El tremendo porrazo de nuestra selección en la Copa América, que ha finalizado el domingo en Río de Janeiro, ha servido para esgrimir todo género de excusas. Después de la nefasta era de Luis Chiriboga, Carlos Villacís y ‘el rey de la cumbia’ Hernán Darío Bolillo Gómez ya nada debería extrañarnos. Ellos dejaron instalado el prejuicio de que la Copa América no tenía ninguna importancia; que era solo un laboratorio para un fin preponderante y fundamental: lograr un cupo para la fase final de la Copa del Mundo.

El inolvidable maestro del periodismo Emilio Lafferanderie (El Veco), en una larga charla en Yokohama durante el Mundial 2002, me dio un consejo: “El periodismo sirve para entretener y educar a los lectores. Al escribir trata siempre de incluir una anécdota y recuerda siempre que, si una nota no provoca una sonrisa, no suscita una lágrima o no genera una discusión, esa nota no sirve para nada”.

La lágrima está presente en el estrepitoso fracaso de la Tricolor en Brasil. Es la hora de mojar los pañuelos para los que amamos el fútbol y deseamos ver siempre enhiesto el pendón nacional a la hora de las victorias. Es un sentimiento de todos, menos de los dirigentes de la Federación Ecuatoriana de Fútbol y del entrenador Gustavo Alfaro. ¿Hay quien se atreva a discutir que la Copa América fue un descalabro vergonzoso? Sí, los hay, y por partida triple: dirigentes, técnico y la infaltable tropa del periodismo adicto, viajero y beneficiario de prebendas.

La más pintoresca coartada la han exhibido Alfaro y Francisco Egas, los mayores responsables del hundimiento de las ilusiones. “Una Copa América no me clasifica al Mundial y sí la experiencia que a mí me puede dar, buena o mala, clasificando a cuartos, llegando a la final, siendo campeón o quedando eliminado. Y sé que la experiencia que me llevo es muy rica”, dijo el técnico en rueda de prensa el pasado 26 de junio. “Esta Copa va a significar un crecimiento para la Selección, que, debemos recordar, es muy joven”, declaró Egas. En este punto de la elaboración de esta columna ha venido al recuerdo mi gran maestro de literatura en el Colegio Nacional Vicente Rocafuerte. Don Alfredo Barandearán García nos daba literatura española y antes de entrar en la materia que dominaba a la perfección nos instruyó acerca de los géneros literarios.

Cuando llegó a la fábula (“Breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”, según la Real Academia Española) citó a Esopo, autor griego de fines del siglo VII a. de C. Y nos leyó la más famosa de sus producciones: La zorra y las uvas. Una zorra ve un racimo de uvas e intenta alcanzarlas. Al darse cuenta de que está demasiado alto, desprecia las uvas diciendo: “¡Están verdes, no me apetecen!”. La moraleja es que los seres humanos al no lograr lo que nos proponíamos despreciamos las metas o los objetivos que no supimos alcanzar.

En este ejemplo está exactamente reflejada la conducta de los responsables de la maltratada selección nacional de fútbol. Antes de partir a Brasil se hablaba de la Copa América como un gran objetivo para afianzar el rendimiento colectivo y recuperarnos de las dos caídas en la eliminatoria en junio ante Brasil y Perú. “Como siempre digo a los jugadores, yo cada competencia que inicio en cualquier equipo que me toque trabajar, siempre la aspiración es la máxima. Nosotros queremos hacer una gran Copa América”, dijo Alfaro a Directv Sports el 12 de junio, antes del debut ante Colombia. No es cierto, entonces, que la Copa no importaba. Las uvas (la Copa) eran apetecibles, pero “estaban verdes”.

Clasificar a cuartos de final no fue ningún mérito. No ganamos ningún partido, fuimos cuartos entre cinco y apenas marcamos cuatro goles, pese a alinear un montón de centrodelanteros. Debimos recurrir a dos extranjeros nacionalizados: el arquero Galíndez (34 años) y el volante Damián Díaz (35 años) que está para moverse apenas 25 o 30 minutos y fue convocado por presiones de un sector de la prensa. Alfaro erró en el planteamiento del juego y en la elección de los jugadores a los que lanzó a la hoguera sabiendo que venían sin actividad en sus clubes.

Los cambios fueron equivocados, tardíos e improductivos. Para agravar el ambiente habló, tras perder con Perú en la eliminatoria, de “cuestiones extrafutbolísticas” al interior de la Selección, pero dejó en el aire el tema. No tuvo entereza para aclarar la razón de sus dichos. ¿Convocatorias forzadas? ¿Presión de empresarios de jugadores? ¿Intimidación por parte de dirigentes? Cualquier cosa puede suponerse si no hay valentía para poner la verdad sobre la mesa.

Gustavo Alfaro, entrenador de Ecuador, habla con el jugador Ángel Mena durante el duelo que se perdió ante Argentina. Foto: EFE

Egas no perdió la oportunidad de aparecer en escena en esta feria del disparate. “Esta Copa va a significar un crecimiento para la Selección, que, debemos recordar, es muy joven”, dijo a radio La Red el 30 de junio. ¿Crecimiento? ¿Hacia dónde? Hablar en ese tono después de lo ocurrido es una tomadura de pelo, “una joda” como dijo Mario Canessa en una reciente columna. “Hay que poner los pies sobre la tierra”, dijo Egas aunque él mismo no sabe a qué se refería. Tierra arrasada, consumida por el fuego de los desaciertos y los errores directivos. Egas cree que los aficionados se han olvidado de sus extravagancias cuando persiguió al alemán Jurgen Klinsmann y anunció cuatro veces su contratación y su arribo al país, hasta que el teutón terminó por no responderle sus llamadas.

Después vino el cómico episodio del fichaje de Jordi Cruyff y su presentación rockera con humo artificial y luces led. Al día siguiente el hijo de Johan, que tenía muy escasa experiencia como técnico, se embarcó en un avión y no volvió más. Media docena de entrenadores fueron tentados hasta que apareció Gustavo Alfaro, mostrando las heridas de guerra de su cuestionado paso por Boca Juniors. Egas sostiene que la prensa es responsable de lo que ocurre. Tiene razón en algo: es ineludible la culpa de la prensa adicta, sumisa, la que busca favores, viajes, festines, cargos para familiares.

Afortunadamente no ha habido defunción del periodismo crítico e independiente, escaso, pero con gran credibilidad. “El país se ha dado cuenta de cuán parcializado es este sector de la prensa, que nos propone un mundo paralelo donde todo está mal, que no se dan cuenta de que la Selección es nuestro equipo, al que debemos apoyar en las buenas y en las malas” dijo a radio La Red, declaraciones que reprodujo Diario EL UNIVERSO.

“El compromiso del periodista con la verdad y su deber de transmitirla a la ciudadanía es irrenunciable y es su obligación impedir que, bajo ninguna circunstancia, ya sea por presión editorial, publicitaria, política o económica, ella sea alterada. La omisión, manipulación o el falseamiento de la información es una falta grave que atenta contra la esencia de la actividad de un periodista”, dice el Código de Ética del Colegio de Periodistas de Chile. Los periodistas somos fiscales de aciertos y errores, no obsecuentes propagandistas de discutibles personajes o instituciones. ¿Lo sabía usted, señor Francisco Egas? (O)