Quedaron desempleadas o sus esposos perdieron sus trabajos al inicio de la pandemia en Guayaquil. Vivieron con miedo por el COVID-19, más cuando veían que pasaban por su cuadra las caravanas de ataúdes, relatan. También se enfermaron y tuvieron parientes que fallecieron por el virus. Y hubo días en que no tenían qué comer y la angustia los invadía, ya que el confinamiento obligatorio se extendía. Las plantas de sus balcones también murieron porque temían hasta asomarse para regarlas. Fueron días extremadamente difíciles, exponen.

Pero en medio de aquello resurgieron, no se dejaron vencer, y comenzaron a preparar para vender a domicilio alimentos, productos desinfectantes, víveres y demás, al igual que ocurría en otros barrios de Guayaquil. También ofrecían los oficios que sabían, como poner sueros o inyecciones. Y apenas se levantaron medidas restrictivas sacaron sus parrillas asadoras, carretas y mesas a la calle y empezaron a ofrecer parte de sus productos. No importaba si estaban en la misma cuadra, a pocos pasos, todas se apoyaban y vendían. Así comenzó la historia de los pequeños negocios populares del barrio Narnia, en Bastión Popular, noroeste de Guayaquil.

Ahora esta cuadra, que divide a los bloques 7 y 8 de Bastión, es conocida como la calle de los emprendimientos en el sector, donde la gente puede contratar también a albañiles, plomeros, electricistas, conductores… Hay costurera, salón de belleza, tiendas de víveres con servicios bancarios. Los puestos de comida son los más notorios porque están al pie de las casas de sus dueñas. Ahí el movimiento se intensifica al caer la tarde y en las noches por la llegada de los clientes.

Salchipapas, papipollo, hot dogs, hamburguesas, jugos naturales, choclos asados, patas, alas y menudencias de pollo asadas, arroz con menestra y presas de pollo asadas o con chuleta son parte de la oferta de comida, con precios desde $ 0,50 hasta $ 2,50.

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Sonia Cusme fue la primera que sacó su asador para ofrecer meriendas en el barrio Narnia, en Bastión Popular, tras los meses críticos de la pandemia. Ella es una de las emprendedoras del sector. Foto: José Beltrán Foto: El Universo

Sonia Cusme Cusme, de 42 años, fue la primera que puso su asador de carbón en esta cuadra. Hace más de diez años, y antes de que tuviera a la última de sus cuatro hijos, había tenido una experiencia similar, pero dejó el negocio porque salió embarazada. Justo antes de la pandemia lo retomó porque le gusta cocinar, pero llegó la cuarentena obligatoria y tuvo que cerrar. Para esa fecha, su esposo, quien trabaja en el mercado de Montebello ofreciendo plátano o verde, tenía escasas ventas. Ella empezó a hacer meriendas y asados en el interior de su casa y entregaba solo para llevar. Recuerda ese tiempo como días grises, difíciles para todos.

Ahora saca su asador a partir de las 16:00 y atiende a veces hasta la medianoche porque tiene clientes que llegan hasta esa hora. También le hacen pedidos con antelación y sus comensales solo pasan retirando. Vende meriendas de $ 1 y $ 2 (arroz con menestra con carne, pollo o chuleta). Las alitas asadas ($ 1) es uno de los platos que más salida tiene, así como las caderas o pechugas asadas. Incluye chifles o maduro y un poco de ensalada en el plato de $ 1.

Cristina Tobar, de 38 años, también le apostó a su emprendimiento y puso su carreta llamada Papi Cris, donde vende salchipapas, papipollo, hamburguesas, hot dogs, gaseosas y jugos, desde $ 0,50 hasta $ 2,50 (papipollo).

Ella trabajaba como supervisora de limpieza hospitalaria (rotó por algunos hospitales) al inicio de la pandemia y jamás imaginó que sería testigo de escenas dolorosas y hasta traumáticas como ver cadáveres por decenas. No sabe cómo se contagió de COVID-19, si fue en el bus o en qué sitio, pero llevó el virus a su casa e infectó a su familia. Su papá se puso muy mal, al igual que un tío que no resistió y falleció, cuenta. No se hicieron pruebas PCR, pero sabían que era el virus porque ella perdió el olfato y el gusto por un tiempo. Cristina optó por renunciar. Con ese dinero compró una carreta en $ 600, que ahora es parte del sustento económico de su familia y de una cuñada a la que presta el negocio tres días a la semana para que también obtenga algo de ingresos para sus sobrinos.

