París era una de las pocas grandes capitales del mundo sin un estadio de fútbol que hiciera honor a su magnificencia. La organización del Mundial ’98 fue la excusa para edificar el majestuoso Stade de France, escenario acorde a la grandeza de una nación que es al mismo tiempo poderosa y exquisita, Tiene la imponencia de la Tour Eiffel y el charme de Champs Elysees. Hasta ese momento, sin duda, el más grande, confortable y hermoso del mundo. El detalle diferente: íntegramente techado, desde afuera semeja a un plato volador.
Allí, el 12 de julio, en el suburbio de Saint Denis, 80.000 aficionados pusieron marco a la mayor demostración de fútbol champán. Francia aplastó a Brasil en la final 3 a 0 y abrazó por primera vez la gloria de esa copa ingeniada por uno de sus hijos ilustres, Jules Rimet. Era un medio que, a partir de Michel Platini y una generación estupenda, había empezado a dar pruebas de excelencia, a procrear brillantes futbolistas y en “su” Copa de 1998 finalmente coronó. Fue la Francia multicultural, compuesta por jugadores de las más diversas procedencias y orígenes (africanos, caribeños, europeos). Zidane hijo de argelinos, Thuram de la isla de Guadalupe, Djorkaeff y Boghossian con ancestros armenios, Trezeguet argentino de crianza y futbolísticamente, Desailly nacido en Ghana, Karembeu en Nueva Caledonia, Vieira en Senegal… Todo ese combo floreció en un producto fantásticamente ensamblado por Aimé Jacquet.

Cuatro días antes de comenzar el torneo daba comienzo la era Blatter. En Chicago 1994, durante el Congreso de la FIFA, João Havelange debió conjurar un alzamiento de África y Asia, que pretendían más derechos y participación. El brasileño, viendo que perdía la presidencia, prometió que, si lo votaban allí, daría más cupos a esos continentes y se alejaría en 1998. Cumplió: la Copa pasó de 24 a 32 equipos, África y Asia aumentaron sus plazas de tres a cinco y en París asumió su mano derecha, el suizo Joseph Blatter. Gobernaría durante 17 años.
Históricamente, Francia jugaba un fútbol vistoso, aunque sin grandes resultados, apenas el tercer puesto mundialista en Suecia 1958 gracias a la habilidad de Kopa y los goles de Fontaine. Ausente en los Mundiales de 1962, 1970 y 1974, en Argentina ’78 apareció una Francia nueva con una camada virtuosa, la de Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six. Era comandada por un magnífico entrenador, que propiciaba un fútbol técnico y ofensivo: Michel Hidalgo. Allí mostró destellos importantes, aunque no pasó de primera fase. Sin embargo, en 1982 desplegó un juego precioso y logró el cuarto puesto, aunque estaba para campeón. Fue el trampolín para su primer impacto internacional: la Eurocopa de 1984. Siempre conducido por Hidalgo y con un Platini fabuloso. Francia había entrado, por fin, en otra esfera de importancia. Pero pasarían catorce años hasta dar el golpe grande: ganar un Mundial. Fue en este 1998, de la mano del exquisito Zinedine Zidane y de un técnico de perfil bajo con capacidad alta: Aimé Jacquet.
La prensa francesa, siempre tan sabihonda, maltrató con obstinación al iluminado comandante. En el caso del fútbol, a veces las críticas, como señalara el mismo Jacquet, “son desmesuradas, perniciosas y deshonestas”. Jacquet lo decía básicamente por el diario “L’Equipe”, que lo persiguió despiadadamente durante cinco años, los que estuvo al frente de la Selección. Y en los 53 partidos que Jacquet dirigió, Francia perdió apenas 3, fue una máquina futbolística y se consagró campeón del mundo. Después pasó lo de siempre: “L’Equipe” hizo un mea culpa titulando “Perdón, Jacquet”, pero ya era tarde. Los periodistas pretendían saber de fútbol más que el técnico. Jacquet se retiró tras levantar la Copa.

