Montar un Mundial, gastar 15.000 millones de dólares, construir o remodelar doce estadios, mejorar aeropuertos, transporte, comunicaciones y que te eliminen con un 7 a 1 en tu casa… es muy duro.
No pasa ni en el cine. Le ocurrió a Brasil en 2014. Y Alemania levantó el pie del acelerador, sino eran diez o doce.
Brasil fue elegido con mucha antelación para organizar la Copa, siete años antes, pero en la misma mañana del partido inaugural —Brasil 3 - Croacia 1— trescientos obreros trabajaban contrarreloj para terminar las obras en el Arena Corinthians de San Pablo, escenario del juego.
Unos pintando, otros soldando butacas, arreglando carteles... Así fue en las doce sedes. Pero, como sucede siempre, cuando comienza a rodar la pelota el juego acapara toda la atención y la prensa internacional deja a un lado el tema organizativo, las obras inconclusas, los proyectos que ni siquiera arrancaron, las huelgas y protestas sociales.
El descontento fue tan grande que ni la presidenta Dilma Roussef ni Joseph Blatter hablaron durante la apertura oficial del torneo (tampoco en la clausura), lo cual es muy explicativo de cómo estaban los ánimos con la política.
Advertimos dos mundiales. El del juego, excelente, el mundo entero lo vio, hasta un 0 a 0 llegó a ser sensacional (Holanda-Costa Rica), y el de la trastienda. Este, excepto los estadios, fue el Mundial más caserito de todos. No se vio nada nuevo ni impactante.
El pueblo brasileño aceptaba las cuantiosas erogaciones públicas si se beneficiaba con obras complementarias. Pero estas no se vieron. El Ministerio de Planeamiento del país admitió que solo el 30 % de las obras prometidas para el Mundial se cumplieron.

Se levantaron colosales estadios, carísimos. Y demasiados. FIFA había sugerido ocho sedes, Brasil pidió doce. Ello elevó los costos y además trajo aparejado otro problema: ¿qué hacer con algunos de ellos?
El diario O Globo, de Río, publicó una amplia nota titulada “Destino incierto”. Y dijo: “Superdimensionados, tres estadios corren el riesgo de convertirse en elefantes blancos tras el Mundial”. Se refería a los de Manaos, Brasilia y Cuiabá, que ni siquiera tienen equipos de fútbol de primer orden.
Las preguntas de O Globo: “¿Quién mantendrá a estos colosos?, ¿para qué se hicieron…?”.
Hubo muchos inconvenientes con los campos de juego, se levantaban y quedaban en estado lamentable durante los partidos. O con los servicios en los estadios. O estadios sin terminar.
Marca, de Madrid, anunció el último partido de España, ante Australia, titulando: “España acaba su Mundial en un estadio sin acabar”. Hablaba del de Curitiba, que estuvo a punto de ser retirado de la Copa.
Pero el fútbol tapó todo. Fue como si lloviera café en el campo. Un maná de jugadas prodigiosas, goles bellísimos, partidos notables y figuras enormes.
En juego, el mejor Mundial de los quince que ha visto este cronista. Cero especulación, escasísimos empates. Se perdió la timidez; con poco o con mucho, todos se atacaban y eso produjo un ida y vuelta entretenido, vibrante.
“Para serte honesto, pensé que nunca se repetiría un Mundial como el de 1970, que me tocó disputar, pero la verdad en esta Copa me he deleitado, por la entrega, porque es un Mundial donde todos los equipos han venido a ser protagonistas. Me he quedado maravillado con todo”.
La frase pertenece a un grande del fútbol, con 10 goles en su foja a lo largo de tres copas: Teófilo Cubillas, a quien entrevistamos. “Lo que más me asombró han sido las porterías —continuó—, este ha sido un Mundial de arqueros. Y también el de los grandes nombres; todos los que vinieron como posibles figuras, lo fueron. El único que de repente se quedó un poco y tuvo que volverse rápido fue Cristiano Ronaldo, los demás brillaron todos, especialmente Messi, que tuvo que cargar solo con Argentina durante toda la primera parte. Lo mismo pasó con Neymar, tanto que cuando él se lesionó pareció como que Brasil se quedaba sin nada. Ante Robben me saco el sombrero, un fenómeno… Y aparecieron algunos jóvenes. Shaqiri me encantó, un atrevido, y el chico de Costa Rica, Campbell ¡qué calidad…!”

