La Marina Real británica cuenta con dos portaaviones de la clase Queen Elizabeth que representan una notable capacidad de proyección global, en este sentido, su despliegue prolongado en 2025 y encabezado por el HMS Prince of Wales, demostró su valor táctico, diplomático y de cohesión aliada, recorriendo decenas de miles de millas y operando aviones de quinta generación junto a socios internacionales.

De acuerdo a 1945, ese éxito exterior contrasta con las necesidades estratégicas más urgentes del Reino Unido, que no se encuentran en escenarios lejanos sino en su entorno marítimo inmediato.

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Portaaviones Queen Elizabeth | Foto: Cortesía X @Jim49516

La paradoja del portaaviones clase Queen Elizabeth

El Atlántico Norte y las aguas europeas han recuperado centralidad como espacios clave para la seguridad británica y de la OTAN, pero, en estos escenarios, el factor decisivo no es la visibilidad política de un portaaviones, sino la capacidad sostenida de control marítimo y defensa antisubmarina frente a actividades rusas persistentes, pues se trata de una competencia de resistencia, vigilancia continua y disponibilidad operativa, donde los grandes portaaviones aportan solo un valor complementario y no sustituyen a escoltas, submarinos y patrullas marítimas.

Esta divergencia entre diseño y necesidad revela una paradoja estratégica: Londres ha invertido en una herramienta optimizada para despliegues globales elegidos, justo cuando su principal desafío exige presencia constante en mares cercanos.

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El ritmo impuesto por el Atlántico Norte no se adapta a ventanas políticas ni a misiones discrecionales, sino que demanda una flota capaz de operar sin interrupciones, algo que pone bajo presión a una Armada con recursos limitados.

El problema se agrava al considerar que un portaaviones depende de todo un grupo de escolta para ser viable, y es que las limitaciones de mantenimiento y personal reducen esa capacidad de acompañamiento: a comienzos de 2026, solo la mitad de los destructores Tipo 45 estaban operativos, una señal clara de la dificultad para generar y sostener la pantalla defensiva necesaria incluso en tiempos de paz.

A esto se suma la restricción del ala aérea: el F-35B es un sistema avanzado, pero su número limitado obliga a repartirlo entre operaciones embarcadas, entrenamiento y misiones en tierra.

En conjunto, los portaaviones de la clase Queen Elizabeth ofrecen un alto valor dentro de marcos de coalición, donde su potencia se amplifica con apoyo aliado, especialmente estadounidense; sin embargo, su costo nacional plantea un dilema: mientras aportan prestigio y flexibilidad global, absorben recursos críticos que podrían reforzar misiones nacionales más constantes, como la protección de infraestructuras submarinas y las rutas del Atlántico Norte.

(I)

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