Guillermo Hidalgo acerca su teléfono celular al ojo derecho para poder visualizar la pantalla, colocar las canciones que reproducirá en YouTube y así escucharlas en sus audífonos para guiarse en los acordes que tocará con la quena.

El sonido del instrumento de viento llama la atención de transeúntes y ocupantes que circulan por la av. 9 de Octubre y Pichincha, en el centro.

Algunos, atraídos y complacidos por la melodía, colocan unas monedas en un tarro blanco que mantiene en el piso, mientras otros pasan ignorando el escenario.

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Luisana Bohórquez, la ‘doctora de los carros’ de Las Orquídeas

Cada mañana y tarde, este hombre guayaquileño, que no tiene el ojo izquierdo y lo cubre con un parche, se presenta con la quena o flauta. Con esta actividad, el hombre espera conseguir dinero que le sirva para el sustento diario de él y de su perrita Duquesa, su compañía.

En ese sitio, a diario, él suele inspirarse para tocar canciones de tipo folclórico, rockola y pasillos.

En su niñez, el hombre aprendió a tocar estos instrumentos musicales mientras estaba ingresado en un internado por la falta de recursos de su madre. Ahí cultivó el amor al arte, que hoy lo sostiene por encontrar un sustento y razón de vida.

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“Ahora lo hago para la comida y a la vez me entretengo, porque una mente desocupada es como un tarro de basura, en cambio, la mente está motivada por la música”, explicó y resaltó que desde la administración municipal anterior se brinde la oportunidad de exponer arte en las calles.

Además, con su ejemplo, él comentó que busca motivar a los niños y jóvenes para que aprendan a tocar un instrumento y evitar el acercamiento a malas compañías.

Guillermo Hidalgo se ubica a diario en la av. 9 de Octubre. Foto: José Beltrán

“Que se abran más espacios donde se enseñe el arte a los jóvenes, que son la columna vertebral de un país”, pidió.

Hidalgo prefiere no ahondar en detalles sobre el parche del ojo izquierdo. Brevemente, él contó que lo lleva desde que perdió el ojo con una esquirla mientras participaba en el conflicto del Cenepa, en 1995. La añoranza de ese episodio aún le causa dolor. “Eso me pone melancólico”, expuso.

Luis Bonoso, el saxofonista guayaquileño que se inspira con la brisa que viene del río Guayas

Hoy, en su salud, él enfrenta una batalla nueva por no perder totalmente la vista, puesto que en el ojo derecho se le ha desarrollado una catarata y además tiene glaucoma que le impide observar con claridad. Todo objeto lo ve con una sombra negra y tiene que acercarlo para verlo bien.

De esas complicaciones de salud no puede operarse por medio de médico privado, pues cuesta $ 1.500 la cirugía y no tiene seguro público. Por ahora, su esperanza está puesta en la ayuda social y lo poco que recauda en sus presentaciones en la calle. “Si alguna institución se siente motivada a ayudarme bienvenido sea, gracias a Dios”, dijo.

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Con su labor diaria en las calles, el panorama es complicado para él. Con el ingreso diario $ 5 a $ 10 que recolecta en sus presentaciones apenas puede ayudarse con compras de artículos básicos y para sus medicinas para paliar un poco los malestares.

En sus presentaciones, él detalló que mucha gente valora su habilidad y destreza con los instrumentos. Incluso, varios jóvenes de la Universidad de las Artes lo han entrevistado y tomado en cuenta para tesis de grado de universidad.

Él dijo que espera que en la urbe se abran más espacios dedicados al arte, poder enseñar y transmitir lo aprendido para futuras generaciones de jóvenes y niños.

Al llegar la noche, él se retira a pie hasta la calle Tungurahua y 9 de Octubre, donde toma un bus hasta su hogar en el suburbio de la urbe. Ahí se reencuentra con su perrita adorada Duquesa.

“Esto me inspira (tocar el instrumento) para olvidarme de los malos recuerdos”, remarcó.

Pese a su avanzada edad, él dice sentirse vigoroso, aunque debido a sus condiciones de la vista se le dificulta conseguir un trabajo. Por ello, él contó que espera seguir en esa actividad musical hasta que Dios se lo permita o en el mejor de los casos, cuando tenga una nueva oportunidad laboral a lo que se recupere de salud. (I)