En el centro de Guayaquil, entre oficinas, locales comerciales y estaciones de transporte, los gimnasios se han incorporado a la rutina de trabajadores y estudiantes que no regresan de inmediato a casa. Terminan la jornada y, antes de cruzar la ciudad hacia el norte, el sur o cantones aledaños, destinan una hora al ejercicio.

En la avenida 9 de Octubre, uno de los principales ejes comerciales, usuarios llegan a sus centros deportivos con mochilas, uniformes de trabajo o ropa de oficina. Ingresan, se cambian y comienzan la rutina que los ha encaminado hacia una vida saludable.

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En estos espacios, que operan en locales de tamaño reducido en comparación con gimnasios de otras zonas, la mayor dinámica se concentra en franjas específicas del día. A partir de las 18:00 se registra mayor concurrencia, cuando coinciden salidas laborales y académicas. En menor medida, en la mañana también se observa actividad de usuarios que van antes de iniciar la jornada.

Viviana, de 23 años, que labora en un hospital en el sur y vive en el norte, explicó que entrena en un gimnasio céntrico porque le “queda de paso”. Sale del trabajo y asiste al gimnasio antes de dirigirse a su vivienda. “Porque ahí me desatura mentalmente, porque yo trabajo con niños; entonces, tengo mucha sobreestimulación de todo el día con los padres”, indicó.

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Señaló que mantiene esta rutina desde hace aproximadamente un año y que el hábito se ha integrado a su día sin dificultad. Manifestó que paga $ 25 mensuales y que, en su caso, trasladarse hasta su casa antes de entrenar implicaría perder tiempo y reducir la frecuencia con la que asiste.

A ella la acompañaba Jessenia, asistente administrativa de 24 años, con quien generó un círculo de amistad. Ella comentó que pasa la mayor parte del día sentada. Asisten al gimnasio al terminar su jornada para mantenerse activa. Ella reveló que paga $ 20, valor que obtuvo en una promoción.

Ambas coincidieron en que entrenar en el centro evita traslados adicionales hacia sus domicilios en el norte y vía a la costa. “Ya de aquí me voy a mi casa”, manifestó. Añadió que la cercanía influye en su constancia, ya que evita traslados adicionales.

La movilidad es un factor que influye en la decisión. Algunas usuarias utilizan bus; otras optan por transporte por aplicación. Tamara, deportista de 32 años, señaló que prefiere movilizarse en un aplicativo móvil por seguridad. Practica powerlifting (levantamiento de potencia) desde hace más de siete años y asiste a la sede actual desde hace cuatro. “Prefiero gastar un poco más y llegar segura”, sostuvo.

En otro gimnasio del sector, Orly Greceli, comerciante de 42 años, explicó que aprovecha la cercanía con su lugar de trabajo, ubicado en el entorno del mercado Central. Señaló que cierra el local, toma la Metrovía y en pocos minutos llega a entrenar.

“Si me voy a la casa, ya no salgo”, manifestó. Añadió que el ejercicio le permite manejar la carga acumulada durante la jornada laboral. Indicó que mantiene esta rutina desde hace aproximadamente dos años y que el gimnasio forma parte de su recorrido diario.

La modalidad también se repite entre universitarios. Leandro, de 22 años, indicó que el gimnasio es la opción más cercana tras salir de clases. Asiste antes de regresar a su vivienda y permanece aproximadamente una hora. Señaló que lleva tres años entrenando y que la constancia depende de la facilidad de acceso.

Los usuarios consultados coincidieron en que el costo es asequible frente a otras alternativas en distintos sectores de la ciudad. Algunos compararon precios antes de inscribirse; otros eligieron por ubicación. La asequibilidad es en lo que más se centran los clientes.

Además de la actividad física, varios mencionaron que han formado vínculos dentro del espacio. Coinciden a diario con personas que comparten horarios y rutinas. “Ya estoy acostumbrada”, expresó una usuaria con un año y medio de asistencia continua.

En el centro, existen alrededor de veinte gimnasios que se integran al recorrido cotidiano de los residentes. Para ellos, no representa un desplazamiento adicional: es un ajuste en la ruta habitual entre el trabajo, la universidad y la vivienda. Para quienes entrenan en esta zona, el ejercicio se adapta a lo laboral y académico, y se mantiene como parte estable en el día a día. (I)