Eran las 16:45 y hacía un calor sofocante. Holmer Alcívar descansaba en su casa, cuando de pronto escuchó unos gritos. Miró al horizonte a través de su ventana, pero no vio nada.
Los gritos llegaban en línea recta desde la represa Río Grande (Chone) hasta su casa, a unos 700 metros. No eran voces claras. Eran alaridos llenos de desesperación, una gritadera que no encajaba con la calma del lugar.
Holmer, de 65 años, vive con su esposa y sus dos hijos en su casa, una vivienda sencilla, levantada en la propiedad que heredó de su padre. Es agricultor y padece una enfermedad cardiaca y otra dolencia en la espalda. Los médicos le han prohibido correr por su condición.
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Pero cuando escuchó los gritos, no pensó en el corazón ni en la columna. Pensó en una canoa. “Parece que una canoa se ha virado”, le dijo a su esposa mientras se levantaba.
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No caminó. Corrió. Se lanzó hacia afuera, rápido. El cuerpo le respondió dejando de lado los achaques. Cuando llegó a la orilla, observó una canoa volteada, jóvenes en el agua, mochilas flotando, brazos que salían y se hundían. El griterío ya no era confuso. Pedían auxilio.
Holmer se subió en su pequeña canoa, que no sirve para cargar mucha gente. Él mismo evita transportar pasajeros. La usa para su familia, para movilizarse, para ayudar si alguien le pide un favor.
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El motor tampoco es nuevo. Es un motorcito heredado de su padre, con más de 20 años de uso, remendado una y otra vez “a base de mi pobreza”, que -dice- a veces falla. A veces se demora en prender, pero ese día arrancó al segundo piolazo.
En la canoa que se hundió iban más de 20 estudiantes. Algunos dicen 30. Eran universitarios de la Universidad Técnica de Manabí. Volvían de una práctica académica.
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El agua de la represa no perdona errores: es profunda, pesada, traicionera, apunta Holmer. Varios lograron acercarse a la orilla, pero otros quedaron más lejos.
Holmer fue primero por el que estaba más apartado. Avanzó con el motor viejo hasta alcanzarlo. Lo subió y volvió. Luego vio a otro, casi sin fuerzas, sostenido apenas por una mochila que se había pasado debajo de la barbilla. No era un salvavidas, era un último intento.
Más allá, un tercero tenía en la mano un envase vacío de aceite, y con eso se mantenía a flote. Le faltaban metros. Pocos. Pero en el agua, los metros se estiran y se hacen eternos.
Holmer los fue sacando uno por uno, en total tres. Dice que si no hubiera estado ahí, esos tres no salían. El tercero tenía problemas para respirar. Había tragado agua. Lo llevaron luego al hospital. Tenía líquido en los pulmones. “No sentí ni cansancio. No sentí nada. Lo único que pensaba era en salvarlos”, expresa.
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Mientras tanto, otros lograron salvarse porque estaban más cerca de la orilla. Algunos nadaron. Otros se ayudaron entre ellos. El agua devolvió a casi todos. Dos desaparecieron.
Desde ese viernes, 9 de enero, comenzaron las búsquedas. El Grupo de Operaciones Especiales, los bomberos de Chone, voluntarios, comuneros y familiares se unieron a la labor. El embalse complicó todo. La visibilidad era mala. El fondo engañaba. Los días pasaron.
Holmer no se fue. Caminó por la orilla, miró el agua. Acompañó a las familias. Asegura que uno de los estudiantes flotó cerca de su casa. Eran casi las seis de la tarde, cuando ya todos se habían ido: los bomberos, los rescatistas, las autoridades. Quedaban los familiares y el silencio.
La noche siguiente continuó en la búsqueda del segundo ahogado. Se le agotaron las pilas de la linterna. La energía no alcanzó. Volvió a su casa con tres amigos que lo acompañaban. A la mañana siguiente regresó y hallaron el cuerpo en la orilla. Allí estaban los familiares. La tragedia ya no gritaba, pesaba.
En esa represa, dice Holmer, nunca había pasado algo así. Es la primera vez que ve un ahogamiento ahí. El agua siempre estuvo. Las canoas también. Pero esta vez algo falló.
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Holmer vuelve a su rutina. A sus cinco hectáreas, a la agricultura, a su canoa pequeña. Si alguien le pide un paseo, acepta. No cobra. Pide solo para la gasolina, porque afirma que le gusta servir y que es humanitario. No se siente héroe. Habla despacio. Responde con detalles prácticos: distancias, horas, objetos.
Su casa sigue a 700 metros de la represa. Los gritos ya no están. El agua volvió a su calma engañosa. Pero el sonido quedó en él. No como ruido, sino como recuerdo. Ese viernes, cuando escuchó los gritos de los universitarios, Holmer Alcívar no pensó en su edad ni en sus enfermedades. Pensó que una canoa se había hundido y simplemente fue a ayudar. (I)
























