Hace 36 años se consumaron, en el mismo partido, dos hechos que han quedado registrados como inéditos, irrepetibles y ejecutados por el mismo actor: Diego Armando Maradona. Me refiero al juego Argentina vs. Inglaterra, del 22 de junio de 1986, por los cuartos de final del Mundial de México, realizado en el estadio Azteca con la presencia de más de 110.000 espectadores.

Por muchas razones ese era el duelo cumbre de aquella fase, y además de las deportivas sobresalían diferencias y rivalidades que seguían frescas por la guerra por las islas Malvinas, ocurrida en 1982. Ganó Argentina 2-1, con dos genialidades del 10 albiceleste que quedaron grabadas y distinguidas como el “gol del siglo” y “la mano de Dios”. Ese día Maradona se convirtió para siempre en ídolo. Arribó a un estado sobrenatural por el que muchos le rendían culto, como si fuera una divinidad encarnada. Así llegó Maradona a transformarse en aquel personaje identificado plenamente con la idolatría popular, fecundada por un fanatismo que ama sin pensar y adora sin razonar. Se sustenta esa idolatría en lo que hizo extraordinariamente bien: jugar al fútbol, pero sin importarles nada más. Lo importante para sus devotos es que él producía, por su extravagante manera de ser, una sinergia con las masas populares. Vivía haciéndoles creer que era un dios, aunque pecara como humano.

Esa selección de 1986 la dirigía Carlos Salvador Bilardo, pero la comandaba Diego Maradona, quien se había convertido en el amo y señor dentro del camerino y con mayor razón en la cancha. A Bilardo mucha prensa lo calificó como motivador excelso por decir frases que llegaban a la conciencia con alegorías nacionalistas. Otra parte del periodismo recalcaba la importancia de Bilardo en la aplicación de variantes tácticas fundamentales para enfrentar a rivales de diversas características. Pero en lo que sí coincidieron todos fue en lo que el periodista español Miguel Ángel Mateo dijo: “Argentina, en el Mundial de 1986, se encomendó a Diego Maradona. Sin él ninguna de las argucias, ni los planteamientos hubieran valido mucho”.

Quienes presenciamos ese partido hace 36 años mantenemos la certeza de que el destino nos ubicó en el lugar exacto y en el momento adecuado. La leyenda que se escribió en ese Mundial se explica porque es imperecedera, se recordará por siempre. Maradona, con genialidad y astucia, acuñó una moneda conmemorativa con dos caras. Una la de la excelencia, cuando se despachó el gol más hermoso visto en una Copa del Mundo, aquel que el famoso relator Víctor Hugo Morales cantó emocionado en el momento del gol: “¿De qué planeta viniste, barrilete cósmico, para dejar en el camino a tantos ingleses desparramados en el camino?”. En el otro lado de la medalla se plasmó el engaño, cuando en una jugada sin mayor historia, en el momento que el balón finalizaba una parábola y debía posarse en los guantes del arquero inglés Peter Shilton, compareció Maradona y con una mano desvió la trayectoria del balón para que este llegara hasta la red inglesa.

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El estadio Azteca gritó el gol, el árbitro y juez de línea corrieron para la mitad de la cancha señalando el gol. Solo el 10 argentino se quedó en suspenso varios segundos, para recién celebrar el gol luego. Poco sirvieron los reclamos ingleses, pudieron más la algarabía general y la euforia con que Maradona celebraba la engañifa. Los argentinos exculparon el ardid. ‘La mano de Dios’ evocó el derecho de reivindicar el atropello inglés en las islas Malvinas, que ocurrió en 1982, cuando una dictadura militar fenecía, dirigida en esos días por Leopoldo Galtieri.

Lo que sucedía en esas frías islas, las imágenes presentadas por los medios controlados por la dictadura, no obedecían a la realidad. Cerca de 20.000 jóvenes argentinos desprotegidos fueron carne de cañón. El furibundo ataque de la Armada británica en las islas hizo sentir la lúgubre realidad. Cuando arrancó el Mundial de España 1982 los argentinos recién se enteraban de la masacre que había representado la aventura bélica de una dictadura que vivía sus últimos momentos. Debieron esperar cuatro años el encuentro con Inglaterra, en el Mundial de México 1986.

El diario argentino Olé lo recordó así: “Un partido con un gran interés para los dos países. Más allá de lo deportivo, es la revancha por esa rivalidad almacenada entre las dos naciones. Los dos lo querían ganar por prestigio” y sucedió aquello; cada disputa del balón tenía una intensidad pocas veces vista. Ganó Argentina, pero se percibía un ambiente injusto. Claudio Tamburrini, autor del libro La mano de Dios, justificó la trampa al decir que los alegatos filosóficos y morales siempre están ausentes en los debates que provoca el deporte. Tamburrini justificó así el engaño: “La trampa es generalmente caracterizada como la violación intencional de las reglas del juego, con el fin de obtener una ventaja injusta sobre los competidores. Pero el caso analizado de ‘la mano de Dios’, su intencionalidad no es una condición necesaria ni suficiente para que se produzca la trampa. La ventaja conseguida por el tramposo tampoco tiene por qué ser injusta, porque así lo permite el ‘ethos’ (marco normativo amplio, aplicado al deporte), que son las reglas más allá de las normas escritas. Por aquello, ‘la mano de Dios’ pertenece a la conducta impermisible pero aceptable”.

Esta explicación forma parte de la barbarie filosófica que instauró Nicolás Macchiavello con la frase “El fin justifica los medios”. La polémica por justificar la trampa tiene un límite. Lo cometido fue antirreglamentario e intencional, y a las pruebas nos remitimos.

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Maradona con la Copa del Mundo tras derrotar la selección argentina a Alemania por tres goles a dos, en la final disputada en el estadio Azteca de la capital mexicana en 1986. Foto: EFE

Maradona demostró que con sus genialidades dentro de la cancha alegraba y consolaba al pueblo, cuando él bautizó su treta como ‘la mano de Dios’. Para sus huestes es la triquiñuela más celebrada en la historia del fútbol. Pero nos cuestionamos: ¿'La mano de Dios’ fue una trampa intencional? Y la contestación desapasionada es claro que sí. Fue una violación contractual a la obligación que tenía de aceptar la normatividad; es decir, no solo violentó las reglas, sino también la moral. Con su muerte la figura de Maradona se agrandó. Fue el chico del potrero que no creció nunca, pero gambeteó a las vicisitudes que enfrentó en su vida. Esa amarga experiencia sirvió para que la historia, y sobre todo sus seguidores, lo eximieran de culpa. Para ellos fue la alegría y el consuelo que tanto requerían.

Maradona fue elogiado por hacer ante Inglaterra la jugada más hermosa que haya parido el fútbol, pero pocos minutos antes fue el hacedor de la acción más vergonzante de los mundiales. Genialidad y vileza, aunque a él no le importaba mucho esas clasificaciones. Sabía que la querencia y veneración de sus seguidores lo elevaban a la divinidad. Ahí, el juicio terrenal no tiene espacio para el cargo de conciencia ni para el arrepentimiento. (O)