La pantalla se enciende con un zumbido bajo. Una sombra gris aparece en el monitor. El consultorio tiene aire frío. Afuera, Jaramijó respira calor.

El doctor Carlos Arcentales, 33 años, sostiene el transductor con cuidado. Es un aparato con forma de pequeña aspiradora que los médicos usan para las ecografías. Suelen frotarlo en el vientre de las madres, después de aplicar gel.

En la camilla está Wendy Delgado, 29 años, segundo embarazo. Tiene 25 semanas y dos días.

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En la pantalla todavía no hay una cara, apenas se ve un punto. Pero ese punto late.

“Aquí está”, dice el médico. El sonido del latido llena la habitación.

Wendy mira el monitor como si intentara descifrar algo. Tiene una niña de ocho años y este será su segundo hijo.

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Dice que no siempre alcanza el dinero para estos exámenes. Una ecografía como esta puede costar $30 o $40 en otros lugares. Aquí, ahora, el doctor Carlos Arcentales las está realizando gratis.

“Hay mamitas que no tenemos para hacernos un examen así“, dice Wendy.

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El doctor mueve el aparato. Ajusta la imagen. La sombra cambia de forma, se ve una mano. Wendy sonríe.

El médico mueve el transductor y se observa la cara del bebé. La madre se emociona. Es la primera vez que lo ve.

Ecografías gratuitas para madres de Jaramijó

Recientemente, el doctor Arcentales dedicó dos días para realizar ecografías gratuitas a las madres de Jaramijó. Cuenta que se inscribieron cerca de 40 personas que llegaron entre el martes 10 y miércoles 11 de marzo.

“Es una manera de retribuir, porque hay un cariño grande entre todos“, expresa. Cada año suele hacer campañas de salud, algunas gratuitas y otras con precios bajos.

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A más de la ecografía, el médico les regala un retrato con la imagen del bebé.

Además de las ecografías, a las mujeres con más de 30 semanas de embarazo les entregaba un cuadro con la imagen del bebé. Fue un regalo que emocionó a muchas, comenta.

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Las ecografías son fundamentales en el embarazo para monitorear la salud y el desarrollo fetal, detectar anomalías congénitas, confirmar la edad gestacional, evaluar la placenta, entre otras cosas.

Él comenta que suelen costar desde $30 a $50 y a veces las madres en Jaramijó no tienen para ese gasto. “Generalmente durante el embarazo se realizan tres o cuatro ecografías; una manera de ayudarlas es por lo menos dándoles una gratuita“, expresa.

El hijo de pescador que se hizo médico

Carlos nació en Jaramijó. Su padre es pescador, capitán de barco. Su abuelo paterno también lo fue. En la familia hay lanchas, redes e historias de mar.

Pero también hay una frase que recuerda con precisión. Su padre se la dijo cuando era niño: “Tú no vas a ir nunca a pescar”. Y así fue, nunca lo llevó al mar. Quería que se dedicara a estudiar.

Carlos tiene tres hermanos. Uno es ingeniero, otro trabaja en la pesca con su padre. El menor le ayuda en el centro médico.

Su madre es docente, por lo que en su casa había una regla sencilla: estudiar.

A los 17 años Carlos ganó una beca. Terminó entre los 18 mejores estudiantes del país y viajó a La Habana, Cuba, a estudiar medicina.

Volvió en 2019. El país atravesaba una disputa política entre el gobierno de Lenín Moreno y el expresidente Rafael Correa. Los títulos de médicos formados en Cuba quedaron atrapados en trámites burocráticos.

Carlos tuvo que esperar. Luego rindió el examen de habilitación y lo aprobó. Entonces llegó la pandemia a inicios del 2020.

No tenía consultorio, pero sí un teléfono. La gente empezó a llamarlo y él iba a las casas, hasta de madrugada. A veces a Manta, otras a Montecristi o Portoviejo.

“Regresaba a las tres de la mañana. Comencé a salvar uno, después otro y eso me fue acercando más a la gente de aquí. Por eso hay esa cercanía hacia todos“, dice.

Durante esos meses su nombre empezó a circular por Jaramijó. Así, cuando la pandemia terminó, decidió abrir un centro médico en el cantón.

Un legado familiar de servicio

Pero la historia de Carlos empezó antes, mucho antes. En el municipio de Jaramijó hay un salón que tiene un nombre grabado en una pared: Tomire Chinga.

Él fue el bisabuelo de Carlos. No era doctor, pero sí una especie de médico naturista y partero.

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En un tiempo en que en Jaramijó no había hospitales ni clínicas, Tomire ayudaba a parir a las mujeres del pueblo. Preparaba jarabes, usaba hierbas, curaba. Vivió 93 años.

Carlos lo conoció cuando era niño. Recuerda frascos en una mesa, jarabes oscuros y el olor de plantas trituradas.

Cuando él lo vio por última vez, ya no atendía partos. Tres de sus hijas (tías de Carlos) sí lo hacían, ellas se convirtieron en parteras al igual que su padre.

“El bisabuelo fue una inspiración para muchos en la familia”, señala.

Ahora los tiempos han cambiado. Tomire, su bisabuelo, miraba vientres con las manos, Carlos los hace con una pantalla 4D. El bisabuelo usaba hierbas, el bisnieto usa ultrasonido. El lugar sigue siendo el mismo, el propósito también: que los niños nazcan sanos. (I)