Corea-Japón 2002. Así se denominó el primer Mundial compartido entre dos países anfitriones. Y el primero en el continente asiático.
En aquel momento pareció una rareza: dos naciones, incluso separadas por el mar, y ¡20 ciudades sede…! Una locura que no se repetiría. Sin embargo, la eficiencia, la responsabilidad y el sentido de organización asiáticos compusieron un torneo fantástico.
Nada descarriló. Asombraron los estadios. Veinte colosos totalmente nuevos, gigantescos e impactantes. Otro asombro: Corea del Sur país.
La tecnología, el desarrollo, la fuerza y el espíritu de una pequeña gran nación. De Japón ya sabíamos que encontraríamos algo colosal y así fue.

Fue más eufórico el público coreano, seguramente por su inédito arribo a semifinales, aunque muy ayudado por los arbitrajes, eso sí. Italia estalló tras perder ante Corea 2 a 1. “Escándalo”, “Robo”, “Vergüenza”.
Luego fue España la que tronó contra el arbitraje, también tras caer ante Corea. Esto desató grandes críticas y la FIFA se vio obligada a desmantelar su comisión de árbitros.
El mundo estaba sensibilizado. Ocho meses antes, el 11 de septiembre de 2001, se habían perpetrado los atentados a las Torres Gemelas.
Pero Corea y Japón anunciaron que este sería “el Mundial de la seguridad”. Y lo fue. Hubo cientos de miles de efectivos de seguridad custodiándolo todo. Mas no fue una presencia hostil, se trató de una combinación de firmeza y cortesía.

João Havelange y Joseph Blatter, presidente y secretario general de la FIFA, le habían prometido el Mundial a Japón varios años antes, y la patria de Hiroito se lanzó a construir grandes estadios, pero, a medida que se fue acercando la elección de la sede, Havelange y Blatter se percataron de que la mayoría del comité ejecutivo estaba volcada hacia Corea del Sur, el otro postulante.
Ya casi con la votación encima y viéndose claramente derrotados, brasileño y suizo debieron casi implorarle al Dr. Chung Mong-joon, presidente de la asociación coreana y dueño de la Hyundai, que se aviniera a compartir el Mundial. Chung aceptó y, de paso, evitó el peligro de ir a las urnas.
La sede compartida fue acordada. Pero puso como condición que Corea estuviese delante en la denominación del torneo. Y Japón salvó su inversión.

