En nuestro fútbol existen delanteras famosas que dejaron una huella profunda en la historia. Revisando los viejos diarios y revistas, tarea que empecé en 1963, encontré una que acaparó todos los elogios de su época: la del General Córdoba, campeón del fútbol porteño en 1927, 1928 y 1929. La integraban Nicolás Gato Álvarez, Ramón Manco Unamuno, Carlos Muñoz, Kento Muñoz y Enrique Rodrigo. Era tan poderoso ese elenco de Los Caciques que sus once titulares fueron llamados por el entrenador inglés William J. Tear a integrar la selección de Guayaquil para la disputa del Escudo Cambrian en 1928. Su ofensiva, manejados sus hilos por la inteligencia y habilidad de Unamuno, le dio el triunfo a Guayaquil ante las selecciones de Los Ríos, Tungurahua y Pichincha, a las que marcó 23 goles en los tres partidos sin recibir ninguno.

Hubo otra artillería espectacular en 1941, la que llevó al Panamá al título de ese año. La formaban Ernesto Cuchucho Cevallos, José María Jiménez (joven sustituto de Alfonso Suárez, quien se había quedado en Chile tras el Sudamericano), el legendario Enrique Maestro Raymondi o Manuel Manco Arenas, el goleador Enrique Gorra de Paco Herrera y Fonfredes Bohórquez.

En 1947 se registró el nacimiento de una delantera cuya mención sacude los cimientos de la emoción de quienes la vimos en acción en el viejo estadio Capwell. Fue la vanguardia que hizo brotar la idolatría por una divisa: el inmortal Quinteto de Oro del Barcelona Sporting Club. Recién ese año el equipo nacido en la esquina de la Escuela Modelo en 1925 logró reunir futbolistas de alto nivel que pronto lo llevaron a enfrentar a rivales poderosos como Emelec, campeón de 1946, y Norteamérica, monarca de 1947.

¿Qué factor provocó la transformación de un conjunto modesto en un ídolo popular en tan solo unos meses? Lo hemos contado en esta columna, en las Anécdotas del domingo que escribí en este Diario entre 1990 y 1998 gracias al entusiasmo de Otón Chávez Pazmiño y en el libro Los forjadores de la idolatría. Todo nació con la llegada, a fines de 1946, de un grupo de jovencitos salidos del más fructífero semillero de todos los tiempos: la Escuela de Cadetes del Panamá que fundaron en 1939 Pablo Ansaldo Garcés y Dantón Marriott Elizalde. En poco tiempo, como por generación espontánea, surgieron cracks con caras de niños que barrieron varias temporadas en los torneos juveniles.

A fines de 1946 varios de esos chiquillos, que ya habían debutado en la primera categoría, entraron en conflicto con los dirigentes panamitos. Uno de ellos, el vinceño Fausto Montalván, ya había pasado a Barcelona en 1945 y tenía un gran ascendiente sobre sus excompañeros. Federico Muñoz Medina, presidente del club del Astillero, vio la gran oportunidad de reforzar su equipo y pidió a Montalván la tarea de convencimiento. No tardaron en llegar Enrique Romo, Galo Solís, Jorge Cantos, Manuel Valle, Nelson Lara, Luis Ordóñez, Enrique Cantos, Héctor Ricaurte y José Pelusa Vargas, entre otros. Ya estaban Sigifredo Chuchuca, José Jiménez (arribó en 1941) y Juan Benítez. A ellos se sumó desde Milagro Guido Andrade.

José Jiménez (izq.), José Vargas, Jorge Rodríguez, Sigifredo Chuchuca y Enrique Cantos a finales de los años cuarenta.

La delantera apareció en la cancha del Vicente Rocafuerte el 21 de mayo de 1947 en un partido amistoso entre Barcelona y un combinado de jugadores ecuatorianos y cinco argentinos que estaban de paso al Valle del Cauca, contratados por Deportivo Cali. Ese día alineó por primera vez en Barcelona la vanguardia más popular e idolatrada de nuestro balompié: José Jiménez, Enrique Cantos, Sigifredo Chuchuca, José Vargas y Guido Andrade. Empujada desde el centro del campo por Jorge Cantos, un iluminado del fútbol, la delantera se movía al ritmo que marcaba Pelusa Vargas, un número 10 que era creador de juego antes de que se inventaran los números en las camisas (no se usaban camisetas) y que el adulo al presente convirtiera a mediocres en falsos ‘genios’. “Yo no lo vi, por tanto, no existe” es la etiqueta discriminadora que lucen en la frente los odiadores de la historia. Pelusa o el Pibe Bolaños –dicen– son inventos de los aquejados de ‘romanticismo’. Nunca pudieron apreciar los tesoros que bordaban en las canchas, pero niegan su grandeza con audacia e insolencia.

