Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la horticultura es fuente de minerales esenciales, fibra y vitaminas, de plantas con propiedades medicinales, de comercio justo y de empleo; es una contribución al ambiente y a la estética general, y un uso eficiente de recursos. Pero también beneficia un espacio y le añade valor al hacerlo placentero de ver, de visitar, y convertirlo en un punto de convergencia, una oportunidad de socializar.

El Foro Económico Mundial considera que los confinamientos en todo el globo han empujado a los habitantes de las ciudades a cultivar sus propias frutas y vegetales en casa, y que a esto también contribuyeron las compras compulsivas que dejaron vacíos los estantes de los supermercados. Más de dos tercios de la población mundial vivirá en ciudades para 2050, de acuerdo con las Naciones Unidas, y la agricultura urbana puede ser crucial en alimentarnos si llega a su potencial de 180 millones de toneladas de comida al año, que es alrededor del 10 % de la producción anual de legumbres y vegetales, según un estudio de la revista Earth’s Future.

¿Cómo llegar hasta allá desde el pequeño o mediano espacio verde de nuestra propia casa? La permacultura tal vez nos tenga respuestas.

Crear espacios de reunión y disfrute

La permacultura es la agricultura de la permanencia, un encuentro con las técnicas ancestrales agrícolas de cada lugar. “Me gusta resumirla como un conjunto de técnicas y ciencias para diseñar, construir y mantener espacios que pueden producir alimentos y, en vez de deteriorarse, se regenere”, dice Christian Monge, artesano de Permacultura Guayaquil (@permacultura.gye).

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Cada lugar tendrá su propio diseño. En el caso de Guayaquil, hay que observar las prácticas de los habitantes a través de los siglos. Monge señala la inclusión de cultivos resistentes y antiguos como la papa china (taro, malanga) y técnicas como las camas elevadas, frente a temporadas invernales que tienden a inundar los huertos.

Papa china, Colocasia esculenta.

Monge explica que la permacultura trabaja sobre varios pilares:

Las estructuras, el diseño, la ubicación, los materiales para construir desde la casa hasta las camas de huertos. “En mi caso, promuevo el uso de la caña guadua o caña de Guayaquil, que es mi especialidad. Es un material que se ha vinculado erróneamente con la pobreza”, señala, “sin embargo, se lo conoce como el acero vegetal. pues con un buen diseño y trato, puede durar de 60 a 70 años”. Las casas, huertos y pérgolas con caña guadua son una manera de reconciliar a la gente con un material bonito y económico. La Guadua angustifolia es una gramínea gigante que tarda poco en regenerarse. “Si se lo poda como el césped, de manera correcta, a los 6 meses hay otra caña. Es un cultivo sostenible que ayuda al suelo, mantiene limpios los cuerpos de agua y combate la erosión”. Monge es optimista sobre el futuro de este cultivo. “Poco a poco, la gente se da cuenta de que es un material noble y coherente con nuestro entorno, de bajo impacto, pertinente”.

Los sistemas productivos. ¿Qué podemos incorporar en nuestro diseño? ¿Un pequeño bosque frutal? ¿Un estanque? “Hemos construido estanques rodeados con piedra, incorporando especies como el pez Guppy, que se alimenta de larvas de mosquito, cortándole así el ciclo de reproducción y evitando dañar con insecticidas a otras especies que necesitamos, como las abejas”. La población de estos insectos se ha reducido de manera drástica durante décadas. (Curiosamente, en 2020, el confinamiento ha significado un respiro para las abejas, según un reportaje de la BBC). “Cuando sembramos plantas que las atraen y las fortalecen, nuestro huerto se vuelve más productivo”. La muerte de las abejas es un efecto en cadena del uso de químicos y la desaparición de las especies vegetales que las alimentan.

La socialización y los beneficios humanos. Un huerto es un santuario para especies, pero también un núcleo para interactuar con los vecinos, menciona Monge, y señala el caso del huerto del Hogar del Corazón de Jesús, de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, inaugurado en 2017. “Es un elemento vivo que atenúa el efecto de isla de calor, al absorber la radiación para sus propias funciones”.

Los residentes del Hogar del Corazón de Jesús en el huerto ubicado en el parque geriátrico.

El manejo del agua. “Incorporamos en los diseños paisajísticos el aprovechamiento de aguas grises (lavamanos y duchas) para, con un biofiltro, mantener los estanques y el riego. “Un huerto requiere mucha más agua que las plantas ornamentales. Pero en usos personales gastamos más del que necesita un huerto”.

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Bases para su primer huerto en casa

Si está deseoso de iniciar su primer huerto casero, hay algunas recomendaciones básicas. Más importante que el espacio, que debería ser de 4 a 5 metros cuadrados, como mínimo, para tener algo representativo, es la ubicación. El ingeniero agrónomo Pablo Gómez Nevárez (@pablogomeznevarez) enumera: aire libre, con luminosidad de 5 a 6 horas al día, sin sombra. Con un palín (pala pequeña), una tijera podadora, una bomba para aplicar un producto fertilizante o un abono y una regadera o manguera, usted puede empezar.

