No está la realidad de nuestro fútbol para descorchar una botella de champagne. Yo prefiero seguir hurgando en recuerdos gratos que despejan el aprecio a la historia y rebaten los prejuicios de ciertos ‘periodistillos’ hacia el pasado. Pasado que no conocen ni les interesa conocer, pero que no pierden ocasión para denostarlo. Se resisten a leer, peor a investigar viejos diarios y revistas o averiguar a los que saben, antes de emitir un criterio despectivo hacia un fútbol que no vieron o hacia un jugador del que conocen solo el nombre, pero lo pronuncian mal.

Un sujeto vociferante acostumbra a gritar que, en los antiguos sudamericanos, llamados hoy Copa América, solo cosechamos derrotas estrepitosas y que la época en que pasamos a ser “potencia mundial” comenzó con Bolillo Gómez. Esto lo lanzó pocos días antes que nuestra selección enfrentara a Argentina en la Copa de 2004. El 8 de julio Ecuador fue vapuleado en Chiclayo por los gauchos con un 6-1 que provocó la fuga de Gómez a su tierra y su renuncia vía fax, aunque Ecuafútbol olvidó pronto el bochorno y volvió a contratarlo con similares resultados.

Como ocurrió con todos los países de Sudamérica, a excepción de Uruguay, Argentina y Brasil, sus primeras apariciones en la Copa América no fueron auspiciosas. Recibieron algunas goleadas producto de su inexperiencia y la falta de organización de sus federaciones. En el caso de Ecuador recién apareció en la Copa América de 1939 en Lima. Una selección elegida al apuro, escaso control médico, viaje por tierra y falta de roce internacional produjeron una actuación menos que mediocre.

No faltó, eso sí, el reconocimiento de la crítica a la calidad de algunos jugadores. El zaguero central Eloy Ronquillo fue contratado meses después por Millonarios de Bogotá en el que dejó una huella exitosa. Alfonso Suárez y Marino Alcívar viajaron a La Habana fichados por Hispanoamérica. Vale aclarar que en esos años el fútbol cubano había adquirido mucha fuerza pues habían llegado a la isla grandes jugadores españoles exiliados a consecuencia de la Guerra Civil. Augusto Machocha Solís fue también fichado por el club cubano Juventud Asturiana.

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La selección mejoró en 1941 en Chile y Alfonso Suárez se quedó en Green Cross, club al que impresionó al ser elegido el mejor interior derecho del campeonato junto al legendario José Manuel Charro Moreno, de Argentina. Jorge Tolosano Laurido, zaguero, volante y delantero, fue incorporado por Colo Colo, pero volvió pocos meses después por incumplimiento del contrato por el equipo chileno. En 1942 ocurrió la peor actuación, hasta que llegó 1945 en que se produjo la reivindicación de nuestro balompié.

La noche mágica del ‘Maestrito’ Enrique Raymondi

El 31 de enero de ese año Ecuador enfrentó a Argentina, el país donde se jugaba -indiscutiblemente- el mejor fútbol del mundo. La Segunda Guerra Mundial y la suspensión de la Copa del Mundo impidió que la albiceleste se consagrara campeona universal. Solo basta escuchar los nombres de sus jugadores, muchos de los cuales ocupan altares en el Olimpo futbolero. Ese día, en el Estadio Nacional, ante 60.000 personas que no quisieron perderse el espectáculo de ver a auténticas estrellas como los argentinos, los favoritos alinearon con Fernando Bello; José Salomón, a quien apodaban Puente Roto porque nadie lo podía pasar, y Rodolfo de Zorzi; Carlos Sosa, Ángel Perucca, y Bartolomé Colombo. En la delantera jugaban Mario Atómico Boyé, Vicente de la Mata, René Pontoni, Rinaldo Martino y Manuel Pelegrina.

