Se levanta imponente y quienes llegan hasta él alcanzan el punto más alto en el cerro Santa Ana, desde donde el visitante tiene una de las panorámicas privilegiadas de la ciudad: la majestuosidad del río Guayas acompañada del ajetreo en las calles céntricas de la urbe.

El faro de Guayaquil es uno de los íconos turísticos del Puerto Principal que el 9 de octubre cumplirá el bicentenario de su independencia, dándose formas para superar la pandemia del coronavirus, cuyos niveles de contagio han bajado considerablemente.

Construido en el 2002, este emblema de la urbe tiene 18,75 metros de altura y se asienta a una cota de 85,90 metros sobre el nivel del mar. Para llegar al faro, los visitantes deben subir los 444 escalones del cerro en el que, según la historia, nació la Perla del Pacífico.

Iglesia Santo Domingo de Guzmán, el primer centro de fe guayaquileño

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Holbach Muñetón, presidente de la Federación de Cámaras de Turismo del Ecuador, mencionó que el faro actual reemplazó al que en 1841 estaba ubicado en la isla Santa Clara, más conocida como isla del Muerto, a la salida del golfo.

Él cree que si bien es un atractivo turístico, las autoridades involucradas deben analizar qué medidas se pueden implementar para fortalecer la seguridad en el cerro, para que el sitio sea más visitado.

Es uno de los referentes del que los turistas locales y extranjeros se llevan fotos y videos, tanto en el día como en la noche. Pero la seguridad siempre ha sido un punto débil. Se han registrado robos a toda hora pese a la presencia de guardias privados que hay allí.

“Quizás en estos momentos hablar de un punto que pare ahí la Aerovía o que haya algo mecánico que lleve a la gente allá arriba para que sea más visitado a lo mejor es absurdo en este momento. Pero sería bueno dejarlo como una idea para que sea un punto al que la gente pueda concurrir en mayor cantidad a ese lugar y pueda disfrutar de la vista de un gran Guayaquil, que va creciendo pujante, luchador, que no se doblega”, expresó él.

Actualmente el faro de la ciudad tiene los colores celeste y blanco de la bandera guayaquileña. Debido a la pandemia del coronavirus, las visitas a este y otros espacios públicos están aún restringidas.

No hubo faro en el cerro

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Eduardo Estrada, investigador y autor de obras históricas, señala que nunca existió un faro sobre el cerro Santa Ana, que ese fue construido con fines decorativos y por tanto no tiene una funcionalidad en el quehacer marítimo. El faro, explica, sirve para identificar un punto específico, para que los buques se orienten, sea en la noche o en el día.

“Los faros tienen distintos tipos de luces y señales que le dicen al marino dónde está, Guayaquil nunca necesitó ese tipo de identificación porque la luz de la ciudad la identificaba (…); cuando se lo hizo fue con fines turísticos y decorativos”, relata el investigador.

Estrada recuerda que en algunos momentos de la historia en el cerro sí hubo estaciones telegráficas, estaciones de radio, puntos de observación, cañones para defender la ciudad si fuera necesario. “Pero iluminación para identificar la ciudad, nunca. Nunca existió ahí un faro”, remarca él.

Cuenta que en alguna ocasión, cuando se instaló la luz en el faro sin coordinar con la Aviación Civil, se creó cierto conflicto porque iluminaba más que el mismo dispositivo que se colocó en la nueva torre de control del aeropuerto que da hacia la avenida Juan Tanca Marengo.

Por eso, agrega Estrada, durante un tiempo el faro del cerro Santa Ana permaneció apagado hasta que se hicieron las notificaciones respectivas.

Atractivo

Quienes hasta antes de la pandemia disfrutaban de navegar por el río Guayas en buques turísticos como el Morgan se deleitaban con la iluminación que el faro proyecta.

Para muchos, la luz del faro de Guayaquil representa una especie de guía, un distintivo de la ciudad útil para que los ciudadanos se identifiquen más con su historia, sus valores y se refuerce así el sentimiento de amor por la Perla del Pacífico que está próxima al bicentenario de la libertad. (I)