Hablar de padres sobreprotectores es complejo. Tratar de definirlos es subjetivo y difícil. Podrían sentir que su cariño y esfuerzo son cuestionados. Pero es necesario.

La relación de quienes se preocupan excesivamente por sus hijos llega a ser tóxica y limitante. Papá o mamá quieren resolverles todos los problemas, decidiendo por ellos. “Literalmente ‘sobrevuelan’ a sus hijos,  listos para una operación de rescate al menor signo de peligro”, explica la psicóloga Glenda Pinto.
De ahí  que se los haya apodado ‘padres helicópteros’. El término surgió en 1969, en una anécdota del psicólogo infantil Haim Ginott en el libro Entre padres e hijos: “Mi madre sobrevolaba sobre mí como un helicóptero”.

También se repite la frase “nadie criará a mis hijos mejor que yo”. Hay conflictos en delegar el cuidado a otros adultos responsables, limitando la interacción del niño con profesores y familiares. No conocen límites de estatus social: suelen recriminar a los profesores por malas calificaciones, aunque sus hijos sean universitarios; hasta quieren acompañarlos a entrevistas laborales.

Límites saludables

Una razón para proteger en demasía es el amor. Los padres no reconocen los tiempos que viven los hijos y les adelantan experiencias, los atienden como si no pudieran valerse por ellos. Hay un afán de evitar que se equivoquen.

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Este es la conclusión del psicólogo clínico Óscar Nieto, quien invita a distinguir entre amor paternal y sobreprotección. “Amar a los hijos significa mirarlos y contarlos dentro del sistema familiar”, indica; hacerles saber que pertenecen, que son importantes, con responsabilidades según su edad y que están preparándose para la vida adulta.Pero, contrasta Pinto, la principal dificultad de la crianza es el balance entre ‘control’ y ‘dejar ser’.

Edades de independencia

La sobreprotección y el exceso de control afectan negativamente el crecimiento, evolución y desarrollo emocional. Cada fase tiene necesidades  particulares.

El infante (0 a 2 años) requiere atención permanente. “No es consciente del cuidado que recibe, pero instintivamente percibe ‘necesarios’ a quienes lo protegen”. Hasta los 10 años,  ya es capaz de comunicarse adecuadamente, caminar y atenderse. Es más independiente, requiere de un cuidado guiado; si en exceso, el niño asume que es incapaz de hacer cosas por sí solo, que debe actuar con  autorización de sus padres.
El preadolescente (entre 11 y 13 años) está experimentando intensos cambios físicos y hormonales.

Sus variaciones emocionales e intelectuales son sus intentos de adaptación a los cambios y de poder entender cómo funcionan su cuerpo y sus emociones.  En esta etapa requiere soporte emocional. Un padre helicóptero solo  acentuará las inseguridades.

Finalmente, el adolescente (entre 14 y 18 años) necesita un patrón de conducta que guíe y soporte sus emociones generadas a partir del intercambio social. “Está dejando atrás la mirada casi exclusiva de sus cuidadores, para orientarse hacia su mundo exterior, donde hay mayores dificultades de interacción”.

Adolescencia vulnerable

Pinto advierte que el adolescente no percibirá a sus padres helicópteros como verdaderos guías, sino como personas temerosas, exigentes y prohibitivas.

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“Al no confiar en ellos, acudirá a sus amigos, sus ‘pares sociales’, por quienes se siente ‘comprendido’”. De ahí que la opinión de los extraños a la familia le sea más importante en este momento.

La psicóloga alerta que esta situación crea condiciones de vulnerabilidad y exceso de influencia de terceros. Es terreno para configurar actitudes psicológicamente insanas: timidez excesiva, falta de socialización, acoso, problemas de alimentación e imagen corporal, precocidad sexual, adicciones cibernéticas; así como otras más serias: drogas, sexo indiscriminado y conductas peligrosas.

La mirada del hijo

Observe sus interacciones con los hijos. Esté seguro de su papel, recomienda Nieto. Esté disponible; sea firme y amoroso, “sin excusas de trabajo, cansancio, amigos, alcohol, aficiones ni ausencias que hablan de irresponsabilidad, de falta de asunción del lugar que le corresponde”. 
Su hijo, enfatiza el especialista, tiene su mirada puesta en usted. Espera, llora, anhela, y si no obtiene una respuesta amorosa —esta es la clave—, se decepciona, manipula, se encapsula, se retira. “Unos más temprano que otros”. Y si los padres son violentos o ausentes, aprende a defenderse, establece conductas abusivas, evade con adicciones su dolor, se vuelve quemeimportista consigo mismo y con los demás.

