La edición 47 de la Copa América, desde su inicio, estaba condenada al fracaso por la improvisación y la falta de previsión con que se la concibió. La idea era que esta edición que acaba hoy se realizará al año siguiente de la que se celebró en Brasil 2019, bajo el pretexto de la unificación, a partir del 2020, con el calendario del torneo con la Eurocopa. Pero terminó siendo una mala decisión.

Los inconvenientes surgieron cuando la pandemia del COVID-19 obligó a postergar el certamen para este 2021, con las consecuencias lógicas. Luego llegó el anuncio del desistimiento de Australia y Catar, alegando el mismo motivo sanitario. Sin lugar a dudas esas dos bajas causaron un agujero económico descomunal para la Conmebol. Las noticias malas continuaron: Colombia solicitó postergación de la fecha prevista, en razón de la revuelta política interna y el rebrote de contagiados por coronavirus. La Conmebol no aceptó y se quedaron sin sede. El riesgo era que Argentina hiciera lo mismo, por lo que Alejandro Domínguez se entrevistó con el presidente Alberto Fernández para que acepte en ser única sede del torneo. El titular de la Conmebol pensaba que tenía convencido al primer mandatario argentino, pero la presión mediática a favor del no dejó a la Confederación sin pan ni pedazo. Los apuros no cesaban y como buen lobista ofreció a Chile la sede, entregándole lo que podía y lo que no podía para que acepte. Sebastián Piñera no cayó en la provocación. En la ruta a la Conmebol le quedaba Brasil, donde sabía que contaría con el desafuero político de Jair Bolsonaro.

De buena fuente se conoce que Domínguez se sometió a los condicionamientos del Gobierno brasileño, que no dudó en tirar la boya para reflotar la Copa América. A Bolsonaro y a Domínguez no les interesaron las críticas por tan insensible decisión, en vista de la grave afectación que sufría Brasil, por la letal incidencia del COVID-19. En esas instancias, ya entre el honor y el dinero, lo segundo era lo primero.

“La final entre Brasil y argentina solo sirve de relumbrón”.

Ante este escenario emergente e improvisado era lógico que el revés esperado se haga presente. Hace pocos días la directora legal de la Conmebol, Monserrat Jiménez, reconoció que el balance de la Copa América presenta pérdidas que pueden superar los 15 millones de dólares. Cifras lapidarias para las arcas del ente rector del balompié sudamericano. La pregunta que salta es: ¿acaso no existía presupuesto que advierta esta debacle económica? ¿Por qué no postergaron su realización? Con algunos meses más tarde se habrían garantizado otros rubros por diversos conceptos, como son la presencia de público, recuperación económica de la sociedad afectada, entre otros.

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Me imagino que la Conmebol intentó ponerse a la par de la UEFA y se creyeron el elogioso discurso de su presidente, el esloveno Aleksander Ceferin: “Si la Conmebol puede hacerlo, nosotros también lo podemos”. Esta frase inflamó los sentimientos ilusorios, propios de la fatuidad. Por todo aquello, los números rojos de los balances de la Copa son las consecuencias inmediatas.

Sobre el nivel futbolístico la verificación visual nos ha permitido compararlo con el nivel expuesto en la Eurocopa y las conclusiones son también drásticas. Ni siquiera el nivel de Brasil y de Argentina, peor el resto de las selecciones sudamericanas, están a la altura que nos ofrecen, por lo menos, diez selecciones europeas. Otra vez el pensamiento del paraguayo Domínguez de que la Copa América es el preludio para la reconquista de la Copa del Mundo es por ahora una quimera. Una Copa Mundial negada a las selecciones sudamericanas desde el 2002, cuando en Corea del Sur-Japón, Brasil la ganó.

Recordaremos el fracaso endémico de nuestra selección.

La Eurocopa también ofrece gratis otra lección a la Conmebol, en el capítulo de la organización. Su novedoso formato de competencia, con once ciudades sedes, no solo ha permitido mostrar al mundo escenarios fantásticos. Llevaron turismo y emociones a urbes que no la habían tenido y tal vez nunca más lo tendrán, con la ventaja de la presencia calculada de público en los partidos. Eso permitió recuperar el colorido y la alegría que produce el público, al enterrar el eco de las gradas vacías.

Otro capítulo ejemplarizador ha sido como la UEFA ha cumplido, a todo rigor, con los protocolos sanitarios. Y ni hablar del estado de las canchas de juego, idóneas para que el fútbol fluya, tal cual lo exige una obra de arte. Hace algún tiempo leía una declaración del que ha sido uno de los mejores exponentes del ballet, el ruso Mikhail Barishnikov, que luego de una presentación en Nueva York, expresó que el arte pleno no solo exige la técnica magistral de los intérpretes, sino que es indispensable la calidad del espacio escénico, el tablado y la mejor iluminación. Solo así el espectador podrá entender las grandes sensaciones del arte. Aplicado en el fútbol, sucede lo mismo.

Lamentablemente, en esta comparación secuencial que hacemos de la Eurocopa con la Copa América, esta nos ha mostrado escenarios vacíos, canchas de fútbol en pésimo estado y que han conspirado con los destellos de buen fútbol que han ofrecido varios jugadores. Aunque el dicho es elocuente: “las comparaciones son odiosas, pero necesarias”. Cuando me refiero al nivel competitivo la actual Copa América se ha encargado de dejar constancia de uno de los factores que conspiran contra su estética y lo preocupante es que se ha convertido en una tendencia. Me refiero a las agresiones premeditadas, cometidas a vista y paciencia del arbitraje. No solo que interrumpen el desarrollo del partido, sino que lo convierte en un burdo campo de batalla donde sobresale la vendetta. Ahí es cuando florece la especialidad de los macheteros, los pataduras, los leñeros, todos ellos expertos en la agresión disimulada o descarada, pero siempre artera.

Para confirmarlo están las estadísticas. La semifinal entre Colombia y Argentina es el muestrario; fue un bochornoso popurrí de patadas en el que hubo 47 faltas, 10 tarjetas amarillas y faltó alguna que otra roja que el mediocre árbitro venezolano evitó al hacerse de la vista gorda. ¿Cómo podemos exigir que un partido así pueda lucir, si lo que nos invitan a espectar es un concierto de agresiones? Y hay que agregarle a esto las pérdidas de tiempo, los minutos que se toman en exceso para decidir una consulta al VAR y las reiteradas simulaciones, entre otros líos. Solo nos queda disfrutar la actitud, la entrega a la causa y las emociones, el resto queda en cuentas por pagar.

La final entre Brasil y Argentina sirve de relumbrón para la Copa América, pero por la rica historia de las dos selecciones, por su legendaria rivalidad y porque entre sus protagonistas hay dos virtuosos del fútbol. Pero cuando caiga el telón y con el tiempo nos toque recordar la Copa 2021 vendrán a nuestra memoria la foto icónica del polín ensangrentado de Messi y la desfachatez de su agresor. Las genialidades que ofrece el melodramático Neymar o si Messi pudo superar el trauma de no ganar un título con su selección. El inicio de la decadencia de una época dorada del fútbol uruguayo y su maestro Washington Tabarez.

Tal vez recordaremos los apuros de los colombianos en creerse fútbol de primer nivel, o la heroica Venezuela que con 18 ausencias por el COVID-19 puso en apuro a varios, pero sobre todo tendremos presente el fracaso endémico de Ecuador. En fin, la Eurocopa y la Copa América 2021 dejan en evidencia lo que es la excelencia y la mediocridad. (O)