Ningún temblor produjo esos nombres en nuestros muchachos de entonces. Ecuador alineó a Napoleón Medina; Jorge Chompi Enríques, ya consagrado en el fútbol chileno, y Félix Leyton Zurita (Pancho Villagómez; Luis Antonio Mendoza, Enrique Moscovita Álvarez y Eloy Mejía; José Luis Mendoza, José María Chivo Jiménez, Enrique Maestro Raymondi, Víctor Aguayo y Pedro Acevedo.

Publicación de la revista chilena 'Estadio' sobre el duelo entre Argentina y Ecuador en 1945. Foto: Archivo

Lo que se suponía iba a ser un fácil triunfo de los cracks argentinos se convirtió en angustia para los dirigidos por Guillermo Stabile. Se adelantaron con goles de Pontoni y De la Mata, pero no contaban con la reacción de nuestros jugadores que, con entusiasmo, coraje y técnica, igualaron las cifras con dos goles del riobambeño Aguayo. El gran despliegue causó estragos en el físico de nuestros compatriotas. El ingreso en los últimos 15 minutos del gran Norberto Tucho Méndez y el agotamiento de la defensa tricolor permitió que Martino y Pelegrina anotaran cuando faltaba poco para que se produjera un asombroso empate.

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‘Un momento de angustia para Argentina’, tituló la prestigiosa revista chilena Estadio, y como subtítulo puso: “Gracias a un esfuerzo admirable, el team ecuatoriano equilibró la superior técnica de los trasandinos. En el mejor match del torneo, Argentina ganó por 4 a 2″. En la nota opinaba: “Tal significó la porfiada resistencia que encontró ante Ecuador, que en ningún momento dio el asunto por perdido, ya que a la indudable superioridad técnica del rival puso como su mejor argumento una voluntad y un entusiasmo realmente admirables, que el público supo premiar en simpático gesto (…) Y esto mismo se puso más en relieve cuando, colocadas las cifras dos a cero, sorpresivamente Ecuador se colocó en igualdad y llegó a vislumbrar la victoria en la vacilante defensa argentina. No obstante, o porque la realidad de los hechos era demasiado cruda, o porque la calidad de los defensores argentinos tenía finalmente que imponerse, el hecho es que para anotar los dos goles siguientes que le dieron la victoria, hubo de exhibir el team argentino recursos que hasta ese momento no había empleado. El sorpresivo gol de Martino y el furibundo shot de Pelegrina habían venido a poner en la partitura ese signo que no habían sabido encontrar en los primeros 45 minutos: el shot al gol”.

En otra nota hecha a José María Jiménez, Estadio deja constancia que “entre los mejores trofeos que puedan llevarse los ecuatorianos al término del campeonato estará el recuerdo de esa noche en nuestro Estadio Nacional, en que sesenta mil gargantas enronquecieron de gritar “¡Ecuador! ¡Ecuador!”. El joven capitán se emociona al revivir aquellos ' instantes y piensa que es una lástima que hayan sido tan pocos los que oyeron el impresionante vocerío de estímulo. — Ese griterío -dice-- debieron oírlo en Ecuador entero”.

Fue una gran jornada del fútbol ecuatoriano ante la selección más poderosa del mundo. La mayoría de nuestros jugadores se habían formado y seguían actuando en canchas de tierra. No conocían lo que era jugar en el césped. Habían viajado por barco, entrenando en la popa del navío, no tenían sueldos ni viáticos pues nuestro fútbol era amateur mientras sus rivales eran profesionales, algunos de ellos ya enriquecidos en su carrera deportiva, y habían participado en Juegos Olímpicos.

Luego del torneo Moscovita Álvarez se fue a Lanús de Argentina; Chompi Enríquez pasó de Green Cross al Audax Italiano de Chile en el fichaje más caro de la época; los Mellizos Luis Antonio y José Luis fueron llevados a Millonarios de Colombia y Víctor Aguayo recaló en Santa Fe de Bogotá.

¿Habrán investigado esto los enemigos de la historia? (O)