La temperatura del auto de Joel Cazares aumentó y, de un momento a otro, se apagó en una calle céntrica de Guayaquil, la mañana del sábado 26 de junio. Su mecánico de confianza, Kachita, concluyó, tras revisar el vehículo, que necesitaba cambiar dos piezas del motor: la bomba de agua y el empaque del cabezote.

“Ya sabe, busque en la Ayacucho”, le sugiere el maestro a este guayaquileño. No lo duda, enseguida se traslada a esta calle del suroeste de la ciudad para cotizar los repuestos en algunos de los cerca de cien locales que venden piezas y accesorios automotrices a lo largo de 31 cuadras, desde la calle Machala hasta la 17.

En este tramo, según coinciden comerciantes y usuarios, ya se ha recobrado el movimiento vehicular que había antes de la pandemia del COVID-19, enfermedad que provocó el cierre de la mayoría de establecimientos durante cerca de cinco meses. Algunos propietarios no resistieron y quebraron, pero en los últimos meses nuevos negocios ocuparon sus puestos.

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“Casi quiebro, fue difícil, pero ya nos estamos recuperando. Tuve que implementar el servicio de delivery con los talleres y clientes fijos”, cuenta Diego Correa, quien hace cuatro años abrió su local de repuestos, en Ayacucho y Esmeraldas. Antes, dos trabajadores lo ayudaban; ahora, atiende solo desde las 08:30, hora en que este sector comienza a recobrar su ritmo comercial. Peatones, como Joel, caminan con piezas pequeñas de vehículos en sus manos, en busca de calidad y buen precio.

Vecinos de la calle Ayacucho piden más orden y agilidad en trabajos de regeneración urbana

Tras preguntar en una docena de locales, finalmente saca su billetera para cancelar $ 50 por ambas piezas. “Es lo más barato que conseguí”, refiere Joel, y agrega que cada vez que su carro tiene algún desperfecto regresa a la Ayacucho, en donde también hay al menos una treintena de vendedores informales, conocidos como “bicheros”. Los encuentran en grupos de a cinco o seis, todos con taladros portátiles —la mayoría sin baterías— en al menos quince cuadras. En algunos puntos, invadiendo la calle, permanecen parados junto a grandes letreros que ofrecen reparar seguros eléctricos, elevadores de vidrio, chapas, limpiaparabrisas, etc.

“Diga, jefe, ¿los brazos, las plumas?”, le dice un informal a uno de los conductores que baja la velocidad y pregunta: “¿A cuánto el cambio de chapa?”. Mientras le explica que el costo depende del modelo de carro, los otros del grupo rodean el vehículo del usuario, quien, visiblemente asustado, se arrepiente y acelera su marcha.

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“Lo espantaste por feo”, bromea uno de ellos señalando a otro de sus “compas”. “Le damos nuestro servicio al que lo necesita”, apunta Roberto, uno de los informales que asegura retrovisores y computadoras por $ 12 y $ 15. Los remaches, a $ 0,50 por unidad, los coloca para proteger los espejos, letras y logos de los vehículos.

La esquina de Ayacucho y Joaquín Gallegos Lara es una de las más concurridas por los usuarios que cotizan en varios locales en busca de accesorios y repuestos. Foto: Archivo

No obstante, varios vendedores de distribuidoras automotrices critican la presencia de los informales, quienes —aseguran— se suelen aprovechar del descuido de algunos usuarios para cambiarles las piezas. “Ahuyentan a los clientes; deben darse más controles para que se vayan”, pide un comerciante que prefiere no identificarse.

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Sin embargo, usuarios como Ernesto Cornejo, morador del Guasmo central, los buscan para ciertos trabajos rápidos. A su carro, un joven informal le instalaba dos perillas del aire acondicionado, al mismo tiempo que otro limpiaba los faros de su auto por $ 5. “Estaban amarillos, pero ahora ya están quedando impecables”, considera Cornejo.

A lo largo de la calle Ayacucho hay establecimientos que han recuperado las ventas en “casi el 100 %” , como el local Trucksoportec, que vende repuestos de maquinarias pesadas y barcos; otros, como la Casa del Cabezote, dicen haber recobrado el 70 % de sus ingresos; y algunos, como la Casa del Accesorio, afirman que aún no llegan ni al 15 % de su facturación anterior.

“En 90 % han bajado las ventas de accesorios; ahora lo que más se vende son las llantas: hay desde $ 30 hasta $ 180”, cuenta Angy Delgado, administradora del local, quien cree que los ha perjudicado la señal de “prohibido estacionarse” que se colocó después de la pandemia del lado derecho de la vía. Pese a esta restricción, la mayoría de conductores se parquea y espera por varios minutos.

