Los que hemos transitado un largo camino con el sueño mundialista a cuestas no podemos olvidar todo lo que quedó sepultado entre fracasos e injusticias. Sufrimos desde el primer día hasta que llegó aquel Mundial 2002, que nos abrió las puertas a la gran fiesta universal. Cuando hablo de injusticias debo empezar por 1930: Ecuador pudo estar presente en la primera Copa del Mundo, que se celebró en Uruguay.

Cuando la FIFA asignó la sede, los europeos miraron la decisión con disgusto y decidieron boicotearla. Ellos querían que fuera en Francia, pero Jules Rimet y sus compañeros resolvieron premiar a Uruguay, ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Ante la posibilidad de un fracaso, los dirigentes charrúas decidieron invitar a varios países, entre ellos Ecuador. La Federación Deportiva Nacional del Ecuador (Fedenador) aceptó el convite y pidió apoyo al Gobierno central, que prometió asistencia financiera y luego se retractó cuando los seleccionados habían empezado a entrenar bajo la dirección del técnico inglés William J. Tear.

En 1950, nuestro país se inscribió para participar en las eliminatorias y conformó una preselección, cuya preparación fue encargada al argentino Gregorio Esperón. La FIFA propuso una forma de eliminación entre Ecuador, Perú y una nación a señalar, pero luego cambió de opinión: decidió que ecuatorianos y peruanos debían eliminarse a partido único con sede en Lima. Fedenador reclamó; la FIFA no dio marcha atrás y el país resolvió abstenerse de participar.

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En 1960 lo intentamos otra vez con una selección dirigida por el charrúa Juan López, que había conducido a Uruguay a ganar la corona mundial en 1950. La FIFA nos hizo pagar el derecho de piso: debíamos dilucidar el cupo jugando ante Argentina, un rival considerado entre los mejores del mundo. Como es de suponer, perdimos los dos partidos y la oportunidad.

Para la Copa del Mundo de 1966, en Inglaterra, con apenas un mes de anticipación armamos nuestra selección. En aquella época, el total de participantes en la cita máxima era de solo 16. Todo se resolvía en un grupo de tres países y cuatro partidos (hoy, con el sistema de todos contra todos, un cupo se pelea en 18 fechas). En 30 días se decidía todo. Ecuador, al mando del uruguayo José María Rodríguez, no tuvo ningún partido de preparación (para el Mundial 2014, por ejemplo, el combinado nacional jugó quince amistosos antes de la eliminatoria).

Siempre recordaremos con veneración a esos jugadores que constituyeron una de las mejores generaciones de la historia; algunos convertidos en leyendas, como Pablo Ansaldo, Vicente Lecaro, Luciano Macías, Jorge Bolaños, Washington Muñoz, Clímaco Cañarte y Alberto Spencer, único seleccionado que jugaba en el extranjero y era un goleador de fama universal. Estuvimos a punto de llegar a la Copa del Mundo, pero un arbitraje parcializado del brasileño Eunapio de Queiroz, en nuestra propia casa, nos privó de ese honor.

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Lo demás fue lo de siempre: grupos de tres países, cuatro partidos para resolver la ilusión, desorganización, convocatorias a última hora y técnicos, casi todos, mediocres (igual que hoy, pero algo se logra en 18 encuentros y tres años de competencia). Hasta que llegó el Mundial 2002 con un sistema de clasificación que cambió rumbo a Francia 1998: se jugaba un todos contra todos durante tres años.

La Selección de 2002 consiguió el boleto que no pudimos alcanzar durante 72 años. Todo era euforia en el país, hasta que el locuaz e histriónico técnico colombiano de nuestro combinado, el Bolillo Gómez, nos obligó a echar a la basura petardos y camaretas. Repito, en forma casi textual, sus palabras antes de embarcar a Seúl: “Que nadie crea que vamos a ganar. Nosotros vamos solo a aprender”. Teníamos 102 años jugando al fútbol y, en vez de ir a mostrar lo que sabíamos, íbamos a aprender. Creíamos cursar un masterado, pero Gómez nos hizo saber que no habíamos pasado del kínder.

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Los que estuvimos en Sapporo sabemos lo que ocurrió en el debut. Fuimos a defendernos ante Italia: Agustín Delgado, solitario ante una de las mejores defensas del mundo, la de Italia con Nesta, Cannavaro y Maldini. ¿Para echarnos atrás y mostrarnos temerosos e irresolutos fue que luchamos durante tantos años? Lo peor ocurrió ante México. Delgado marcó el primer gol ecuatoriano en la historia de los mundiales ante unos aztecas desconcertados y, en vez de encararlos para asegurar una victoria, el Bolillo salió a gesticular y gritar con desesperación: “Todos atrás”. México, con un solo hombre, Gerardo Torrado, copó el mediocampo para arrollarnos y vencernos.

Después le ganamos a Croacia en el estadio de Yokohama. Todos los periodistas compatriotas coincidimos esa noche (algunos han cambiado de postura) en que esa primera victoria en un Mundial se obtuvo gracias a la rebelión de los jugadores ante la cobardía táctica del entrenador colombiano.

La de 2006 fue, a mi juicio, la mejor de las actuaciones. El DT Luis Fernando Suárez abordó el desafío con valentía. Ecuador venció a Polonia y Costa Rica y cayó ante Alemania, pero superó la fase de grupos y llegó a los octavos de final, un logro que no ha podido repetirse. Todo cambió en el encuentro ante Inglaterra. A los pocos minutos, un disparo de Carlos Tenorio se estrelló en el travesaño inglés. Eso fue todo lo que hicimos. Sentimos el raro temor a ganarle a un gigante; no volvimos a intentar nada y llegó el tiro libre de Beckham, que sentenció nuestra eliminación.

Para 2014 volvimos a caer en manos de un técnico defensivista: el colombiano Reinaldo Rueda. Nos preparamos como nunca, pero caímos ante Suiza; superamos por la mínima a Honduras y empatamos con Francia en un encuentro lleno de sospechas de indisciplina, reclamos entre futbolistas por el reparto del dinero y poco interés por mostrar algo en el campo de juego.

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Para Qatar 2022 incurrimos otra vez en contratar a un entrenador timorato y asustadizo: Gustavo Alfaro. Vencimos al local en el debut y sorprendimos ante Países Bajos en uno de los mejores partidos de toda nuestra historia. El optimismo era mayúsculo ante la perspectiva de someter a Senegal, pero Alfaro decidió castigar al que se atreviera a intentar atacar; el único atrevido: Enner Valencia. Sin ánimo, con cara de derrotados, nos eliminó Senegal.

Hoy estamos otra vez en manos de un DT sin ambiciones, sin capacidad para intentar algo nuevo. Sebastián Beccacece muestra la bandera de una defensa que permite poco a sus adversarios, pero eso solo no sirve para jugar una Copa del Mundo. El mediocampo obstruye, pero no crea. No tiene ningún jugador inteligente para romper líneas ni gambetear para desarmar la retaguardia rival y eso hace que Enner Valencia —el mejor jugador de la Tricolor— aparezca más solo que Robinson Crusoe después del naufragio.

Roguemos para que el panorama cambie y aparezca en el mediocampo alguien que piense. No solo que pegue, interrumpa el juego y dé pases laterales o hacia atrás; y que Enner encuentre, alguna vez, esa habilitación que lo ponga ante el arquero rival para romper la red. (O)