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“No teníamos ni qué comer (en los días más críticos de la pandemia). Fue difícil, difícil, todo se puso caro… así que nos acordamos de unas charlas que nos dieron (por un concurso barrial municipal) y decidimos salir adelante… No nos faltó el apoyo comunitario, si alguien no tenía algo, veíamos la forma y le mandábamos… hicimos desinfecciones en las calles con agua y cloro… nos escribíamos por chat (de WhatsApp)…”, expone Cristina, quien al inicio perdió los primeros $ 100 que prestó e invirtió para los productos de su carreta, ya que las restricciones en ese entonces se endurecían y el toque de queda se ampliaba y no tenía opción de poner su puesto en la calle. Ofertó su comida a domicilio y así sobrevivieron en aquel tiempo. Ya con la carreta, al comienzo, vendían hasta $ 3 diarios. Luego subieron a $ 7 y de a poco la situación ha ido mejorando.

Tatiana Paláez Gamboa, de 34 años, también quiso ayudar en su hogar, porque con la pandemia su esposo, que es chofer y que sufre de diabetes, se quedó sin trabajo. Y adicional tienen un niño de 10 años al que deben operarlo de una hernia inguinal, pero su cirugía quedó en espera con la llegada del COVID-19 en un hospital público y todavía no pueden realizársela.

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“Al inicio dije: ¿Dios, qué hago?, y salió esto (vende patitas, alitas, mollejas de pollo asadas, choclos, jugos naturales de badea, naranjilla, melón, mora, tomatillo, maracuyá…). Con las vecinas nos dimos la mano y comenzamos de poquito a poquito. Buscamos la manera de ayudarnos, de tener el pan de cada día”, cuenta Tatiana.

Ella saca su asador desde las 15:00 hasta las 22:00. “Gracias a Dios, todas vendemos, mis siete o diez choclitos diarios, mis diez alitas (que vende entre $ 0,50 y $ 1)… Es de lunes a domingo, porque un día que no se trabaje luego no tenemos cómo subsistir al otro día”, agrega.

Otra emprendedora, como se autodefine, es Carolina Chávez Gallegos, de 43 años. Ella también quedó desempleada en la pandemia y como estudió Enfermería puso un letrero en su casa en el que ofrecía aplicar sueros, inyecciones y también empezó a vender de a poco pastillas como paracetamol que en ese tiempo era difícil encontrar. “Si en otro lado ponían un suero a $ 10, yo lo ponía en $ 5… Iba a hacer colas a las distribuidoras para las paracetamol, al comisariato por el alcohol…, mascarillas… y así empecé, de a poquito. Me prestaron las perchas, una señora que ya cerró su farmacia, y así fui poniendo de a poquito y ahora tengo esto… De aquí saco para la comida, para los gastos, para el agua (para pagar servicios básicos)”, manifiesta Tatiana.

Carolina Chávez, de 43 años, quedó desempleada al inicio de la pandemia en Guayaquil. Como sabe de Enfermería aprovechó sus conocimientos para poner al inicio sueros e inyecciones a domicilio. De ahí se puso una pequeña farmacia, llamada Ka-ney. Foto: José Beltrán Foto: El Universo

Ella tiene una pequeña farmacia esquinera, que nació a raíz de la pandemia, donde también vende agua, gaseosas y algunos snacks y artículos de bazar o de tienda.

En Narnia su gente destaca su unión y sus ganas de trabajar para salir adelante pese a las adversidades y problemas que puedan presentarse. Aquí incluso tienen un vecino que trabaja como guardián en las noches y que cuida también el barrio. La tarde y noche del jueves 29 incluso pidieron más ayuda a los policías del sector que llegaron al lugar para hablarles sobre violencia intrafamiliar, uno de los grandes problemas que aquejan a Bastión Popular, según los uniformados.

"Bajen a reunión, vengan a la reunión un ratito", era el grito de algunas de las líderes del barrio Narnia, la tarde del 29 de julio. Ese día, policías comunitarios de Bastión Norte, en Bastión Popular, llegaron para escuchar a los habitantes y para hablarles de violencia intrafamiliar. Los habitantes de Narnia dicen que trabajan también en conjunto con la Policía y aquello les ha traído buenos resultados. Foto: José Beltrán Foto: El Universo

Los habitantes cuentan que han tenido logros al participar en concursos municipales (Mejoremos Nuestra Cuadra) y que han sabido poner en práctica las charlas y capacitaciones que en su momento recibieron. Con el último premio que obtuvieron pudieron invertir también en surtir algunos de sus productos.

Ellos esperan ahora que otras instituciones los ayuden con créditos para seguir adelante con sus emprendimientos.

El barrio se caracteriza por los colores llamativos y por las decoraciones que hay en las fachadas de las viviendas, así como por las plantas que ahora vuelven a cobrar vida y protagonismo; por los asientos de cemento pintados de naranja para sus habitantes y visitantes; por una imagen de Juan Pueblo sentado que está casi al pie del local de Sonia Cusme, y, en especial, por la unión, colaboración y optimismo de su gente. (I)