A pocos días del inicio del nuevo ciclo lectivo en Guayaquil en los planteles fiscales, el movimiento en los locales de uniformes del centro comenzó a incrementarse de forma paulatina.

En el centro de la ciudad, Adrián Espinoza permanecía sentado afuera de su negocio, atento al flujo de clientes y procurando que dentro del establecimiento se mantuviera el orden.

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Marzo y abril, explicó, representan los meses de mayores ventas del año. “Siempre tenemos que redoblar esfuerzos en esta época”, afirmó, mientras observaba cómo varios padres ingresaban a consultar tallas y precios.

Con el paso de los días, añadió, el comercio se va intensificando, especialmente conforme se acerca el regreso a clases.

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Variedad de uniformes y planteles

Espinoza detalló que en su local se comercializan uniformes de distintas instituciones fiscales y de algunos planteles reconocidos de la ciudad, entre ellos Vicente Rocafuerte, Aguirre Abad, Luis Felipe Borja, República del Carchi, Provincia de Bolívar, Provincia de Loja y Provincia del Azuay.

La oferta incluye camisas blancas y celestes, pantalones azul petróleo, café o caqui, según lo que exija cada plantel.

Los precios, sostuvo, buscan ajustarse a la realidad económica de su clientela. “Aquí el 90 % de quienes compran son personas de clase media baja”, comentó.

Muchos padres no adquieren el uniforme completo, sino que priorizan una prenda específica. “A veces llevan solo una camisa o un pantalón, dependiendo de la necesidad”.

Precios y demanda de uniformes deportivos

En el caso de los uniformes deportivos —los de mayor demanda, según el comerciante— un conjunto de calentador y camiseta puede encontrarse desde $ 15.

Cuando las prendas se venden por separado, el pantalón ronda los $ 13 y la camiseta $ 10, pero si el cliente adquiere el conjunto, el precio se ajusta a $ 20, e incluso a $ 18 si se trata de tallas pequeñas.

“El uniforme deportivo es el que más se está moviendo”, señaló. Explicó que en muchas instituciones fiscales los estudiantes asisten cuatro de los cinco días de la semana con esa indumentaria y solo uno con el uniforme de parada.

“No es lo mismo tener una sola prenda que tener tres. Con lo que cuesta una camiseta en un colegio, aquí pueden llevar hasta dos o tres”, comparó.

Mientras en algunos planteles una camiseta polo puede costar entre $ 14 y $ 18, en su local modelos similares se ofrecen desde $ 8. “Antes se vendía en $ 10; hoy está en $ 8. Ha bajado”, precisó.

También mencionó el caso de las faldas a cuadros de ciertas unidades educativas, como la Sagrada Familia, que suelen escasear conforme avanza la temporada.

“Si hoy cuesta $ 13, en 15 o 20 días puede subir a $ 22 o $ 25”, explicó. Atribuyó esa variación a la disponibilidad de tela y al aumento en los costos de producción cuando los talleres trabajan bajo presión y deben contratar más personal para cumplir con los pedidos.

En prendas para niños de hasta 10 años, los precios pueden oscilar entre $ 5 por una camisa y $ 8 por un pantalón, es decir, $ 13 por el conjunto básico. En el caso de niñas, blusa y falda tradicional pueden encontrarse desde $ 10.

“Son valores que más bien han bajado”, afirmó. Según comentó, el incremento de importadores de telas —que pasaron de ser pocos a decenas en el mercado— ha generado mayor competencia y ha contenido los costos.

Impacto de la temporada escolar en el personal y la economía

Durante la temporada alta, el local duplica su personal. En meses regulares trabajan entre cinco y ocho personas; en esta etapa pueden llegar a ser hasta doce.

En el área de bordado, por ejemplo, pasan de un operario a cuatro. “Uno borda, otro corta hilachas y tres manejan máquinas”, detalló. A ellos se suman quienes despachan mercadería y quienes atienden al público en el exterior.

Para Espinoza, el periodo escolar es determinante para la sostenibilidad del negocio. “Lo que se vende en la temporada es el capital con el que trabajamos el resto del año”, aseguró.

Reconoció que la ganancia ronda el 15 %, pero enfatizó que el objetivo principal es mantener el flujo de trabajo sin endeudarse el doble para obtener el mismo margen.

Su vínculo con la confección comenzó a los 8 años. Es una herencia de su padre, César Espinoza, uno de los pioneros del sector y expresidente de los comerciantes de la Bahía.

En el mismo sector, Óscar Fuentes, otro comerciante, coincidió en que el movimiento aumenta conforme se aproxima el inicio de clases.

Señaló que muchos padres recorren varios locales antes de decidirse y que el uniforme deportivo encabeza las ventas.

“La gente busca economía y calidad. Prefieren llevar dos prendas aquí que una sola más cara en otro lugar”, expresó. (I)