En el recuento de mis siete décadas de ver fútbol, tarea a la que estoy dedicado con mucho placer y tiempo, he resucitado viejas historias y releído libros que estaban empolvados. Entre ellos, una colección en Word de las primeras 200 Anécdotas del domingo, aquella columna que creamos en 1990 con Otón Chávez Pazmiño para Diario EL UNIVERSO. Debo recuperar las restantes, pues esos relatos de historias del deporte se publicaron hasta 1998 y sueño con llevarlas a un libro algún día. Encontré en esas columnas datos que retratan lo que era el fútbol en esos tiempos.

Los equipos estaban integrados por futbolistas ‘profesionales’ que jugaban más por placer que por dinero. El balompié era para ellos más una forma de vida, una vía para hacerse conocidos y, si era posible, famosos. ¿Qué lograban con ello? Que algún empresario poderoso o algún político influyente les procurara un trabajo, pues los sueldos de los equipos no alcanzaban sino para pagar pocas cosas. Eran muy escasos los que pertenecían a familias pudientes, o eran solteros y vivían en el hogar familiar. Los demás debían trabajar. El gran goleador Sigifredo Chuchuca, arquitecto supremo de la idolatría de Barcelona, era inspector de mercados; el gran capitán del ídolo del Astillero Fausto Montalván era ayudante de una oficina de despachos de aduana; Simón Cañarte era oficinista de un banco; el gran Carmelo Galarza empezaba el aprendizaje de manejo de equipo caminero y llegó a ser jefe de ese departamento en el Municipio de Guayaquil cuando deslumbraba en el Patria de 1958 haciendo pareja con el argentino Oswaldo Sierra.

Imposible pensar hoy - cuando los presupuestos de los clubes se manejan en millones de dólares y que futbolistas que aún no debutan en primera llegan a los entrenamientos en autos de lujo -que en los tiempos del Capwell y del Modelo muchos de los cracks de verdad lo hacían en bicicleta. El primero que me dio esa sorpresa fue el siempre recordado Carlos Pacharaca Alume, gran jugador de una selección manabita que hizo historia en los campeonatos nacionales en la década de los años 40 y era dirigida por el entrenador uruguayo Ángel García Valente. Barcelona lo conquistó para llevarlo a sus filas en 1948. Era centrodelantero y se topó con Chuchuca, irremplazable y que, además, no se lesionaba nunca porque estaba hecho de mangle. Decidió emigrar a Colombia en el arranque de la fabulosa época de El Dorado, que juntó a varios de los mejores futbolistas del mundo. Lo fichó el Once Deportivo, de Manizales, fue siempre titular y permaneció allí hasta 1954, en que regresó a Barcelona.

orge ‘Chompi’ Henriques y Carlos Alume (d), figuras de antaño. Foto: Archivo

En Colombia Alume dejó de ser delantero y se transformó en volante. No impresionaba a nadie por su físico. Su fuerza estaba en su talento y en su capacidad para ir y venir los 90 minutos, colaborando con sus defensas y apoyando a sus delanteros. Formó una hermosa línea de volantes con César Veinte Mil Solórzano, con quien llegó a la Selección que participó en el Sudamericano de 1955 en Chile y contribuyó decisivamente a la conquista del primer título de Barcelona en la era profesional. En este tiempo, con los sueldos que se pagan, manejaría un Mercedes Benz, pero Alume llegaba al Capwell en bicicleta y la dejaba encargada en una tienda que había en la esquina noroeste de Pedro Moncayo y San Martín. Creo también que en los días que corren no hubiera llegado al estadio; lo habrían asaltado para robarle la bicicleta.

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No estoy en contra de que los futbolistas ganen lo suficiente para labrarse un futuro que los preserve de las angustias que vivieron algunos de sus antecesores. Lo que no acepto es que se destruya la economía de los clubes pagando sueldos europeos a jugadores de tercera, a extranjeros que nadie conoce en su tierra y a quienes se alargan contratos cuando están más para engreír nietos que para jugar 90 minutos. Fui testigo del fin miserable de muchos buenos futbolistas que murieron en las bancas de los parques, o que vagaban pidiendo ayuda mientras exudaban vahos alcohólicos. Nadie trató de conducirlos en sus vidas después del fútbol ni les tendió una mano para socorrerlos. Ojalá no ocurra nunca más.

Pese a todo ello, me quedo con los jugadores románticos, con los líricos, con los que dejaban el alma en la cancha, con los que ponían el corazón antes que la cartera. Me sigue gustando el fútbol que se acerca al arte; aquel de la gambeta inspirada y sorpresiva, del centro de la muerte y el cabezazo letal, el de los “pilotos de ataque”, el de arqueros voladores y seguros que atrapaban los balonazos en el aire, el de los punteros cabreadores como el Loco Balseca, el Mocho Rodríguez, Colectivo Spencer y Camberra Gando, y el de los números 10 que usaban una batuta para dirigir todos los movimientos del equipo y que en cada segundo agitaban su cerebro para inventar algo nuevo. Esos jugadores han desaparecido porque el fin principal de un equipo en la mente perversa de los técnicos de hoy es evitar que el rival les haga un gol.

Estafa al espectáculo

Después, si por el cada vez más escaso milagro de un pelotazo, el solitario delantero consigue vulnerar el arco rival, se celebra la victoria con bailes, abrazos y gritos. Para glorificar esa estafa al espectáculo está un periodismo ‘puertas adentro’ dócil, sumiso y bien tarifado. Contra esa escuela que en Europa llamaron “fútbol directo” surgió Pep Guardiola con un Fútbol Club Barcelona al que debió acompañar sus movimientos la Filarmónica de Londres.

En las Anécdotas del domingo hallé una simpática. El 20 de julio de 1958 jugaban Barcelona y Valdez. El ídolo no la pasaba bien esa temporada y cada vez daba más oportunidad a jóvenes jugadores para salvarse del descenso. Ese día entró en el segundo tiempo Julio Verdesoto, diminuto chiquillo al que habían incorporado al equipo. Julio nos contó hace años que llegó al Capwell en bus. Llevaba su equipo en una funda de las que vendían en el mercado. Lo pararon en la puerta. Nadie creía que ese muchachito era jugador de Barcelona. Afortunadamente llegaron Simón y Clímaco Cañarte y ellos aclararon el incidente.

Recordé este episodio porque en la desaparecida revista chilena Estadio de años atrás encontré algo curioso. Se trata de un diálogo entre un periodista y un exjugador. “Yo era crack del fútbol en otro tiempo, en el tiempo del fútbol con maletín”, relata el que fue jugador. “¿Con maletín?”, pregunta el periodista y su interlocutor responde: “Claro, cuando los jugadores íbamos al estadio con nuestra maletita, llevando nuestros zapatos, nuestras vendas, todo nuestro, comprado con nuestro dinero. Hoy van a la cancha como grandes señores, con su mejor traje y sin nada en las manos. Para eso están los utileros que lo tienen todo listo y que recogen todo cuando termina el partido. Me cuentan que hay algunos a los que los bañan y los secan los masajistas. Son duques del fútbol”. (O)