El paisaje sonoro está cambiando. Sonidos desaparecen porque las nuevas generaciones no las conocen. El ruido de la aguja del fonógrafo antes de que empiece la música. El que hacen las canicas. “Las personas ya no reconocen a los compositores de música clásica de siglos anteriores”, comenta el DJ, productor musical y educador chileno Galo Akun. Ese lugar lo han ocupado los compositores de música cinematográfica. 

Reconocer esto es importante para los educadores, porque la evolución sonora del entorno moldea el cerebro y la forma de escuchar de cada generación. Es esencial incorporar a la enseñanza los sonidos nobles, que no cambian, los de la naturaleza, referentes intergeneracionales: el viento y la lluvia, señala Akun, quien al momento es parte de un proyecto para grabar los sonidos del mar, “poniendo la tecnología al servicio del registro sonoro, con aplicaciones en la educación”, explica a los asistentes a su charla en el Festival Internacional Sonido y Movimiento, en la Facultad de Ingeniería en Electricidad y Computación de la Espol. 

La transformación del silencio

“Tenemos un modelo educacional del siglo XIX”, opina Akun, quien dirige talleres de música y programas educativos para colegios en Chile. Ese modelo pasa por alto que los conceptos de ruido y silencio han cambiado. 

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“Cuando éramos niños, hacíamos bulla en el salón y el profesor nos pedía silencio. Hoy en el aula pocos gritan, porque los alumnos están escuchando en sus celulares, y es otro el ruido que se genera en la mente”: el ruido psicológico de los dispositivos, frente al cual se hace indispensable buscar espacios y tiempos de silencio no absoluto, sino mental. 

El caos en nuestras sociedades es un indicador de la pobreza en la musicalidad del discurso, en la ausencia de diálogo. Hay mucha relación entre cómo hablamos y la música que escuchamos.

La falta de esos espacios fomenta el caos, aun en un ambiente de aparente quietud. Frente a esto, Akun insiste en la enseñanza de la música. “Uno puede buscar el silencio en ella. La música puede ser, si sabemos escuchar, una vía para espacios de silencio y contemplación. Nos puede mostrar todos los estados emocionales sin tener que vivirlos, y ayudarnos a ver problemas reales que afectan a nuestras sociedades, si se invita a todos los actores sociales a ser artistas”. Y por eso hay que enseñar a los niños y jóvenes a escuchar la música, porque esta también es un discurso. 

“El caos en nuestras sociedades es un indicador de la pobreza en la musicalidad del discurso, en la ausencia de diálogo. Hay mucha relación entre cómo hablamos y la música que escuchamos”. Alimentado por la música que escuchamos, el lenguaje verbal puede estresarse o ser pausado y pacífico. 

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Optimizar recursos en el aula

Los niños se acercan al aprendizaje de la música por interés, creen que será entretenido. Es importante generar ese interés en el niño, sin falsas expectativas, que tal vez podrían conducir a crear un extenso programa enfocado en el dominio de un instrumento. Akun promueve los talleres cortos que enseñen a escuchar.

(El celular) tiene una capacidad muy grande para aportar a través de la tecnología al registro sonoro. Hoy casi cada niño en clases tiene un dispositivo que hace 20 años pocos adultos tenían.

También es educación inclusiva incorporar el conocimiento anterior y abarcarlo con modelos prácticos, aplicables, que no requieran gran presupuesto. El otro punto es la capacitación continua. “Trabajando en colegios me di cuenta de que los profesores que enseñaron a mi generación no tuvieron formación en recursos recientes, como la Programación Neurolingüística o el coaching. Todas estas alternativas son muy buenas; los profesores deben perfeccionarse y buscar estas maneras de generar dinámicas de juego con los estudiantes”. 

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Y por supuesto, no desechar lo nuevo, lo popular, lo que está a la mano. El celular, por ejemplo, es para Akun clave en la educación musical. “Tiene una capacidad muy grande para aportar a través de la tecnología al registro sonoro. Hoy casi cada niño en clases tiene un dispositivo que hace 20 años muy pocos adultos tenían”. Y ese dispositivo tiene un micrófono, una de las herramientas tecnológicas más comunes y subestimadas. 

Por supuesto, hay artilugios más sofisticados. Para el aula, Akun encuentra ideal el micrófono de contacto, de bajo costo y capaz, con una aplicación, de potenciar la sonoridad de cualquier superficie. “Lo utilicé con estudiantes del colegio Camilo Enríquez para que supieran que pueden transformar un banco en un instrumento de percusión”. 

Otra opción son los eventos expositivos, en que la gente puede acercarse y experimentar la tecnología musical, más que sentarse a oír de otros cómo funciona. 

¿Dónde está la música que escuchan los jóvenes?

Es también crucial que los docentes sepan dónde está la música que sus estudiantes escuchan. La mayor parte se obtiene por medio de aplicaciones para móviles. “Según Forbes, el estadounidense promedio escucha 35 horas de música a la semana”, dice Akun. Un artículo de esa revista publicado este año señala que YouTube, el canal favorito entre los adolescentes, se ha vuelto más grande que lo que MTV alguna vez fue en cuestión de videos musicales.

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La tecnología nos ha cambiado el escuchar, el hablar y el actuar. La capacidad de hacer varias cosas al mismo tiempo ha aumentado gracias a la simultaneidad y multiplicidad que nos ofrecen las aplicaciones, y esto hay que tomarlo en cuenta con las nuevas generaciones. Para Akun, un ejemplo de un medio que aprovechó bien esto es la radio, que para él, en vez de desaparecer, ha dado el salto a YouTube, Spotify, Google y iTunes, entre otros.