Simón Fersan levanta la cámara mientras las corredoras cruzan la meta en la avenida 9 de Octubre. No participa en la competencia, pero su jornada depende del ritmo de quienes sí lo hacen.

Se mueve entre grupos que celebran, ofrece retratos impresos y conversa con quienes aceptan detenerse unos segundos. Lleva cuarenta años en la fotografía y aún mide cada salida con la incertidumbre de si habrá suficientes clientes.

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Los inicios de un fotógrafo autodidacta

Su historia con la cámara empezó en un momento de urgencia. Tenía una hija pequeña y se había quedado sin trabajo. Un amigo le prestó una cámara de rollo Pentax y lo envió a cubrir bautizos. No hubo formación académica ni cursos previos.

Aprendió en la práctica, con indicaciones básicas y observando cómo resolver la luz, el encuadre y la distancia. Aquellas primeras imágenes marcaron su ingreso a un oficio que terminaría definiendo su vida.

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Las cámaras que utilizaba eran análogas, de película fotográfica, equipos réflex que exigían cálculo y precisión. Cada rollo tenía un número limitado de tomas. No había pantallas para revisar el resultado ni posibilidad de repetir sin costo.

El disparo era una decisión consciente. Si la imagen fallaba, no había forma inmediata de corregirla. Esa limitación obligaba a pensar antes de presionar el obturador.

Lo que alguna vez conoció por casualidad, ahora continúa con el oficio por necesidad. Foto: José Beltrán

El proceso artesanal del revelado y la entrega

Después estaba el revelado. Simón caminaba varias cuadras hasta laboratorios o pequeños locales donde se procesaban los negativos. El trabajo no terminaba ahí. Luego regresaba a entregar las fotografías casa por casa, tocando puertas con sobres en la mano. Era parte del oficio, una rutina que implicaba recorrer barrios enteros. Recuerda que, en la época del sucre, cada retrato tenía un valor que reflejaba el tiempo invertido y el costo del material.

La obtención de su propio equipo fue gradual. Su primera cámara la compró en un remate. Una Canon que en el mercado costaba millones de sucres la adquirió por una fracción de ese valor. Desde entonces, fue cambiando modelos según las posibilidades económicas. Tuvo varias Pentax, adaptó lentes y armó equipos con piezas usadas. Su cámara actual, una Nikon, posee un lente heredado de un cuerpo anterior y un dispositivo adquirido a crédito.

El parque Centenario como epicentro fotográfico

Durante años, el trabajo en la calle tuvo puntos definidos. El parque Centenario fue uno de ellos. Allí coincidían fotógrafos que ofrecían retratos familiares o instantáneas para documentos.

Era un espacio donde se compartían aprendizajes y también se disputaban clientes. Con el tiempo, ese movimiento disminuyó. Muchos de quienes trabajaban en ese lugar dejaron de hacerlo o fallecieron. El oficio se desplazó hacia otros sectores del centro.

La jornada de la Warmi Runner 2026 le devolvió a Simón un lugar donde trabajar: en la calle, con flujo constante de personas y oportunidades de venta. Las corredoras que completaron los circuitos de cinco y diez kilómetros se detenían para tomarse fotografías con sus compañeras. Él se acercaba con la impresora portátil lista, explicando el valor de una imagen física (dependiendo de lo que pidan hasta $ 5) frente a las decenas de fotos almacenadas en un teléfono.

La transformación tecnológica fue sin duda un punto de quiebre en su profesión. La fotografía dejó de ser un servicio exclusivo. La inmediatez digital redujo la demanda de impresiones y obligó a diversificar ingresos. Simón trabajó como chofer, comerció antigüedades y se adaptó a nuevas formas de venta a través de redes sociales. Aun así, la cámara siguió siendo su herramienta principal. Afirma que gracias a ese trabajo pudo construir su vivienda y financiar la formación universitaria de su hija, hoy psicóloga.

A pocos metros se encontraba Bolívar. Su trayectoria se vincula a la minería y a trabajos ocasionales que lo acercaron al uso de cámaras para credenciales. No tuvo formación formal. Aprendió junto con diseñadores que manejaban equipos básicos y le enseñaron a encuadrar y resolver retratos.

Bolívar recuerda que el oficio tuvo momentos de mayor estabilidad económica. Los clientes acudían sin cuestionar el precio y la demanda permitía sostenerse únicamente con la fotografía. Esa realidad cambió con el tiempo. Un robo en Los Vergeles, en el norte de la ciudad, lo obligó a empezar de nuevo, pues perdió equipos y trabajos pendientes. Desde entonces alterna la fotografía con otras actividades y busca oportunidades en eventos.

Ambos coinciden en que la ciudad transformó su relación con la fotografía. La transición del rollo al formato digital cambió la lógica del trabajo. Antes, cada imagen implicaba un proceso largo y tangible. Hoy, la producción es inmediata y masiva. Sin embargo, continúan saliendo cada mañana, buscando encargos y manteniendo una práctica que forma parte del paisaje urbano.

Mientras la carrera concluye y las calles recuperan su tránsito habitual, Simón Fersan guarda su equipo. Ha vendido algunas fotografías. No sabe cuántas jornadas similares tendrá en el futuro. La experiencia acumulada durante cuatro décadas lo mantiene activo. Su historia muestra un oficio que evolucionó junto con la ciudad, adaptándose a cambios tecnológicos y económicos sin desaparecer por completo. (I)