Fue la consagración mundial de un jugador legendario: Zinedine Zidane. Crack universal, en la final el marsellés fue un demonio imparable para el mediocampo brasileño, el conductor y el arpón. Al término del primer tiempo ya había marcado dos goles de cabeza notables, en ambos casos anticipando al insípido Dunga. Thuram le siguió en orden de prestación. Clausuró su punta, subió como una topadora, transmitió su temple. Didier Deschamps fue un capitán inmenso, un líder templado que, además, hizo todo bien con la pelota. Extraordinario mariscal que luego sería campeón con Francia en Rusia 2018, ya como DT.
Llamó la atención que Jacquet, ante Brasil, decidiera dejar en la banca a dos delanteros exuberantes como Thierry Henry y David Trezeguet, pero tal vez desconfió de la edad: ambos tenían 20 años. Prefirió a Stephane Guivarc’h, discreto centrodelantero del Auxerre, de único punta, acompañado de tres volantes armadores de buen pie como Djorkaeff, Zidane y Petit. Pero los técnicos saben más que nadie de esto. Y le salió perfecto. Cuando un equipo entra al campo a disputar una final con tal grado de determinación y confianza, la más gruesa porción de mérito corresponde al comandante, no a los soldados.
Francia era, desde la óptica futbolera, una rareza: nación latina, de Europa occidental, vecina de los inventores del juego, rodeada por Italia y España, estuvo un siglo dando la espalda a la redonda, sentía más la ovalada del rugby, hasta que consiguió abrazarse a la Copa del Mundo y ahí entendió el porqué de la pasión que este juego genera. Más de dos millones de franceses, orgullosísimos, colapsaron Champs Elysées para emborracharse de gloria.
La coronación llegó de la manera soñada: con un equipo fantástico, que representó al fútbol francés que toda la vida intentó jugar bien, como mandan los manuales, y azotando en la final nada menos que a Brasil. Francia fue un campeón rotundo, ganó 6 partidos y empató uno, ante la siempre compacta Italia, la eterna amante del 0 a 0. La Tricolor marcó 15 goles y recibió apenas 2, uno de ellos de penal. Nunca un campeón encajó menos goles, y esos dos fueron convertidos por auténticos fenómenos: Michael Laudrup, de Dinamarca y Davor Suker, de Croacia. Fue producto, especialmente, de una defensa extraordinaria. Fabien Barthez, notable arquero del Mónaco, el sensacional lateral Lilian Thuram, Laurent Blanc, Marcel Desailly y el vasco Bixente Lizarazu en la banda izquierda. Como si su notable eficiencia y seriedad en la marca no bastaran, Thuram marcó los dos tantos franceses para dar vuelta la semifinal ante Croacia y ganar por 2 a 1.
A su vez, el elegante Laurent Blanc anotó el único gol ante el heroico Paraguay en octavos de final. Un gol dorado, porque sirvió para avanzar de fase ante un Paraguay macizo, luchador, que parecía invencible. Y porque fue la primera vez que en un Mundial se ponía en práctica el Gol de Oro. En tiempo extra, el que marcaba primero ganaba, allí terminaba el partido. En el minuto 113 Trezeguet le bajó magistralmente de cabeza una pelota al zaguero y este convirtió ante un Chilavert colosal. Fue el partido más terrible que debió sortear Francia.
Brasil, como siempre, plagado de figuras, no gustó por el juego conservador propuesto por Mario Zagallo. Contaba con Bebeto, Ronaldo, Rivaldo, Cafú, Aldair, Roberto Carlos, Leonardo...Sin embargo, jugó a la retranca, esperando, calculando, especulando, sacando cuentas.... Llegó a la final por inercia. Allí se encontró con una Francia potente y ambiciosa, que tomó la delantera y fue por el triunfo desde el momento mismo del silbatazo inicial. Francia entró en la historia como un grande. (O)
