La palabra que define el día a día de Lila Velásquez es guerrear. Desde que llegó a Guayaquil a los 11 años, de su natal Pichincha (Manabí), ese fue su norte, y a sus 58 años es lo que se repite a diario al salir a trabajar a la calle.
La comerciante saltó al ojo público en los últimos días tras viralizarse un video en el que se observaba a agentes de control municipal ejecutar un mal procedimiento y retirarle su mercadería en las calles Chile y Olmedo. El incidente ocurrió el 14 de enero, y el 19 ya le devolvieron las prendas que le habían retirado.
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Velásquez lleva más de veinte años como comerciante informal. La época en la que llegó como vendedora al sector de la Bahía fue durante la administración del alcalde León Febres-Cordero.
La esquina de Chile y Olmedo se convirtió en su ‘local’ itinerante desde hace tres años. Antes recorría otras zonas del centro, hasta 2021, cuando fue retirada del espacio en el que se mantuvo por varios años.
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Durante las dos décadas que lleva como informal, dice que ha vivido pesares, pero también ha adquirido experiencias que le han formado el carácter. Lo más difícil de la calle es desalojar sitios cuando lo piden los agentes y regresar a casa con ventas en cero.
“Me la sigo jugando, porque este es mi punto de trabajo. Esto es lo que yo tengo para solventar mis necesidades. No me arrepiento y no creo que me arrepentiré de trabajar honradamente”, dice Velásquez.
Antes de ser comerciante, fue niñera a los 14 años, lavó ropa ajena para obtener recursos y años después empezó a trabajar en turnos nocturnos en empacadoras. Este último trabajo fue el que tuvo antes de saltar a la calle a vender productos.
En las noches trabajaba porque en el día se encargaba de cocinar y atender a sus hijos. Lila tiene tres hijos. Dos de ellos viven con ella en Las Malvinas, sur de Guayaquil. Una hija padece lupus.
No terminó el colegio, pero desde joven trabajó para no “quedarse quieta y esperar que las cosas le lleguen”. Con lo que reunió de sus trabajos logró financiar la casa en la que vive hasta ahora.
El centro fue la vitrina para generar ingresos de forma sencilla, aunque cansada. Una amiga fue la que le aconsejó lanzarse a la Bahía a vender artículos pequeños. Ella recuerda que el primer producto que vendió fueron tiras para sostenes; luego apostó por vender recargas telefónicas, hasta que empezó a comprar de a poco blusas y conjuntos.
En ese entonces caminaba por toda la Bahía con una mochila en la espalda o con tubos metálicos en los que colgaba las prendas que vendía. Salía desde el mercado Central, en donde almacenaba la mercadería, hasta la calle Olmedo.
Años después optó por comprar una carreta para colocar allí las maletas con los productos y movilizarse más rápido, a pie, desde el mercado. Esa rutina la mantiene hasta ahora, pues su día empieza a las 05:00 o 06:00, cuando se levanta a cocinar para su nieta y avanzar lo de la merienda antes de alistarse para llegar al centro.
En bus sale desde su casa hasta el mercado. A diario busca usar ropa cómoda, zapatos deportivos y mantenerse activa hablando con clientes o con los que llama sus ‘vecinos’, que son los trabajadores de locales formales que están sobre la calle Olmedo o comerciantes autónomos, como ella.
Lila no se ha limitado solo a la venta de ropa. En la temporada escolar adquiere útiles y se coloca en los alrededores del mercado Central; y en navidad, añade bisutería a los artículos que ofrece.
Con lo que reúne a diario solventa el pago de su seguro y adquiere sus medicinas para las tres afecciones que padece: diabetes, nódulos en la tiroides y una desviación en la columna. Para las dos primeras toma pastillas a diario.
“Mientras Dios me lo permita, yo seguiré ‘guerreando’, pero yo no me veo en mi casa, no me veo esperando que mis hijos me den todo y depender de ellos”, subraya Velásquez, quien asegura que seguirá “luchando, porque de eso se trata la vida, de seguir luchando”.
Lila Velásquez ha participado en las ferias ciudadanas que organiza el Municipio y, en algún momento, en el año 2021, alquiló un módulo en las Cuatro Manzanas. Sin embargo, asegura que las ventas no se daban y abandonó.
Para ella, el centro “es el lugar para jugársela y guerrear”. Por ello, manifiesta que sería ideal que se habiliten áreas con afluencia de personas para que los autónomos puedan ubicarse a vender sus productos, pero no en zonas alejadas.
“En la calle he llorado, he llorado bastante al ver injusticias, pero también en la calle he guerreado, he luchado y me la he ganado, y así lo haré hasta que Dios me lo permita”. (I)