Ariana López pensó en su camino profesional como psicóloga clínica se había trazado apenas salió de la universidad. Era 2017 y, tal como lo había imaginado en su época universitaria, su primer trabajo fue rodeada de niños, sentada en el piso entre legos y crayolas.
Empezó en una pequeña escuela en Guayaquil y luego migró, laboralmente, a otras instituciones que le abrieron las puertas para trabajar también con menores.
Sin embargo, el encuentro con un grupo de adultos mayores en un club tras completar su etapa con los niños terminó redefiniendo su vocación.
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Aceptó el reto en 2019 sin imaginar que esa experiencia marcaría su carrera. “Tuve la oportunidad de trabajar en un centro para adultos mayores y me enamoré. Dije: ‘De aquí soy, de aquí no salgo’”, mencionó.
Ariana gestó desde ese año su espacio denominado Tercera Vida que, finalmente, se cristalizó en 2025. La idea surgió antes de empezar su masterado y tener su especialización en psicogerontología, un campo dedicado al trabajo psicológico con personas mayores.
Haciendo su trabajo ‘de hormiga’, como lo denomina, se insertó en un nicho que considera poco trabajado en la ciudad. A López la motivó mucho la falta de profesionales para trabajar con el adulto mayor.
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Su trabajo individualizado con este grupo etario le permitió ver que son personas con identidad, más allá de encasillarlos en que vuelven a ser ‘niños’ en la edad adulta.
“Es una población a la cual, lamentablemente, se la deja mucho de lado, se la tiene muy olvidada”, manifestó.
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En 2020, cuando el mundo se paralizó durante varios meses por la pandemia, logró especializarse en psicogerontología en el exterior. Desde el inicio tenía claro que regresaría al país y aportaría a la comunidad.
Antes de empezar la universidad siempre tuvo entre sus objetivos estudiar algo que aporte y construya. Descartó Medicina y se inclinó por Psicología. En su familia es la última de tres hermanos, todos con especializaciones diferentes.
Ariana empezó a moverse como psicóloga con atenciones a domicilio y poco a poco fue moldeando el proyecto de Tercera Vida, que hoy reúne a una comunidad que va en ascenso y que ha sido empujada por las redes sociales. El alcance que ha tenido en el último año la tomó por sorpresa.
“No me imaginé la acogida que tuvo Tercera Vida”, dijo la psicóloga, quien asegura que el ‘boca a boca’ impulsó que más personas conozcan su trabajo.
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“¿Y por qué Tercera Vida?”, la psicóloga explicó que al idear su proyecto pensó en que cuando se habla de adultos mayores se llega al término de ‘tercera edad’. “Se habla de una primera, de una segunda y decidí poner la tercera vida, porque al final de cuentas sea la primera, la segunda o la tercera, es vida”, subrayó.
Hoy su consulta, sus visitas a domicilio y su presencia en redes sociales giran alrededor de ese grupo.
En su día a día divide sus funciones entre su trabajo de consultorio, las citas en casa y su participación en un club de adultos mayores en Urdesa. También ocupa su tiempo como voluntaria en la fundación Ayuda para Enfermos Incurables (AEI).
En cada sesión el aprendizaje es mutuo. Semanalmente puede llegar a unas 40 familias de diferentes sectores de la urbe.
“Yo aprendo de ellos. Es impresionante la cantidad de cosas que sé hoy en día gracias a ellos. Siempre tienen algo que aportar”, comentó.
En redes sociales suele compartir fragmentos de actividades con pacientes, como bailes, ejercicios y dinámicas grupales. Pero aclara que su intención no es mostrar solo una imagen optimista.
“Hay que tener muchísimo cuidado, no hay que romantizarlo. También hay otras cosas, hay pérdidas, hay duelos, aparecen enfermedades, diagnósticos a esta edad”, citó.
Para ella, el objetivo es mostrar la realidad completa, pues entre sus pacientes del espacio -que en su mayoría son personas de 65 años o más- hay quienes sufren diferentes tipos de demencias que requieren rehabilitación cognitiva, otros necesitan estimulación, atención psicológica. Cada persona es un mundo diferente.
Para Ariana trabajar con adultos mayores también implica romper barreras culturales y el estigma de la edad. Entre sus pacientes suele haber asombro al conocer que tiene 32 años y tratar por primera vez con ella.
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Su aspiración ahora es ampliar la red de profesionales especializados en este campo y mantener la energía que sus pacientes valoran en sus actividades.
Mientras tanto, continúa con su trabajo cotidiano: consultas, talleres, conversaciones largas con quienes llegan con décadas de historias. En el fondo su objetivo es simple.
“Yo esperaría que en algún momento se cambie esta mirada hacia el envejecimiento. Todos vamos para allá y el trabajo que hago es pensando en un futuro en donde yo pueda tener facilidades y también tenga esa energía con la que veo a algunos pacientes para atravesar momentos difíciles de la mejor forma”, concluyó. (I)