Orden en la casa

¿Quiere brindar seguridad emocional a sus hijos? No es necesario que intervenga en todas las áreas de sus vidas. Enfóquese en estar, en mantener en orden su sistema familiar.
Nieto lo explica así: “Es su presencia firme y amorosa, su autenticidad, la que provee a los hijos de seguridad. No es algo que se imponga”, advierte, “se genera gracias a que cada uno ocupa su lugar”. El padre y la madre no pueden abandonar sus lugares. Ni los hijos pueden ponerse a la par de los progenitores.

“Los padres que establecen un sentido de igualdad entre ellos y los hijos, pierden de vista su lugar, los jóvenes se desorientan”. 

La trampa del paternalismo

“Nuestra cultura es paternalista”, reconoce la psicóloga clínica Toyi Espín de Jácome. “Si de los padres dependiera, los hijos nunca se  irían del regazo”, en contraste con culturas donde los jóvenes dejan el hogar paterno a los 18 años para estudiar, trabajar o vivir con otras personas.

La sobreprotección se refleja cuando, al llegar esa edad, los hijos en vez de independencia reflejan inseguridad para decidir qué carrera estudiar, cómo manejarse en  procesos de admisión y búsqueda de una universidad, “porque siempre estuvieron supeditados a los padres para resolver estas situaciones”. El desprendimiento es positivo, dice la especialista, siempre que reúna ciertas garantías para la integridad de los hijos a independizarse.

Sociedad sobreprotegida

La actitud hiperprotectora se justifica fácilmente: queremos lo mejor para los hijos. Este principio, dice Nieto, se ha enfocado en el consumismo y la tecnología. Si quiere saber qué es lo mejor, no rompa el orden. Haga conciencia de qué necesita su hijo. 

La tendencia, comenta, son jóvenes y adultos en quienes prevalece su comodidad por encima de la del otro: usan los espacios públicos sin consideración, transitan con una ceguera social hacia otros usuarios de los servicios, la vía pública o espacios de trabajo.

Añade Nieto: “ausencia de control emocional  contra quienes no piensan como uno, falta de cuidado a los demás y de las normas de una convivencia pacífica”. Sin ese retorno a lo humano, el especialista ve una sociedad progresivamente desconectada, engreída, oportunista.

“Los chicos viven encerrados en sus habitaciones, porque no se les enseñó que había otros alrededor requiriendo su mirada, porque se les tuvo pena o se los consideró incapaces. Se omitió el orden y el amor”.

Autonomía necesaria y constructiva

La autonomía es el pilar de la seguridad personal. Sin ella, uno buscará apoyarse en ‘otros’ para obtener la certeza de que algo que necesita, o debe afrontar, lo está haciendo bien. “Las claves entonces para la educación son el apoyo y los límites, no la sobreprotección”, puntualiza Pinto, y recomienda estimular las siguientes estrategias:

  • Ser sensibles a las necesidades de los hijos, reconociendo cuáles son sus capacidades para lidiar distintas situaciones.
  • Guiar al niño, sin interferir o solucionar el problema, asegurándoles que pueden conseguir solos sus objetivos.
  • Los padres pueden enseñarles a controlar sus emociones, explicándoles cómo entender sus sentimientos y sus comportamientos y consecuencias.
  • Ayudar a sus hijos a identificar estrategias de afrontamiento positivas, como respiración profunda, colorear o retirarse a un lugar tranquilo.

Otra forma de enseñar a ser autónomos desde pequeños es asignar actividades en función de la edad. Toyi Espín, máster en educación y orientación familiar, aconseja empezar lo más pronto. A los tres años pueden guardar juguetes con ayuda de los adultos. “La responsabilidad ayuda al niño a construir seguridad y autonomía”.

–Sea asertivo. No solo brinde información, abra espacios de comunicación y confianza.
–Evalúe cuánto de lo que enseña ellos están aprendiendo.

–Haga partícipes a los niños en la toma de decisiones que les afectan: ¿de qué color quieren pintar su cuarto?

–Intervenga en decisiones que impliquen invitaciones y salidas, considere lugares y horarios.

(G.Q. / D.V.)