Otros locales, aquellos que están entre Lizardo García y Leonidas Plaza, consideran que también los han afectado los trabajos de regeneración urbana que se hacen, también del lado derecho. La polvareda que se levanta y el sonido de la maquinaria molesta a los usuarios, que sortean las tablas y el material de construcción para cruzar hacia alguna distribuidora. A pesar de que los peatones y comerciantes están siempre con mascarilla, para evitar contagiarse del virus, la vista suele irritarse, insiste el administrador de un local.

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“Hay que recorrer. Cada uno maneja sus precios, eso es lo bueno: la variedad”, comenta Jack Gonzabay tras comprar en $ 80 un paquete de un disco, plato y rulimanes. Más adelante, en la acera de la calle Los Ríos, el aroma del maduro asado atrae a Washington Poveda, quien lleva una hora buscando el reservorio del radiador de su auto del 2009: “Hay desde $ 15 hasta $ 60; chinos, coreanos, japoneses y de otros lados. Creo que compraré algo intermedio para que me dure”.

Vecinos de la calle Ayacucho esperan que trabajos de regeneración se concreten en próximos meses. Foto: Jorge Guzmán

A lo largo de las 31 cuadras, además de locales de repuestos, hay dos escuelas, dos gasolineras (en Carchi y en Leopoldo Izquieta Pérez), dos bancos (en Esmeraldas y en Santa Elena), rectificadores de motores, laboratorios de inyección y tecnicentros, como el Grand Prix, cuyo administrador, Jorge Naula, afirma que están al 70 % de sus operaciones. Ese día, tres carros estaban siendo atendidos, uno de ellos para cambiar amortiguadores y hacerle alineación y balanceo. Este local tenía el doble de extensión, pero luego de la pandemia los dueños decidieron vender una parte de su negocio, cuenta Naula.

Más adelante, en la esquina de Ayacucho y Tungurahua, el ritmo de la salsa “las mujeres de Cali tienen sabrosura...” hace que Juan Carlos Muñoz se detenga. “Donde hay buena música, debe haber buenos precios”, bromea el esmeraldeño, que buscaba un foco pequeño para el faro de su camioneta. En ese punto, algunos conductores hacen una pausa para comprar papaya, aguacate y bananas a los informales que están en triciclos y apostados en la vereda.

Otros usuarios, mientras siguen su marcha, prefieren refrescarse con el agua de coco de Don Benito, en la esquina de Asisclo Garay. También hay opciones para aquellos que, siendo las 14:00, aprovechan para degustar algunos de los platillos, como el “guatallarín” que se ofrece a $ 2 en la esquina de Carchi. Otros prefieren ir a la Esquina del Chino, que tiene 20 años ofreciendo su sazón en la calle Décima. Ese restaurante, que antes de la pandemia vendía 250 platos un fin de semana, ahora no llega a 150, sostiene Pedro Montalván, propietario de este negocio familiar que funciona hasta las 22:00.

Minutos antes de cerrar, cuando el movimiento comercial decae por completo en este sector, le robaron su celular y las ganancias del día. Eso ocurrió una semana atrás. “Tres hombres, en una moto azul con negro, se bajaron armados y se llevaron todo”, lamenta Montalván, quien junto con otros comerciantes del sector piden a la Policía mayor resguardo.

“Cada semana hay robos”, critica Christian Montero, administrador de un almacén, quien recuerda que al local de Toñito le han robado tres veces en lo que va del año. “Es cuestión de cinco minutos, siempre en dos motos”, añade, y afirma que por la inseguridad que se vive están cerrando los locales antes de las 19:00.

Hay locales conocidos por décadas, como aquellos de la familia Navia, entre ellos, el de Fabricio Navia, que vende todas las piezas de vehículos americanos, en Ayacucho e Ismael Pérez Pazmiño. Un sitio de concentración de clientes es el almacén de Toñito, quien comercializa repuestos multimarcas en Asisclo Garay y Ayacucho.

En las últimas siete cuadras de la Ayacucho, hasta llegar a la 17, hay menos locales de repuestos pero más talleres de tornos, puestos de venta de llantas, lubricadoras y tecnicentros, como el de Luchito, en donde un estruendoso reguetón atrae a dos jóvenes que se movilizan en un auto. “¿A cuánto la de aro 14?”, pregunta uno de ellos. “Hay desde $ 40”, le responde la vendedora Rosa Miranda, y le recomienda, además, por $ 6 la alineación y el balanceo.

“Antes vendíamos más de 50 llantas al día; ahora, máximo 20”, cuenta Miranda, con la esperanza de que vendrán días mejores, ya sin restricción vehicular en la ciudad y con la vacunación de la población. Ansía que este sector recobre por completo ese ritmo comercial que perdió con la pandemia. (I)