Katy ve que la puerta se abre. No la empuja el viento, como a veces pasa, la abre él, Marcio, su hijo. Entra despacio, como cuando regresaba tarde y no quería hacer ruido. Lleva puesto el chaleco, el de trabajo, el de siempre. Ella corre. Lo abraza. Lo toca para comprobar que es real, que no es mentira.