¿Qué tipo de cultivos? Entre las hortalizas, unas son más susceptibles a plagas y requieren más cuidados y experiencia. Sembrar lechuga, rábano, albahaca, culantro, perejil o ají son buenos para un huerto principiante. El dueño del huerto se puede dedicar así al cuidado del agua, que haya humedad adecuada en el suelo, a manejar la fertilización. A medida que adquiere pericia, se sugiere incorporar plantas de mayor cuidado, como tomate y pimiento. “Por ejemplo, en el tomate es importante la poda. En ciertos tiempos hay que podar ciertos tipos de hojas o rebrotes que no producen fruto pero consumen energía y agua de la planta, y se los quita para fortalecer el fruto”.

Plantitas de tomate sembradas en turba; abajo a la derecha, lechuga. Foto: Cortesía Pablo Gómez Nevárez.

Mantenga las plantas ornamentales por separado, pues suelen ser de gran tamaño y dan sombra, y no dejan crecer a las hortalizas.

Se sugiere tener las plantas en macetas, para moverlas dependiendo de las condiciones de luz. Lo ideal es que sea un sitio en que reciban horas de sol y horas de sombra a partes iguales.

Ciertos términos propios de la horticultura pueden hacernos dudar. ¿Es mejor colocar tierra de sembrado o turba? ¿En qué momento poner fertilizante y de qué tipo? Gómez lo explica así:

La turba es muy rica en carbono, es la fase intermedia de la descomposición de la materia vegetal antes de que se conviertan en carbón mineral. Tiene alta capacidad de retención de humedad, por lo que se la usa para semilleros, para etapas de siembra, al poner las semillas de tomate y pimiento, por ejemplo, facilita la germinación. El sitio se mantiene permanentemente húmedo, sin excesos ni carencias. Hay una buena porosidad que hace que se desarrollen bien las raíces. La plantita a los 15-20 días está vigorosa, con un buen sistema radicular que facilita el trasplante. Cuando la pase al macetero, las raíces estarán fuertes y sanas y crecerá de buena manera. Se puede mezclar con tierra preparada para huertos (una mezcla de arcilla con limo y arena).

Nitrógeno, fósforo y potasio componen gran parte de los fertilizantes.

En cuanto a los fertilizantes, los más comunes en el mercado son a base de nitrógeno, fósforo y potasio (los reconocerá por las iniciales NPK). Las necesidades de la planta son distintas, dependiendo de su desarrollo fisiológico. En el primer mes necesita mucho nitrógeno para desarrollarse, más que fósforo y potasio. Busque una fórmula 40-20-20: 40 % de nitrógeno, 20 % de fósforo y 20 % de potasio). En la etapa de floración, la planta necesita mucho fósforo, por lo que la fórmula puede cambiar a 10-20-10. Al final, en la etapa de llenado del fruto, la fórmula tiene que ir reforzada en potasio, 10-10-20 o 10-10-40. Así, el fruto ganará peso.

En comunidades y familias

El Centro Polifuncional Zumar impulsa, desde 2008, el desarrollo de huertos familiares en algunos sectores del norte de Guayaquil a través de clases presenciales que hoy han sido suspendidas debido a la pandemia. “Los huertos son una forma de proveer productos ecológicos, comestibles, que impulsan la buena alimentación, permiten el ahorro de dinero y el cuidado del medio ambiente”, explica su directora, Romina Zeballos. “Desde nuestro centro tratamos de desarrollar a las personas en varios aspectos y uno de los más importantes, definitivamente, es el tema de salud y alimentación”.

Romina Zeballos, directora del Centro Polifuncional Municipal Zumar.

Antes del brote de COVID-19 realizaban un promedio de cinco cursos al año con unos veinte alumnos en cada uno. “Dentro del contenido teórico y práctico aprendían sobre la preparación de suelo, abonos orgánicos, siembras, cosecha, poscosecha, plagas y enfermedades. También, vacacionales (entre febrero y marzo) donde enseñamos a los más pequeños (entre 8 y 12 años). Ellos aprendían prácticas de germinación, semilleros y una pequeña siembra de cultivos”. Centrándose en vegetales y hortalizas, los más útiles para la preparación de los alimentos, como culantro, perejil, tomates, pimientos, rábanos, puerro, entre otros.

Con la cuarentena y la necesidad de distanciamiento social, su estrategia de formación se concentra hoy en videos que son subidos en las redes de la Dirección de Acción Social y Educación (DASE) @dasealcaldiagye. Personalidades y líderes de opinión explican el paso a paso de la creación de huertos usando materiales reciclados o de fácil adquisición. “Las personas que han recibido las clases nos cuentan que han podido fortalecer la unión familiar, han mejorado su salud. Uno de nuestros alumnos sufría de problemas del corazón y gracias al cultivo de sus propios huertos ha podido mejorar su alimentación. Otros han aprendido a comer sano y nutritivo”, relata Zeballos. Hoy cuentan con la asesoría del instructor Carlos Vargas, especialista en huertos.