En 1988, cuando Ecuador aún no tenía historia mundialista y acumulaba frustraciones deportivas, un técnico europeo aceptó un reto que pocos habrían tomado: transformar a una selección resignada en un equipo competitivo. Su nombre, Dušan Drašković, se convertiría en el punto de partida del cambio más profundo en el fútbol ecuatoriano.