Existe un hecho que marcó su existencia: en 1985, a los 35 años de edad, Miguicho (como lo llaman sus amigos) era el capitán de un barco pesquero que debido a un daño en el motor quedó a la deriva al norte de las islas Galápagos, cerca de la isla Pinta. Él, como líder de una tripulación de seis hombres, tomó la decisión de elaborar velas con la ropa que tenían y así llegaron a Puerto Quepos (Costa Rica) después de 77 días de sobrevivir en altamar comiendo lo que pescaban y bebiendo agua de lluvia.

“Así descubrí el valor inmenso de un vaso de agua”, comenta sobre esa experiencia que le dejó esa enseñanza, pero también una gran depresión. Así que pasó los próximos doce años sumergido en el alcoholismo, hasta que una hermana que visitaba en su natal Ambato le sugirió que entregara su vida a Cristo. Así lo hizo y su camino cambió abruptamente.

“Era analfabeto y pasaba enfermo. A los 52 años recién aprendí a leer porque quería sacar a mis amigos del alcohol. Desde entonces he leído libros de buena literatura sobre la historia de la humanidad, los dinosaurios, el magma de la Tierra, las constelaciones, el desgaste de la capa de ozono, anatomía y biología humana, para aprender sobre la restauración de la salud… Todo está en los libros. Y aprendí que una colilla de cigarrillo contamina un metro cúbico de agua, es decir, mil litros”. Ese dato tuvo un valor especial, ya que conocía el valor de un vaso de agua que le permitía sobrevivir cuando estaba perdido en altamar.

Todo está en los libros. Y aprendí que una colilla de cigarrillo contamina un metro cúbico de agua, es decir, mil litros".

Cada día, cientos de colillas

En agosto del 2013, Miguel Andagana Yaucha, quien ahora mantiene un estilo de vida saludable y suele correr 15 km para mantenerse en forma, inició una cruzada personal para liberar a las islas Galápagos de las colillas de cigarrillo que las personas arrojan irresponsablemente al suelo, convirtiéndose en veneno potencial que puede afectar al agua, la tierra, la flora y la fauna del Archipiélago. Lo hace bajo su programa Nicotina Asesina.

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“Mi vida cambió y ahora quiero invitar a la sociedad a que haga lo mismo. Protejamos el agua. Protejamos la vida. Protejamos a las futuras generaciones”, señala este hombre que pregona su mensaje bajo una carpa en el malecón de Puerto Ayora, donde exhibe obras de arte elaboradas con los miles de colillas recogidas. Allí los turistas escuchan su historia, la cual ha recopilado en el libro Bitácora sin destino, comenta durante una reciente visita a Guayaquil para pasar las fiestas de diciembre junto con sus sobrinos.

Mi vida cambió y ahora quiero invitar a la sociedad a que haga lo mismo. Protejamos el agua. Protejamos la vida. Protejamos a las futuras generaciones”.

La voz de Miguel ha sido también escuchada en universidades que lo han invitado a compartir su mensaje. Además ha sido parte de programas audiovisuales del extranjero que han destacado este mensaje que confirma cada día en que recorre las calles de Puerto Ayora para recoger el veneno que guardan los cigarrillos.

¿Su mensaje definitivo?: “Respeto su deseo de fumar, por favor, respete mi deseo de vivir”. Y la vida comienza, según indica, con pequeños actos para protegerla.

Contacto: miguichonicotinaasesina.com