Cae una tarde espléndida en Quito. El sol —de aquel domingo de finales de diciembre— se riega por las rendijas que dejan las persianas en el salón de la escuela Pole Art, donde las alumnas de Jenny se ejercitan. Hay tres ventiladores que giran en sus pedestales y amainan la temperatura del salón y de los cuerpos de las bailarinas. Dos grandes espejos les devuelven sus imágenes y es ahí donde descubren cómo van perfeccionando sus movimientos que, “realmente, son difíciles”.


