La diversidad alimentaria sí importa. Frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas aportan diferentes tipos de fibra y compuestos que pueden ser aprovechados por distintos microorganismos intestinales.
Esta es una de las formas más sencillas de favorecer a la microbiota, que participa en la digestión y el aprovechamiento de nutrientes, especialmente de la fibra; contribuye al mantenimiento de la barrera intestinal; interactúa con el sistema inmunitario y produce sustancias que influyen en el funcionamiento del intestino y otros procesos metabólicos.
Y al jugar un rol importante es necesario que todos aprendamos a cuidarla. Por eso, Diario EL UNIVERSO organiza el foro “Microbiota: la salud que se construye desde la infancia”, que se realiza hoy, a partir de las 09:30, en el auditorio de Alhambra Shopping, en Samborondón. Entrada gratuita.
Los doctores Daniela Navia, especialista en geriatría; Alexandra Salvador de Ávila, gastroenteróloga pediatra; Luis Eduardo Yépez Guerra, especialista en neurología y epilepsia; Carlos Miranda Zavala, ginecólogo, obstetra e inventor ecuatoriano-suizo, y las nutricionistas Nagely Mosquera y Marilyn Moncayo intervendrán en el foro.
Prebióticos, probióticos...
Una de las claves para ayudar a nuestra microbiota está en comprender que prebióticos, probióticos y fibra no son sinónimos. Cada uno tiene su función, dice la nutricionista Marilyn Moncayo, de Chivería.
Probióticos. Son microorganismos vivos (bacterias, levaduras, virus buenos) que, al consumirlos en las cantidades adecuadas, colonizan nuestro intestino y aportan múltiples beneficios a la salud digestiva e inmunológica. Podemos encontrarlos en el yogur griego (como el de Chivería), en el kéfir, chucrut y en otros alimentos fermentados.
Prebióticos. Son un tipo de fibra no digerible que actúa como “alimento” o combustible favorito de los probióticos para que puedan crecer y multiplicarse. Alimentos cotidianos: ajo, cebolla, plátano verde, banano, espárragos, manzanas, avena, lentejas.
Fibra. Es un componente vegetal que nuestro cuerpo no puede digerir, pero que es fundamental para formar el bolo fecal, dar volumen y regular el tránsito intestinal. Alimentos cotidianos: cereales integrales, granos secos (lentejas, fréjoles), frutas con cáscara y verduras frescas, dice Moncayo.
“Los alimentos fermentados y probióticos actúan como refuerzos directos para nuestra microbiota en el intestino... Ayudan a sellar la barrera intestinal, modulan la inflamación y mejoran la digestión”, explica la nutricionista.
No es suficiente consumirlos. Aunque son potentes aliados, necesitan un entorno adecuado. Deben formar parte de una alimentación amplia, variada y rica en fibra (prebióticos), ya que sin ese “alimento base”, los probióticos no se mantendrían activos ni colonizarían correctamente nuestro intestino.
Más color en el plato
Suma una verdura o fruta nueva cada semana, para tener bacterias intestinales diversas y saludables.
Un fermentado o lácteo funcional
Agrega en el desayuno o en otro tiempo de comidas kéfir, chucrut a base de repollo o col, o yogur griego (como el de Chivería) .
Integrales en lugar de refinados
Cambia poco a poco el pan blanco o el arroz blanco por sus versiones integrales o legumbres.
Evitar productos ultraprocesados
Optar por una presentación natural amigable para el intestino. Por ejemplo: cambiar embutidos por filete de pollo. Y jugos procesados por agua con especias naturales, como hojas de menta y limón. (I)




