Antes de aplicar esta dinámica con los suyos, valdría la pena averiguar qué entienden sus hijos por amistad. De acuerdo con la psicóloga clínica Glenda Pinto Guevara, una relación de amistad para los jóvenes implica una igualdad en varios ámbitos de sus vidas (experiencias de vida, dudas, inseguridades, costumbres, hábitos e intereses, etcétera), es decir, una relación muy horizontal que contrasta con la jerarquía inherente entre un padre y su hijo. “Uno de ellos es un adulto formado con capacidad de decisión y otro es un joven en formación, con una natural inmadurez en muchos aspectos y por tanto, con poco criterio sobre diferentes ámbitos de su vida”, explica. “No existe igualdad entre dos seres humanos en diferentes etapas de su vida”.
Al forzar este tipo de vínculo, los padres podrían exagerar en ser flexibles y condescendientes para ganarse la simpatía y cercanía de los menores. Lo que se consigue, dice la experta, es el efecto contrario: perder su respeto. “Un padre en esta situación abandona su lugar como figura de autoridad, no puede ejercer su jerarquía sobre el hijo y si lo hiciera, el hijo no lo comprendería y rechazaría el intento, disgustándose con el padre y criticándolo abiertamente, ignorando el límite de respeto a la autoridad del padre. Por lo que a su vez, pretenderá que el padre acepte y permita todas las ideas y acciones que emprenda, sin que las censure, ni mucho menos que las condicione o impida”, subraya la terapeuta cognitiva, especializada en parejas, adicciones y familias.
Publicidad
Pinto sugiere reformular la intención desde el planteamiento. Se trata, explica, de una sutileza muy importante: lo ideal sería: ‘como si fuera un amigo del hijo’ (que no lo es) y no ‘como amigo de mi hijo’ (porque no lo es y nunca lo será).
Así, cuando un padre actúa ‘como si’ fuera un amigo de su hijo, pero conservando su posición de autoridad, le permite al hijo confiar y dejarse guiar por él para su mejor conveniencia. De este ejemplo de relación, continúa la especialista, un hijo aprende cuál es el rol de un padre y puede sentirse tranquilo de tener una figura paterna que lo apoya, pudiendo tomar de su padre ese ejemplo que necesita para crecer.
Publicidad
Negociando la independencia con un adolescente
Una relación funcional entre padres e hijos se alimenta con vínculos amorosos y límites en la proporción justa. “Los vínculos aportan afecto y seguridad y los límites, las guías para una convivencia saludable”, sostiene Pinto. Cualquier extremo sería perjudicial para la salud emocional de los jóvenes.
Ese sería el punto de partida para comenzar a aflojar la cuerda cuando los hijos comiencen a exigir mayor libertad. Los permisos, explica, deben evaluarse de acuerdo con cada joven y su contexto. “No existen reglas únicas y rígidas en este sentido. Pues cada adolescente irá madurando su capacidad de responsabilizarse y tomar decisiones adecuadas en el transcurso de su vida y mostrando a sus padres cuán capaz es de asumir sus obligaciones y reglas de familia”. En resumen, la independencia que buscan los adolescentes deben ganársela con sus decisiones.
Hoy, esa libertad se negocia también en la vida virtual de los adolescentes y su tiempo conectados a internet. Un primer paso para llegar a acuerdos en ese plano, es desmitificar la idea de nocividad creada alrededor de la tecnología para así promover conversaciones saludables con ellos, basadas en un interés genuino. “Preguntarles sobre sus amigos de juegos en línea y que ellos también tengan la confianza de comentar sus intereses y aficiones en relación con esta herramienta de comunicación”. Asimismo, que los padres logren familiarizarse con la tecnología y plataformas digitales también aliviará sus temores y desconfianza y evitará que caigan en engaños o mentiras por parte de los adolescentes.
Luego podrá, por ejemplo, pautar normas para el tiempo y el lugar de uso de los dispositivos electrónicos, como condiciones para aceptar que sus hijos dispongan de ellos.
Los pecados más comunes de los padres
El sitio Psychology Today precisa algunos errores que se cometen (quizás inconscientemente) durante la crianza. Antes de calificar a sus hijos adolescentes como difíciles, reflexione en estas cinco situaciones:
Criticarlos constantemente: Los hace sentir fracasados. Las palabras de los padres son poderosas e impactan su identidad todavía en desarrollo. Regla de oro: nunca le diga nada a su hijo que no le gustaría que alguien más le dijera.
Consejos no solicitados: Cuando se trata de adolescentes, se los suele llevar el viento. En especial si se inicia la frase con: "Tú necesitas hacer esto". Los adolescentes pasan la mayor parte de su vida recibiendo órdenes de los adultos. Es probable que los consejos no solicitados aumenten el desafío y socaven la confianza.
Las comparaciones: ¿Alguien disfruta ser comparado con otro? Si comienza una oración con "¿por qué no puedes ser como ...?", seguramente estará lastimando a su hijo. Con frecuencia, ese dolor es la causa de la ira de los adolescentes hacia sus padres y aumenta la tensión entre ellos y las personas con quienes son comparados, ya sean primos, otros hijos o amigos.
Victimizarse: Nadie dijo que la crianza sería fácil. Sin embargo, muchos padres tienen como pasatiempo quejarse de sus hijos. Se quejan, se lamentan, se martirizan ante amigos o familiares, en casa y en público. Tal negatividad debilita el liderazgo de los padres y genera un ambiente tóxico. También es un modelo a seguir terrible. Si se queja de su hijo, su hijo se quejará de usted.
Autoengrandecerse: Significa usar frases como “Cuando yo tenía tu edad…” que para su hijo se traducen en “Quiero que seas como yo”. Recuerde, los adolescentes están trabajando en la separación y la individualidad, no quieren ser como usted; quieren encontrar y desarrollar su propia identidad única.