Desde la última semana de mayo, todo junio, julio, incluso agosto y a veces algo de septiembre, la chiquillada de los barrios guayaquileños dejaba a un lado algunos juegos de temporada para dedicarse por esos días y semanas a construir y hacer volar su propia cometa, juguete que parece haber caído en el olvido a pesar del raudal de emociones que significa para niños, jóvenes y adultos elaborarlo y echarlo a surcar el cielo.


















