El año pasado, la Organización Mundial de la Salud señaló que los bebés menores de un año no debían estar expuestos a las pantallas electrónicas y que los niños de entre 2 y 4 años de edad no debían pasar más de una hora al día realizando “actividades sedentarias frente a una pantalla”.

Incluso en Silicon Valley, los ejecutivos del sector tecnológico han insistido en mantener los dispositivos y el software que desarrollan lejos de sus hijos.

Sin embargo, algunos investigadores cuestionan si esos temores están justificados. No arguyen que el uso intensivo de los teléfonos sea inocuo. Los niños que pasan demasiado tiempo frente a su teléfono pueden perderse de actividades valiosas, como el ejercicio. Además, una investigación ha demostrado que el uso excesivo del teléfono puede exacerbar los problemas de ciertos grupos vulnerables, como los niños que padecen trastornos de salud mental.

No obstante, están desafiando la creencia generalizada de que las pantallas son las responsables directas de problemas sociales generalizados como el aumento en las tasas de ansiedad y la privación del sueño en adolescentes. Afirman que, en la mayoría de los casos, el teléfono es un espejo que revela los problemas que podría tener un niño incluso sin el dispositivo.

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A los investigadores les preocupa que esto esté dificultando una conversación más productiva: el desarrollo de teléfonos más útiles para gente de escasos recursos o la protección de la privacidad de los adolescentes que comparten sus vidas en línea.

¿Es culpa de la pantalla?

La investigación más reciente, publicada el viernes por dos profesores de Psicología, examina unos 40 estudios sobre la relación entre el uso de las redes sociales y la depresión y la ansiedad en adolescentes. Este vínculo es menor e inconsistente, de acuerdo con los profesores.

“Al parecer no hay ninguna evidencia que explique el nivel de pánico y consternación relacionado con estos problemas”, comentó Candice L. Odgers, profesora de la Universidad de California, autora principal del artículo, publicado en The Journal of Child Psychology and Psychiatry.

Este llega tan solo unas semanas después de la publicación de un análisis de Amy Orben, investigadora de la Universidad de Cambridge, y poco antes de un trabajo similar de Jeff Hancock, fundador del Social Media Lab de la Universidad de Stanford. Ambos estudios llegaron a conclusiones similares.

Del otro lado de la investigación

La preocupación en torno a la relación entre los teléfonos inteligentes y la salud mental también se ha alimentado de trabajos de alto perfil, como un artículo publicado en The Atlantic en 2017 por la psicóloga Jean Twenge, quien argumentó que un aumento reciente en el índice de suicidios y depresión en adolescentes estaba vinculado con la llegada de los teléfonos inteligentes.

Quienes critican a Twenge arguyen que su trabajo descubrió una correlación entre la aparición de los teléfonos inteligentes y el verdadero aumento de los reportes de problemas vinculados con la salud mental, pero que eso no determinaba que los teléfonos fueran la causa.

Según los investigadores, el caso perfectamente pudo ser que el incremento en la depresión provocó que los adolescentes usaran sus teléfonos en exceso, con muchas otras explicaciones potenciales para la depresión y la ansiedad.

“¿Qué me dices del cambio climático? ¿Qué tal la desigualdad en los ingresos? ¿Más deuda estudiantil? Hay muchos problemas estructurales gigantescos que tienen un inmenso impacto en nosotros, pero son invisibles y no los estamos viendo”, cuestionó Hancock. (NYT)