Empujada desde el centro del campo por Jorge Cantos, un iluminado del fútbol, la delantera se movía al ritmo que marcaba Pelusa Vargas, un número 10 que era creador de juego antes de que se inventaran los números en las camisas (no se usaban camisetas) y que el adulo al presente convirtiera a mediocres en falsos ‘genios’.

Ricardo Chacón García, periodista de indudables méritos, escribió en Diario EL UNIVERSO, el 23 de noviembre de 1965, una bella nota dedicada a Vargas en la que lo retrata a la perfección: “La punta derecha del Barcelona de alharaca tenía un cumplidor Negro Jiménez; la punta izquierda, un brillante ejecutor y malabarista: Guido Andrade. En el centro, la figura legendaria de Sigifredo Chuchuca hacía goles normales y de los otros. Por la derecha, ayudando al puntero, se agrandaba la pequeña estampa del Ratón Enrique Cantos. Cuatro ases y un cerebro: José Pelusa Vargas. Una amalgama feliz, un milagro del fútbol en momentos en que el tobogán llegaba al final de la pendiente. Se iba olvidando el clásico juego para dar paso al accionar de las líneas modernas. Era el minuto en que se buscaba el armador (que ahora abunda) mientras el ariete se extingue por sistema y tiene que jugar como atacante y defensor. Pelusa le dio plenitud de fútbol a esa delantera del Barcelona de ayer, hoy y siempre. Le trajo pulimento que la hizo resaltar de las demás, que la ubicó en el templo de las inmortales. Y fue grande porque tenía de todo: oportunismo, valentía, arabesco, chicha y limonada. Por ello fue coctel apreciado y servido (como dice Chicken) por los buenos y malos bebedores del fútbol nacional. Hasta manos emelecistas lo aplaudieron en muchas noches de bohemias futbolísticas. Vargas se adelantó un poco al tiempo. Sin querer lo ubicaron donde más iba a vender. Su perfección en el pase quedó grabada entre las mejores de nuestro fútbol. Cuando ya existían las marcaciones, todavía lograba, en parábola, meter la pelota a su puntero. Se la entregaba muertita para que el hombre avanzara por la raya. El tiempo lo fue agrandando, y ya en el final de su carrera jugaba más, había madurado y hasta se ubicaba para las voleas que muchas veces recogió para inflar las redes. Fue patrón de la media cancha. Allí producía lo mejor de su juego. Desde esa pequeña haciendita comenzaba el peligro para su rival. O arrancaba Pajarito y comenzaba a gambetear contrarios; o Chuchuca recibía la bola para arrancar por el centro. Fue uno de los pocos que pudo abrir el juego a las puntas desde cualquier parte del terreno”.

Por Vargas la aplaudieron a una línea de ases los rivales, porque fue un caballero de las canchas; respetó y se hizo respetar por su juego y por su porte

Y sigue Chacón: “La izquierda o la derecha podían correr en espera del pase cuando Pelusa tenía dominada la número 5. Realizaba primero un ‘congreso’ en el medio campo y luego arrancaba seguro, lento (fue su único defecto) pero dominante. El pase llegaba muchas veces por una rendija imposible. Podía subir tocando, propiciando paredes, manejando el 2-1 que ahora se fabrica en laboratorios y se fracasa. Vargas fue el superdotado de nuestro fútbol. Brillará en el tiempo al lado del Chivo Jiménez, Alfonso Suárez, Ramón Unamuno para entrar al terreno de la discusión y el recuerdo. Lo importante está en que, en una línea de ases, él fue el cerebro, él fue quien la dirigió y la mandó; el que la armó y la llevó hasta los más grandes elogios. Por él la aplaudieron los rivales porque fue un caballero de las canchas; respetó y se hizo respetar por su juego y por su porte”. (O)