En la Mitad del Mundo, vía a Calacalí, en la entrada al volcán Pululahua, se levanta imponente una edificación de piedra que por sí sola constituye un arte: el museo Templo del Sol, en cuyo interior se albergan piezas precolombinas y cuadros del maestro quiteño Cristóbal Ortega.

El artista, oriundo de Collacoto, una comunidad ubicada al suroriente de Quito, fue el mentalizador y creador de esa obra, que buscó trasladar al presente las grandes estructuras de los pueblos quitu-cara.

Tiene 500 metros cuadrados de construcción y fue armado con la misma piedra de los Andes (andesita), la más rústica según la descripción de Ortega, quien con las manos la labra y da brillo.

Hoy, el Templo del Sol es un museo en espiral que se puede visitar de martes a domingo. También se levantó a su lado el Templo de la Luna.

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Además, Ortega pinta retratos de turistas los fines de semana cuando llegan más visitantes al museo.

En el interior del templo se escucha historia sobre el arte, la cultura andina y prehispánica y se puede admirar parte de las obras en lienzo y piedra de Ortega.

Parte del museo se alinea a los templos de donde salieron el calendario lunar y solar: Rumicucho, Cochasquí, Pambamarca, Yanahuaycu y Catequilla.

Las muestras son fieles con el paso de los pueblos preincásicos en la mitad del mundo.

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En el techo del museo, una abertura permite el ingreso de los rayos solares que dos veces al año caen de forma perpendicular. En el lugar se cuenta además la historia, la arquitectura, la medicina y la astronomía andina.

Mientras, Cristóbal Ortega ha dibujado tan solo con los dedos 100 cuadros en 60 minutos, convirtiéndose en el pintor más rápido del mundo, según una entrevista en historiadelartedianaherrera.blogspot.com.

Su primer trabajo recibió 50 sucres, era un retrato que lo dibujó en la Plaza de la Merced, en el Centro Histórico de Quito, con lo cual compró hojas de papel y algunos carboncillos. Fue ahí que tomó la decisión de hacer su inversión inicial para lo que más tarde se transformaría en su profesión.

“Como heredero legítimo de saberes artísticos ancestrales, que legaron nuestros abuelos y abuelas, hemos asumido de generación en generación la responsabilidad de seguir creando los sentimientos más internos y profundos del ser, donde el ser no muere sino trasciende a la vida eterna”, dice Ortega. (I)