Se vio una Holanda magnífica, que apenas declinó en semifinal —y por penales— ante Argentina. Un Chile magnífico, que en los dos años siguientes ganaría dos copas América.
El de Vidal, Alexis Sánchez, Marcelo Díaz, Isla, Medel, Aranguiz, Claudio Bravo, Gonzalo Jara… Y una Alemania fuerte, sin estrellas, pero con carácter y funcionamiento.
El 18 de junio abdicó oficialmente el rey Juan Carlos. Ese mismo día también dejó la corona la selección española. Doble abdicación monárquica.
El fútbol tiene estas perlas que ningún otro deporte puede igualar: el primero de los 32 participantes en irse de Brasil fue el campeón vigente. Increíble. Dos derrotas, cero punto, siete goles en contra, uno a favor...
Números inimaginables. España nunca pudo recuperarse del nocaut que le propinó Holanda: 5 a 1. Estaba muerta. Del funeral y del entierro se encargó Chile: 2 a 0 y otra tunda. El brillante tiki-taka pareció envejecido. Le pasaron la guadaña al pasodoble.

Otro al que se vio totalmente marchito fue al jogo bonito. Brasil avanzó a los tumbos hasta semifinal, sin convencer nunca. Y Alemania lo aplastó con el célebre 7 a 1.
Lo peor era el favoritismo desmesurado que reinaba en Brasil. Eduardo Gonçalves de Andrade, el inolvidable Tostão, fue premonitorio en su columna habitual en Folha de São Paulo.
Mostraba optimismo con su selección, aunque disparando una crítica velada hacia el conservadurismo del técnico Scolari. Y se preguntaba, como cierre: “La víspera de la final del Mundial 98, Zagallo dijo que Brasil solo podía perder consigo misma.
Días atrás, Marin (presidente de la CBF) declaró que apenas una fatalidad podía arrancar la Copa a Brasil. Parreira ya ha dicho que Brasil tiene una mano en el trofeo. Arnaldo Ribeiro, de la ESPN, aseguró que Brasil es superfavorito. ¿Alguien pensó en la posibilidad de que Brasil no gane la Copa...?”.
Hubo tantas perlas... El golazo de James Rodríguez a Uruguay. Para la historia por belleza y precisión en la maniobra, llena de clase. Pese al golazo de Gotze en la final, el de James sigue arriba.
La selección ideal: Keylor Navas (Costa Rica); Vlaar (Holanda), Garay (Argentina), Hummels (Alemania), Yepes (Colombia); Kroos (Alemania), Mascherano (Argentina), James Rodríguez (Colombia); Robben (Holanda), Messi (Argentina), Müller (Alemania).
Elegimos una línea defensiva con cuatro centrales porque no hubo marcadores de punta destacados. Algunos medios dieron a Lahm como lateral derecho y a Rojo como izquierdo. Y lo hicieron discretamente bien, aunque no para integrar una selección ideal.
El gigante: Costa Rica. Lo pusieron en el grupo con tres campeones mundiales: Inglaterra, Italia y Uruguay. Terminó invicto.
Una actuación inolvidable por táctica, técnica, físico y mentalidad, con varios jugadores sobresalientes: Campbell, Bryan Ruiz, Bolaños, Celso Borges, Óscar Duarte, Keylor Navas… Llegó como Pulgarcito, se fue como Ulises…
La aparición: Enner Valencia. Vivísimo, rápido, goleador, guapo, de gran juego aéreo. Como siempre, rebuscándosela solo. La pena: Messi. Jugó un campeonato espectacular, merecía ganarlo, estuvo tan cerca… El ausente: Cristiano Ronaldo. No la vio.
La grandeza: de Alemania, ocho finales del mundo (récord) y cuatro coronas. Siempre lo busca, siempre está preparado. Por eso corona. (O)