En el Mundial de 1930 el público ni sabía quiénes eran los entrenadores de las selecciones; entonces no revestían ninguna importancia.

Los equipos eran armados por los delegados al torneo o bien estos designaban al capitán y este formaba el cuadro; de táctica ni se hablaba, apenas algunos lineamientos generales como “hay que atacarlos”, o bien “salgamos a esperar a ver cómo se desarrolla el partido”.

Y si había “entrenador”, este era generalmente un exjugador de predicamento o un sujeto bonachón, un hermano mayor que daba unas afectuosas palmadas antes de entrar al campo y profería alguna frase animosa como “vamos que hoy ganamos”.

Nos lo contó Francisco Varallo, delantero argentino en aquella primera Copa Jules Rimet: “Figuraba como técnico Francisco Olázar, pero él no se metía para nada, ahí mandaban los jugadores, Monti, Paternoster, Nolo Ferreyra... Eran los mayores y daban las indicaciones: vos jugá por derecha, hacé esto o aquello...”.

Uruguay fue campeón en 1930 con Héctor Suppici en la silla (no había banco). El suyo era un caso similar al de Olázar en Argentina. Se encargaba de mantener físicamente al plantel.

La parte futbolística estaba a cargo de la Comisión Técnica de la Asociación Uruguaya y de los jugadores de mayor ascendencia.

Recién muchos años después el entrenador fue perfilando su gravitación, hasta convertirse hoy en un personaje más importante que los futbolistas.

Pasó a ser director técnico, luego estratega y, en las últimas décadas, conductor de grupos. Esto último, tan esencial en este tiempo que nadie se arriesga con un profesional que tenga “problemas de vestuario”.

Lo que primero se averigua antes de contratar a un DT es si tiene buen relacionamiento con los jugadores.

Electrocables Barraza

Pero entre la iniciación y la evolución hubo un caso notable: el de Vittorio Pozzo, técnico multicampeón con Italia que encadenó dos copas Internacional de Europa (1930 y 1935), dos copas del Mundo (1934 y 1938) y el Torneo Olímpico (1936).

Pozzo no era un simple acompañante de la delegación ni daba palmaditas, sí era paternalista con sus muchachos y los convencía de cómo jugar, pero también ejercía una gran autoridad sobre ellos, estaba en los detalles y aplicaba tácticas.

Era un estudioso y el auténtico mandamás en el camarín. Y no se casaba con nadie: cambiaba los planteles de un torneo a otro. Estuvo muy adelantado a su tiempo. Se había formado en Francia, Suiza e Inglaterra.

Ochenta y ocho años después de ser campeón en 1938 sigue siendo el único conductor que ganó dos mundiales. Él sí podía sentarse en la mesa de los grandes talentos del pizarrón.

Mirando la lista de los 21 campeones del mundo desde la raya de cal hacia afuera uno se topa con un caso asombroso: ninguno generó un suceso tan fabuloso como Rinus Michels, quien, sin embargo, no conquistó un Mundial.

No obstante, fue el gestor de una verdadera revolución: el “fútbol total”, a través de la selección holandesa, apodada La Naranja Mecánica, que deslumbró en el Mundial de 1974, incluso muy por encima del campeón, Alemania.

Después de aquella maravillosa demostración mundialista, el fútbol cambiaría para siempre. Era otra forma de jugar, nueva, brillante y exitosa.

Basada en una rotación permanente de todos los jugadores, intercambio de posiciones, todos jugaban de todo moviéndose de continuo, un defensa atacaba y un delantero defendía, acabó con los roles rígidos, impuso una presión alta para recuperar rápido el balón, daba prioridad a la posesión y el juego en bloque.

Un estilo que requería de jugadores técnicos y Michels tuvo la suerte de contar con una generación de oro, encabezada por un sujeto de mentalidad imperial: Johan Cruyff.

