guayas, a fin de minimizar el posible impacto de las descargas de la represa Daule-Peripa, Reyes recomendó una coordinación adecuada con los municipios y consejos provinciales para evitar coincidencias con mareas altas y lluvias intensas en la cuenca baja.
Sugirió que se deben realizar descargas progresivas, controladas y socializadas previamente con las autoridades y con las comunidades asentadas en las riberas de los cauces y en las zonas bajas de la cuenca del Guayas, es decir, aplicar un plan estratégico con la difusión de alertas tempranas claras a las comunidades ribereñas y potencialmente afectadas.
El fenómeno de El Niño
El Niño se define por lo que ocurre en el Pacífico Central, a 8.000 kilómetros de la costa ecuatoriana.
“Estamos hablando de que ese fenómeno hay muchos modelos que lo están pronosticando para el 2026, pero eso todavía no ocurre; sin embargo, si hay un pronóstico con alta confiabilidad y en mayo los modelos siguen pronosticándolo, estamos a tiempo de tomar medidas”, remarcó Cornejo.
Aquello, dijo Cornejo, en el escenario hipotético significaría que está en su fase inicial.
Para determinar un fenómeno de El Niño se deben presentar cinco anomalías consecutivas de la temperatura de la superficie del mar de la media móvil de tres meses en la región Niño 3.4, en la mitad del Pacífico Ecuatorial Central.
Dijo que, ante la posible ocurrencia de un fenómeno, hay que estar preparados con trabajos preventivos, ya que los modelos de pronóstico dicen que podrían indicar un escenario de El Niño para este año.
Por ahora, las anomalías en el Pacífico Central están todavía en valores negativos en relación a los promedios trimestrales.
Cornejo resaltó que la ciudadanía debe tener claro que ahora hay un calentamiento anormal de la temperatura superficial del mar en la zona costera, que en Perú lo llaman Niño Costero. (I)


