Antes del Día del Padre, mis hermanos desempolvaron recuerdos de mi papá y, entre todos esos, un diploma y una foto que dispararon en mi memoria algunas imágenes de mi infancia. Unos radios de comunicación y un pesado micrófono ocupaban una gran mesa en mi casa y, en medio del jardín, una antena enorme que él mismo había instalado. Mi papá era HC2HE, radioaficionado de alma, vida y corazón por décadas.

Mi mamá siempre recuerda las llamadas a cualquier hora de la madrugada de personas pidiendo ayuda para comunicarse con sus familiares en otros países. Era común ver entrar y salir de casa a personas que iban pidiendo ayuda, especialmente cuando había habido alguna catástrofe. Recuerdo vagamente historias de personas perdidas que al final fueron encontradas gracias a los radioaficionados. Esto me hizo comprobar que sí hay labores realmente desinteresadas, esta es una de ellas.

Por un momento pensé que este ‘hobby científico’, como leí que lo describen, ya estaba dejado de existir. Creí que las telecomunicaciones los habían desplazado, pero esa foto y ese diploma me hicieron escudriñar en el internet historias y casos de otros países donde los radioaficionados siguen muy activos. Son menos, eso sí, pero los que están mantienen esa pasión que yo veía en mi papá.

El radioaficionado está técnicamente preparado para comunicarse incluso cuando no hay forma de hacerlo, por eso en medio de catástrofes como terremotos, accidentes aéreos o huracanes, este se convierte en un servidor público".

El Guayaquil Radio Club, lugar que frecuentamos en familia hace más de 40 años, sigue existiendo y continúa formando nuevos radioaficionados. En su página de Facebook se presentan como ‘Radioaficionados al servicio de la comunidad y el mundo desde 1923, comunicaciones para emergencias a nivel mundial’. Y en su historia destacan primeramente su participación en “los conflictos de la cordillera del Cóndor y la guerra del Cenepa, en la que prestaron ayuda para mejorar la comunicación entre las tropas y sus familiares”.

Muchos se preguntarán para qué si con el internet y toda la tecnología que ahora tenemos al alcance de nuestras manos las radios serían algo obsoletas. El radioaficionado está técnicamente preparado para comunicarse incluso cuando no hay forma de hacerlo, por eso en medio de catástrofes como terremotos, accidentes aéreos o huracanes, este se convierte en un servidor público. No podemos decir lo mismo de quien se pone en el WhatsApp por horas a chatear y que si se le daña el celular no sabe qué hacer. No es lo mismo.

Un radioaficionado se ha preparado en el manejo de la radiocomunicación y también en la legislación para comunicarse, tiene una licencia que le acredita mundialmente y un código que lo identifica ante los demás de su gremio. En otras palabras, es un aficionado serio y profesional.

Recordar no sirve de mucho si no nos lleva a actuar en el tiempo presente. Recordar no puede limitarse a alimentar la nostalgia. Recordar me llevó a escribir esto y a compartir con ustedes la idea de que hay una labor muy noble que no se debe perder y que es necesario nutrirla con nuevas generaciones. Quién sabe si cuarenta años después uno de sus hijos los recuerde a uno de ustedes como yo ahora recuerdo a mi padre: un héroe de la radiocomunicación. (O)