En 150 años de fútbol nadie pudo igualar una innovación táctica tan trascendente. Al mismo tiempo que a su selección, entrenó al FC Barcelona y su legado fue tan fuerte que se encarnó en Cruyff, en Pep Guardiola y cambió para siempre al fútbol español. La Roja se coronó campeona 36 años después por la semilla que él plantó.

Electrocables Barraza

Michels ya había instaurado el “fútbol total” en el Ajax, pero el planeta fútbol se anotició en ese Mundial de Alemania.

Entre los muchos reconocimientos recibidos, en 2007 fue elegido el mejor técnico de la historia del fútbol por el diario The Times, de Londres. Es justo: nadie hizo más por el espectáculo en este deporte.

Argentina nunca jugó con tanta perfección como en el ciclo de Lionel Scaloni. Cabe destacarlo, sobre todo por su juventud y su prédica de buen juego. Sin embargo, el padre de la selección argentina y prócer mundialista fue César Luis Menotti.

No solo por haber logrado el laurel en 1978, que también, sino por cambiar la historia del fútbol argentino desde su cargo en la selección.

Pese a haber sido el principal semillero de talentos del mundo (Brasil lo equiparó varias décadas después), Argentina deambulaba de fracaso en fracaso.

La Albiceleste era un pavoroso desorden organizativo. Menotti impulsó una refundación a partir de algunas consignas: prioridad absoluta, orden y compromiso total.

Le reportó prestigio, logró que los jugadores vinieran nadando de Europa para jugar un amistoso, que dejaran el alma por los colores. E inmediatamente después de la vergonzante actuación en el Mundial 74, la celeste y blanca logró su primera corona.

El cambio fue radical. En 1974 había caído con Holanda 4-1 y 4-0 siendo avasallado; en 1978 la superó 3 a 1. Desde Menotti en adelante, con otros orientadores, Argentina fue tres veces campeón y dos subcampeón.

Y aún llora por las participaciones en Estados Unidos 94 y Alemania 2006, donde pudo llegar mucho más arriba. Lo impidieron situaciones y errores puntuales. Menotti también fue revolucionario.

Y, como Pozzo lo hizo en Italia, fundó la grandeza de Argentina. Son los técnicos que marcaron la huella más profunda.

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Es imposible no mencionar la astucia e inteligencia de Marcello Lippi para llevar a Italia a los más alto en 2006 con un equipo que daba justito para tener una actuación decorosa.

Carlos Bilardo estuvo cerca de Pozzo, fue oro y plata. Sepp Herberger logró en 1954 la hazaña de la vuelta olímpica frente a una Hungría que individualmente era muy superior y puso a Alemania en el mapa de la consideración mundial. Le confirió el rótulo de grande.

En una maniobra extraordinariamente sagaz, Herberger puso suplentes ante Hungría para perder exprofeso. Fue un bochornoso 3 a 8, pero así evitó enfrentar a Brasil y Uruguay, dos potencias.

Estos le tocaron a los húngaros. Y Hungría llegó a la final desangrada por dos batallas. Lo demás es historia: Alemania campeón.

Mención de honor para Aimé Jacquet, el hombre que llevó a Francia en 1998 por primera vez a la cima después de haber vapuleado a Brasil y de haber sido vilipendiado por la prensa francesa.

En un hecho increíble, Brasil levantó cinco veces la Copa con cinco entrenadores diferentes: Vicente Feola, Aymoré Moreira, Mario Zagallo, Carlos Alberto Parreira y Luiz Felipe Scolari.

Todos aportaron lo suyo, ninguno impactó. En los tres primeros títulos desplegó el inolvidable “jogo bonito”, luego cambió radicalmente. “Brasil no está jugando un fútbol brasileño”, sentenció el doctor Sócrates en su momento. Y lo está pagando. Lleva 24 años sin coronar. Brasil es un país de jugadores, no de técnicos.

Nunca una selección fue campeona con un entrenador extranjero. Brasil acudirá por primera vez a un Mundial con un conductor foráneo: Ancelotti. Atención ahí… (O)