A la altura del mercado de Sauces 9, el sol ya marcaba el ritmo de la mañana. Osvaldo Mora abrió el paraguas que llevaba en la mano derecha para cubrirse junto con su madre, Vicenta Solís, de 80 años.

Con una mano sostenía la sombrilla y con la otra empujaba la silla de ruedas en la que ella avanzaba entre los fieles.

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La fe que une generaciones

La escena resume una historia de fe que atraviesa generaciones. Osvaldo tiene 46 años y desde hace tres participa en la procesión del norte.

Antes acudía al Cristo del Consuelo, tradición que conoció por su padre.

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El cambio se dio por cercanía. “Ahora, con mi madre en silla de ruedas, esta procesión me queda más cómoda. Ya no puedo trasladarme hasta el sur y aquí estoy bien”, explicó.

Orígenes de una devoción

Su primer recuerdo de Viernes Santo está ligado precisamente al Cristo del Consuelo. Su padre asistía cada año, pero falleció cuando él era niño.

Fue en la adolescencia cuando decidió continuar con esa práctica. “Tendría unos 15 años cuando empecé a ir por mi cuenta, después de que mi padre murió“, recordó.

Sin embargo, fue su madre quien consolidó en él la práctica religiosa. “Ella me transmitió la fe de mis padres. Ese legado de devoción es lo que vivo ahora", afirmó.

Para Osvaldo, la enseñanza ha sido constante: “Mi madre, aun siendo adulta mayor, me sigue inculcando lo que aprendió de sus abuelos y de sus padres: guardar el Viernes Santo con respeto y devoción, contemplar a Cristo en la cruz y su sacrificio por nosotros”.

El esfuerzo de la fe compartida

Cada año repiten el mismo gesto: él la acompaña, ella lo guía espiritualmente. “Siempre venimos con fe. Tratamos de vivir este día como ella me enseñó desde que yo era joven”, sostuvo.

Empujar la silla no es sencillo. El calor, la multitud y el trayecto suponen un esfuerzo físico. Aun así, no lo asume como una carga.

“Es duro hacerlo en medio del clima, pero estar aquí es nuestra forma de acompañar el sacrificio de Cristo. Este día es para eso: para acompañar su dolor y recordar lo que hizo por nosotros”, expresó.

La perspectiva de Vicenta

A su lado, Vicenta Solís observa el paso de la cruz con serenidad. Participa en procesiones desde joven.

“Desde muchacha iba a la procesión”, comentó. Creció en una familia religiosa que le inculcó el respeto por la Semana Santa.

“Mi familia me enseñó desde pequeña que estos días son para respetar, portarse bien y no hacer cosas malas. La familia de mi padre fue la que me instruyó. No faltaba a misa”, manifestó.

Hoy vive la experiencia junto con su hijo, lo que le produce tranquilidad.

“Estoy feliz de estar con mi hijo, que todavía me trae”, expresó.

Para ella, participar en la romería es una forma de mantenerse firme en sus creencias. “Estoy tranquila. Cada día me voy sintiendo mejor”, señaló.

Su mayor deseo es sencillo y profundo a la vez: “Orar y estar bien con todos mis hijos y mi familia”.

Detalles de la procesión del norte

La procesión del norte arrancó a las 07:00 desde la iglesia de Nuestra Señora de la Alborada.

A lo largo del trayecto se desarrollaron las catorce estaciones, que representan el camino de Cristo hacia la cruz.

Durante el recorrido, los fieles se turnaban para cargar la cruz del Cristo de Nuestra Señora de la Alborada, mientras más personas se sumaban a la caminata y otras aguardaban su paso desde las veredas.

La seguridad estuvo a cargo de uniformados de la Policía Nacional, que realizaron patrullajes en motocicletas. Personal de tránsito ejecutó cierres viales para facilitar el avance de la romería; se desplegaron cuatro motocicletas y un patrullero.

El trayecto culminó en la iglesia San Miguel Arcángel, en Sauces 1. Entre oraciones y cantos, Osvaldo y Vicenta completaron una vez más el recorrido. (I)