Corría el año 1961. Rudolf Nuréyev, el bailarín más grande de todos los tiempos, viaja por primera vez fuera de su natal Unión Soviética formando parte de la prestigiosa Kirov Ballet Company. Para el mismo Nuréyev, como para muchos de sus colegas, la oportunidad de ir a París significaba una aventura. Era una ciudad legendaria para estos hombres y mujeres jóvenes, un mundo de lujo y libertad del tipo con el que solo habían fantaseado. Todo esto pasó cuando la KGB (policía secreta soviética) seguía los pasos de Nuréyev y a pesar del peligro que conllevaba la deserción en aquella época, huyó aunque esa decisión podría cambiar el curso de su vida para siempre.

Es que las apuestas en torno al viaje a la capital francesa fueron altas para todos. Para el Kremlin fue un arma de propaganda clave en la Guerra Fría: el ballet fue una de las principales marcas nacionales de la URSS, y en un año en el que este país ya había puesto al primer cosmonauta en el espacio –Yuri Gagarin–, planeaba confirmar su superioridad cultural demostrando el Kirov (Ballet Mariinski) al oeste.

Ralph Fiennes acerca a los espectadores a un hecho real en El bailarín (The White Crow), su tercera película como realizador. “Hay muchas biografías sobre Nuréyev, y yo descubrí la de Julie Kavanagh, escrita en 2007. Leí los primeros seis capítulos, que tratan sobre los años de estudiante de Nuréyev, hasta el momento de su defección de la URSS en 1961. Tengo que decir que no me interesaba el ballet como tal, pero esta biografía me introdujo a la fuerza y el coraje de este joven artista de origen humilde, que tenía una convicción interior de su destino como artista y bailarín”, dijo Fiennes en algunos medios durante la promoción del filme.

Luego de Coriolanus (2011) y The Invisible Woman (2013), el cineasta británico promete la suntuosidad y elegancia de los movimientos del mítico maestro ruso del ballet. Para este fin, filmó en varios escenarios como el Museo del Hermitage, a la Europa exquisita que salía de la posguerra. El guion lo firma David Hare, adaptando el libro Rudolf Nuréyev: The Life. Además, Igor Zelensky, director artístico del Teatro de Ópera y Ballet de Novosibirsk, supervisa la coreografía de los grandes títulos clásicos del repertorio (El lago de los cisnes y La bella durmiente, entre otros ballets) y el premiado coreógrafo Christopher Wheeldon (An American In Paris) estará a cargo de la coreografía especial.

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Tengo que decir que no me interesaba el ballet como tal, pero esta biografía me introdujo a la fuerza y el coraje de este joven artista de origen humilde, que tenía una convicción interior de su destino como artista y bailarín”.

El término “cuervo blanco” (white crow) es un apodo ruso utilizado para molestar a aquellos que son “inusuales, extraordinarios, no como los demás”, y muchos consideraban a Nuréyev como petulante, furioso y egocéntrico.

El actor
Quien tiene la tarea de meterse en las mallas de Nuréyev es el bailarín de ballet ucraniano Oleg Ivenko (1996), quien fue invitado a través de un correo electrónico, pero cuando lo vio en su bandeja de entrada pensó que era un spam (correo basura) y lo eliminó. “No pensé que nada de eso fuera posible. No me lo podía imaginar”, dijo el joven bailarín que debuta en la actuación, pero que ha conseguido destacadísimas participaciones en ballets clásicos como Coppélia, Giselle y La Bayadère.

Cuando le llegó un nuevo correo lo tomó más en serio. Es así que da vida al legendario bailarín en el momento más crucial de su vida, cuando luego de dejar impresionados a los espectadores en París, fue convocado de regreso a Moscú, enfrentando un encarcelamiento.

¿Por qué elegir a Ivenko? Fiennes responde: “Estaba bastante convencido de que el actor tenía que ser un bailarín que fuera capaz de actuar, y no podía saber quiénes eran si no los buscaba. Encontramos a Oleg, un ucraniano que baila en el Teatro Kazán, en Rusia, donde es uno de los principales bailarines de ballet. Hicimos pruebas a muchísimos bailarines, y estaba convencido de que nos quedaríamos con un desconocido; no quería elegir una cara conocida por el público, lo cual complicaba las cosas, pues los distribuidores quieren estrellas de cine”.

El reparto lo completan Louis Hofmann, Adèle Exarchopoulos y Sergei Polunin, conocido como el ‘chico malo’ del ballet. (A. C. J.)

 

El gran bailarín
Rudolf Nuréyev (Ufa, 1938-1993). Se formó en la Kirov Ballet School, en Leningrado, bajo la tutela del legendario maestro Alexander Pushkin, convirtiéndose en solista del Ballet en 1958, según indica la web de la Fundación Rudolf Nuréyev (www.nureyev.org). Se convirtió en el primer bailarín del Royal Danish Ballet y artista invitado de las principales compañías de ballet europeas, norteamericanas e incluso australianas. Recordado por sus interpretaciones junto a la bailarina Margot Fonteyn, Nuréyev puso en el escenario creaciones de Marius Petipa, Sir Frederich Ashton, Maurice Bèjart, George Balanchine o Martha Graham. Nuréyev tenía solo 23 años cuando desertó, lo suficientemente joven como para que, sin duda, su preferencia sexual bien oculta (la homosexualidad aún era ilegal en el Reino Unido, y mucho más en la Unión Soviética).

Esa fuga fue un duro golpe para el prestigio de la URSS. El propio bailarín explicó su experiencia en una entrevista con El País en 1985. “Mi curiosidad entonces no conocía límites”, dijo y explicó además cómo le marcó el exilio, la vida itinerante y aquella época trepidante: “Adquirí tenacidad y voluntad, entendiendo muy pronto que debía cuidar de mí mismo. Desde entonces solo confío en mí mismo y me fío solamente de mi intuición y la experiencia personal”.

En 1983 fue nombrado director de danza del ballet de la Ópera de París y en 1989 se le permitió regresar a Rusia, donde volvió a bailar en el Teatro Kirov. Murió en 1993, en un hospital cercano a París a los 54 años.