Otra curiosidad de esta Copa asiática: pocos visitantes extranjeros. Y allí era fácil advertirlo por una cuestión racial. Aunque el mundo es redondo y todo es equidistante, evidentemente esa región queda lejos para la mayoría de los futboleros.
Y es caro llegar. Todo fue dispuesto magníficamente, eso sí. Estadios, salas de prensa, comunicaciones, transporte, hotelería, centros de entrenamiento. El ítem más flojo era de nueve puntos.
Faltó un solo condimento: calor popular. A ley pareja nadie se queja: todo se dividió al 50 %: 32 partidos en cada país, el cotejo inaugural en Seúl y el final en Yokohama.
A los dos anfitriones les fue de perlas: en su segundo Mundial (había debutado recién en 1998), Japón ya ganó su grupo, reflejo del monumental avance de su fútbol, que ha clasificado a las últimas ocho ediciones.
Cayó en octavos de final ante la revelación: Turquía. A su vez, Corea del Sur, dirigida por el sagaz holandés Guus Hiddink, no solo lideró su zona, llegó a las semis tras dejar en el camino a Italia y España con un juego de asfixiante intensidad física.
También con varios fallos escandalosos de los árbitros, especialmente del ecuatoriano Byron Moreno, a quien Italia entera acusó abiertamente de estar sobornado. Lo peor sería en cuartos ante España.
El juego terminó 0 a 0 y en penales ganó el local. Pero, durante el desarrollo, el colegiado egipcio Gamal Al-Ghandour anuló dos goles legítimos de España. En la patria de Cervantes se lo denominó “el robo del siglo”, aunque el siglo recién empezaba.
No obstante, el tiempo deja estas cosas en anécdota. Y Corea del Sur sigue siendo la única selección asiática en llegar tan lejos.
Fue el cuarto Mundial con el promedio más bajo de gol (2,52) y no hubo estrellas. Si acaso, Ronaldo Nazario, por los goles y por terminar campeón, pero tampoco deslumbró. Más gustó Ronaldinho. El genio estaba dentro suyo.
Atrevido, irreverente, con alegría en el rostro y en los zapatos. Un año después llegaría al Barcelona y el mundo se rendiría ante él.
Lo increíble, que dejó perplejos a los hinchas del mundo, es que la FIFA otorgó el Balón de Oro del Mundial a Oliver Khan, quien tuvo una muy floja final.
Falla grave en el primer gol y una acción poco feliz en el segundo. Al minuto 69, Rivaldo remató al arco, un tiro normal, a las manos de Khan, la bola se le escurrió y dio un rebote largo, sirviéndole la pelota a Ronaldo para que abriera el marcador.
Y a los 79, centro al ras de Kleberson, Rivaldo dejó pasar el esférico entre las piernas engañando a la defensa rival y Ronaldo, con tiro no violento, sí ajustado al palo derecho, aumentó y fijó cifras finales.
Un disparo bien dirigido, pero atajable. La FIFA designó mejor jugador del Mundial al máximo responsable de perder la final.
Lo mejor estuvo a cargo de las selecciones “chicas”. Para empezar, Turquía, un auténtico equipazo perjudicado por los jueces en los dos partidos con Brasil. Corea del Sur, Senegal, Japón, Estados Unidos, Costa Rica, Irlanda... Y Ecuador, que no desentonó y se llevó una victoria nada menos que ante Croacia.
El juego inaugural resultó un campanazo de los más resaltantes de la historia. En Seúl, el debutante Senegal, con un juego muy atractivo, venció 1-0 al campeón vigente, Francia, que presentó en su formación diez de los campeones del torneo anterior.
Aunque no estuvo Zidane, su líder y estrella. Se había lesionado unos días antes en un amistoso. Recién volvió en el último cotejo, ante Dinamarca (0-2).
Fue la causa principal del desastre bleu. La selección del gallito se volvió temprano a casa sin siquiera marcar un gol. Y teniendo a Henry y Trezeguet en ataque… Nunca un campeón hizo una defensa más ruin de su corona.
Gracias a sus eternas brillantes individualidades, Brasil llegó nuevamente a dirimir el título, como en 1994 y 1998. Tres finales consecutivas, igual que Alemania en 1982, 1986 y 1990.
Pero Brasil con dos coronaciones contra una de los germanos. En las tres de Brasil estuvo presente Cafú, quien levantó la Copa en Japón.
Las dos superpotencias futbolísticas se encontraron por primera y única vez en la final. Alemania llegaba por séptima ocasión a una definición, Brasil por sexta (y última).
Alemania alcanzó el juego definitorio con un equipo menos que discreto, pleno de nombres olvidables. Acaso su única figura era el arquero Oliver Khan (y falló). Pero en el trámite no fue mucho menos que Brasil, aunque este supo concretar y ganó 2 a 0. Así es este juego.
El quinto título llegó con un récord imbatido: es el único campeón que ganó los siete partidos disputados. En 1970 Brasil también había triunfado en todos sus compromisos, pero fueron seis, porque jugaban menos equipos.
La Canarinha fue una expresión propia de su notable entrenador Luiz Felipe Scolari. No muy lucida (ningún parecido con el jogo bonito, abolido por el mismo Brasil en 1994), aunque sí compacta, de enorme confiabilidad.
La objetividad habla: tuvo la delantera más eficaz (18 goles), una defensa poco batida (4 caídas), el goleador (Ronaldo), la estrella (Ronaldinho), el mejor arquero (Marcos). Estamos hablando de un campeón sólido en números. ¿Qué le faltó…? Más fantasía. (O)





