El portaaviones de clase Gerald R. Ford, con un costo aproximado de 13.000 millones de dólares por unidad, simboliza una apuesta estratégica de alto riesgo para mantener el dominio naval de Estados Unidos. Pese a las críticas que ha enfrentado el programa por sus sobrecostos y retrasos, sigue siendo el pilar central del futuro poder marítimo estadounidense y la única opción realista para sostener la supremacía global en los océanos.

De acuerdo al portal 1945, este portaaviones fue diseñado para reemplazar a los envejecidos clase Nimitz, con más de medio siglo en servicio, por lo que prometía mejoras graduales en eficiencia operativa generación de misiones y capacidad energética. Pero la incorporación simultánea de múltiples tecnologías nuevas —especialmente el sistema electromagnético de lanzamiento de aeronaves (EMALS) y el avanzado sistema de detención (AAG)— complicó su desarrollo, provocando fallas técnicas y elevando significativamente los costos del programa.

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Foto: U.S. Navy @USNavy

Capacidades de la clase Ford

Pese a los obstáculos, la clase Ford ofrece capacidades que refuerzan su relevancia estratégica, por ejemplo, cuenta con mayor generación eléctrica, una cubierta optimizada y potencial para sostener un ritmo superior de salidas aéreas. Además, fue concebido para operar el F-35C y futuras aeronaves no tripuladas durante una vida útil estimada de 50 años.

Las alternativas propuestas —portaaviones más pequeños, buques arsenal, aviación basada en tierra o enjambres de drones— no logran igualar la combinación de presencia permanente, densidad de fuego y valor político que aporta un superportaaviones.

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Las unidades más pequeñas carecen de la capacidad operativa requerida para compromisos globales, mientras que los sistemas no tripulados aún dependen del soporte, los sensores y la infraestructura que ofrece un gran portaaviones.

En este sentido, el poder aéreo basado en tierra presenta limitaciones logísticas y políticas, ya que depende del acceso a países anfitriones y es más vulnerable a ataques con misiles. En contraste, un superportaaviones funciona como una base aérea móvil y flexible, capaz de desplegarse sin depender de permisos externos. Esta autonomía operativa refuerza su valor estratégico en escenarios de crisis.

Con más de 120.000 millones de dólares invertidos en el programa, infraestructura y cadena industrial, abandonar la clase Ford generaría un vacío en la estructura naval estadounidense.

(I)

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