En su juventud, se dudaba de que Gerd Müller pudiera algún día ser reconocido como una leyenda del fútbol. Hoy es considerado, conjuntamente con Uwe Seeler y Franz Beckenbauer, dentro de los tres mejores futbolistas alemanes de todos los tiempos.

Especialistas han analizado las características técnicas que le permitieron al denominado Torpedo convertirse en un letal delantero en el área de candela. Poseía piernas cortas y musculosas que le daban un centro de gravedad bajo y un giro veloz para encontrar los espacios requeridos.

La prensa, a través de los años, ha definido la especialidad de Müller. La descripción más brillante es la de Eduardo Galeano: “Era el lobo feroz. Ni se veía en la cancha. Disfrazado de abuelita, ocultos los colmillos y las pezuñas. Mientras tanto, sin que nadie se diera cuenta, se deslizaba hacia el área. Ante la valla abierta, se relamía: la red era el encaje de novia de una niña irresistible. Y entonces, desnudo de golpe, lanzaba el mordiscón”.

El Mundial de México 1970 confirmó que era posible incluir en una alineación a dos número 9 de parecidas características. Me refiero al gran Seeler, delantero de apenas 1,70 m de estatura, fornido y gran cabeceador, goleador de raza, y a Müller, físicamente parecido, oportunista y dotado de una intuición para convertir goles pocas veces vistos. Era muy difícil detener a estos terribles tripulantes de la Panzerwaffe alemana.

¿Futbolista o halterófilo?

La historia de Gerd Müller se inició muy parecida a la de las mayorías de futbolistas que consiguen convertirse en leyendas. Nació el 3 de noviembre de 1945 en el pueblo bávaro de Nördlingen. La situación de la familia Müller era acuciante. Gerd se vio obligado a ayudar a su padre a transportar carbón en su adolescencia. Trabajó por más de 12 horas diarias en una fábrica textil. Amante del fútbol, lo practicaba cuando podía, siempre acompañado del rechazo y las burlas de los demás, que no podían entender cómo un regordete, con una apariencia física más para luchador, aspirara a ser futbolista. Pero lo que no esperaban sus compañeros de juego es que su fortaleza física era lo que permitía que sus rivales no pudieran quitarle el balón. Cuando le consultaban de dónde sacaba tanta fuerza, él afirmaba que era por la ensalada de papa que le preparaba diariamente su madre.

Cuando tenía 17 años decidió participar en un torneo amateur con el equipo de su pueblo, el TSV1861. En ese campeonato consiguió algo más de cien goles. La noticia llegó hasta Múnich y un agente del FC Bayern, que jugaba en Segunda, lo convenció para que con el fútbol pudiera ganar un pequeño sueldo y además aceptara un empleo a tiempo parcial en una mueblería. Se comenta que cuando lo vio el entrenador, el yugoslavo Cajkovski, le preguntó al agente: ¿Qué piensas que pueda hacer con este levantador de pesas? Incrédulo, el entrenador debió alinearlo para que jugara, por la cantidad de partidos perdidos que traía su equipo. Desde ese momento nunca más pudo sacarlo. Sus goles permitieron ascender al Bayern.

El famoso Beckenbauer, compañero de muchas jornadas tanto en el club bávaro como en la selección alemana, bromeando en una rueda de prensa luego de su retiro del fútbol, describió a su gran amigo así: “Gerd era feo de ver, con esas piernas cortas y gruesas y los hombros inclinados, pero era veloz como un rayo y saltaba como una águila. Con sus 1,73 m era un gigante en el aire. Si te distraías un segundo, convertía el gol”.

El escritor Luciano Wernicke, reconocido por contar anécdotas, así como historias insólitas cuando se refiere a los mundiales de fútbol, cuenta que por la década de los 60, la Agence France-Presse publicó que la FIFA evaluaba permitir que los equipos de fútbol eliminen la camiseta n.º 13, porque se había adueñado el mito de la mala suerte, y dio la potestad a que se la reemplazara con una camiseta sin número. La idea se fue desprestigiando, porque los propios jugadores insistieron en elegir al 13 como su número favorito. Uno de ellos fue precisamente Müller, que lo escogió para jugar México 1970, mundial en el que se proclamó goleador con diez anotaciones. Alemania no fue campeón porque en su camino se encontró con Italia en semifinales, donde perdieron los germanos por 4-3 en suplementarios, en el que se denominó el partido más hermoso de todos los mundiales.

Al Bombardero alemán le quedaba otro mundial por jugar, en su país natal, en 1974, y donde el equipo teutón llegó a la final ante la superfavorita selección de Holanda, la Naranja Mecánica de Johan Cruyff y compañía, que por esos años revolucionaban el mundo con el denominado fútbol total. Esa final de la Copa del Mundo, realizada el 7 de julio de 1974 en el estadio Olímpico de Múnich, permitió que Alemania ganara (2-1) el segundo de los cuatro mundiales que tiene en su vitrina (Suiza 1954, Alemania 1974, Italia 1990 y Brasil 2014).

La prensa celebró el éxito. El diario Bild publicó: “El equipo nacional ganó porque respetó sus características y su mayor virtud fue no destruir la belleza del fútbol holandés. Alemania, en el momento adecuado, usó su arma más destructiva, el Torpedo Müller, para hacer el gol del campeonato”.

Ese gol histórico convertido por Müller se produjo a los 44 minutos del primer tiempo. Lo hizo tal cual era su especialidad: recibió en el área el balón, sembró todo su poder para enraizarse en el piso y, cuando menos pensó su celador Krol, ya el alemán le había girado sin que se diera cuenta, y con un disparo cruzado hizo su último gol y cerró también su ciclo con la selección.

Barça, rock y alzhéimer

Müller estuvo en 1973 muy cerca de fichar con el FC Barcelona. No se dio, aunque existía un acuerdo preestablecido. El equipo catalán debía seleccionar entre Müller o Cruyff. Se resolvió a favor del holandés cuando el 17 de agosto de 1973 el Parlamento neerlandés aprobó el traspaso del entonces jugador del Ajax al Barça por 2 millones de dólares.

Una curiosidad poco conocida es que Müller, con su pinta de rockero, grabó en 1969 dos canciones, Cuando el cuero redondo gira y Entonces hazlo boom, pero el sencillo que grabó en 1974, con el sello de la CBS, denominado Eso da una protección, fue todo un éxito en Alemania. Luego de su retiro, se dedicó a ser entrenador en las categorías de formación del Bayern. Una tarde del 2011, sus colaboradores se dieron cuenta de su desorientación, la cual lo hizo deambular por las calles de la ciudad italiana de Trento, y lo llevaron de vuelta al hotel. Desde ese día, Müller abandonó el fútbol y se refugió en su casa. En 2014 se hizo oficial en el diario Die Welt que el Torpedo sufría de alzhéimer, enfermedad que lo fue consumiendo. Ya no se alimentaba, no podía masticar. Su esposa Ushi dijo que pasaba siempre en cama con pocos momentos de lucidez, que no sufría, pero que caminaba dormido hacia el final, que llegó el 15 de agosto de 2021.

El mundo del fútbol, con mucho pesar, se despidió del legendario Gerd Müller. (O)