Los ingleses, inventores del tenis y de sus reglas, entre las que está jugarlo sobre césped, sembraron la semilla de este deporte en tierras lejanas como India y en territorios de Oceanía. Luego la práctica del tenis se expandió por toda Europa y en ese continente donde se comenzaron a probar otros tipos de superficies como la tierra batida –especialmente en países del sur europeo, en España, Italia y Francia–. Y por obvias razones aquello influyó para que en Sudamérica se instaure con la cancha ideal.

Los tenistas se dieron cuenta de que la arcilla permitía que la bola tome más efecto y los golpes cortos cerca de la net ganaban en precisión. Inventaron el golpe de fondo con top spin, que produce un rebote difícil de descifrar (de acuerdo al giro de la pelota sobre su propio eje, con más tiempo para golpear y utilizar el deslizamiento). En Ecuador la mayoría de jugadores se hicieron expertos en la arcilla como superficie matriz de su tenis.

Debo confesar que crecí conociendo las genialidades del argentino Guillermo Vilas, un verdadero maestro de la arcilla. El diario Clarín, de Buenos Aires lo denominó “El fundador”, porque a partir de 1974 cambió la historia del tenis de su país.

Sus triunfos convirtieron un deporte de pocos en un fenómeno popular y Vilas se transformó en uno de los ídolos más grande de todos los tiempos en Argentina. El periódico en mención lo describió así: “Vilas desde su vincha, desde su revés con top, su smash de revés y su ‘gran Willy’, desde su brazo izquierdo hecho de piedra, muestra su corazón macizo de roble y su alma llena de acero”.

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La pelota sí se mancha de sangre

Cuando nos referimos a los mejores tenistas, que se convirtieron en leyendas en la arcilla, el orden es este: primero el español Rafael Nadal; lo amparan las estadísticas: tiene más de 53 títulos sobre esa superficie y ha ganado trece veces el torneo de Roland Garros. Fácilmente a Nadal se lo puede confirmar como el mejor jugador de la historia en tierra batida.

Por supuesto, segundo Vilas, con 62 títulos individuales de la ATP, cuatro de ellos de Grand Slam. Tercero el sueco Bjorn Borg, que con 30 triunfos en arcilla y seis Roland Garros (en total once en Grand Slam), pone su marca y justifica su ubicación en el podio. Luego vienen nombres como el del austriaco Thomas Muster, el español Manolo Orantes, el también sueco Mats Wilander y aunque no aparecen como expertos en este tipo de superficie, hay que recordar que Novak Djokovic ganó Roland Garros en el 2016 y 2021 y tiene algo más de catorce coronas títulos en tierra batida.

En Sudamérica sobresalientes en arcilla fueron Gustavo Kuerten, número 1 del ranking ATP y con tres títulos de Roland Garros; José Luis Clerc, que fue dos veces semifinalista del torneo de París; y el ecuatoriano Andrés Gómez Santos, ganador de Roland Garros (en singles y dobles) y con una interminable lista de triunfos en grandes torneos en arcilla.

Pero al margen de este recorrido histórico, Nadal es el tenista más triunfador en la historia. En enero pasado consiguió en Australia su título 21 de Grand Slam y superó a Djokovic y Roger Federer, sus celadores. Lo de Nadal va más allá de sus cualidades tenísticas. El español fragua su tenis en la mezcla de potencia, pasión y talento. Su gran espíritu y disposición al sacrificio crean una sinergia especial con el público.

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En España se dudaba mucho de que apareciera algún jugador superdotado que pudiera ensombrecer la figura de Manolo Santana. Los especialistas comentan que con Santana explotó el tenis en ese país. En diez años se pasó de 10.000 a más de un millón de aficionados. Santana fue el boom en los años 60, hasta que apareció Nadal. Nacido en Manacor (Mallorca), el 3 de junio de 1986, se hizo profesional con apenas 15 años y a los 19 ya era segundo en el ranking de la ATP. A los 22 años era el líder.

Toni Nadal, exentrenador de Rafa Nadal, en una conferencia en Guayaquil, sin decirlo nos hizo entender que fue él quien forjó a su sobrino como una fiera que puede enfrentar cualquier obstáculo y que lo consiguió con base en métodos de entrenamientos forzados.

El tío Nadal dijo: “Le hice la vida muy difícil. Le organizaba entrenamientos mucho más largos de lo habitual, le obligaba a entrenar con bolas en mal estado, en pistas y climas adversos, altas temperaturas o muy frías con mucho viento o sin él. Ahí me di cuenta de su gran resistencia al dolor”.

Rafael Nadal se convirtió en una fiera cuando entendió que la dureza y la experiencia servían para conseguir un fin. La resiliencia potenció su gran calidad técnica. Es por eso que ha podido, a través de su extensa carrera, superar varias operaciones quirúrgicas y sus 21 lesiones físicas en los últimos 19 años. En el último Indian Wells, en semifinales, cuando le ganó a la joven promesa Carlos Alcaraz, sufrió una fisura en el arco costal y se presentó en la final ante el norteamericano Taylor Fritz.

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Sin que se quejara mayormente durante el primer set, nos dimos cuenta de que cometía demasiados errores no forzados, que estaba contracturado, pero luchó como una fiera herida y dio gran batalla. Fue a la premiación, aplaudió y agradeció a los espectadores que lo animaron continuamente.

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Felicitó a su rival y nunca hizo pública su molestia, como para no disminuir el esfuerzo de Fritz ni para justificar su derrota. Se retiró de la cancha y en la rueda de prensa dijo: “Cuando respiro y me muevo, es como si tuviera una aguja dentro”. Al otro día los exámenes confirmaron que una fisura por estrés mantendría al español ausente del tenis entre cuatro y seis semanas.

Su tío y su familia nunca le permitieron romper una raqueta, ni insultar o darse por vencido. Cuando era pequeño le inculcaron que lo más importante no era si ganaba o perdía, sino crecer con valores. El domingo pasado, en la final de Indian Wells, la fiera estaba herida, pero prefirió el silencio. Escogió esta virtud que muchas veces es la mejor manera de decir algo.

Nadal es, desde mi óptica, el mejor de todos los tiempos, no tan solo por la cantidad de triunfos, sino por la integridad y respeto con que trata a su deporte. Todo se debe a su formación, a un carácter trabajado. Él tiene la característica propia de los grandes, humilde ante los demás.

Su fama y fortuna nunca lo han desubicado. Reconoce tanto su poderío tenístico que alguna vez Nadal declaró: “Mi modelo soy yo, siempre he estado primero en todas las categorías y trato de seguir mi propio rastro”. Son pocos los que conocen todos los sacrificios que debió hacer para llegar a ese estado de excelencia, que se resume en perseverancia y luchar como fiera herida ante las dificultades. (O)