El estero Salado es como un árbol que abraza a la urbe guayaquileña, la mece al ritmo del viento, la alimenta y oxigena. Sus ramales son como las venas de la urbe que se menea a todo ritmo. En el sur y oeste, las orillas de estos ramales están cubiertas del manto verde de los manglares, que también crecen en algunos sitios residenciales por donde sube y baja la marea. Por eso, Guayaquil, que celebra en este mes los 480 años del proceso fundacional, siente orgullo de su estero. (I)












