¿Palmeiras o Flamengo…? Uno de los dos conseguirá este sábado su tricampeonato de América y será el nuevo monarca de la Libertadores. ¿Quién está mejor…? Diríamos que parejos, Flamengo ganó en mayo el Campeonato Carioca, Palmeiras fue subcampeón del Paulista; en el Brasileirão Fla marcha segundo y el Verdão es tercero. El rubronegro viene de ser campeón de Libertadores en 2019 y Palmeiras en 2020. Ahora llevan 9 victorias cada uno en la Copa y definirán en Montevideo. En logros están muy igualados. ¿Y en juego…? “Son equipos muy distintos -analiza Celso Unzelte, magnífico periodista e historiador brasileño-. Palmeiras no agrada y es bastante defensivo, pero tiene un funcionamiento muy sólido tácticamente y como conjunto, le da resultado a Abel Ferreira. Flamengo es menos colectivo, pero tiene individualidades muy superiores. Están Gabigol, Bruno Henrique, Michael… Tiene más inspiración”.

Lo deseable es que produzcan un espectáculo atrayente y no se repita la esperpéntica final del año anterior entre Palmeiras y Santos, definida en el minuto 99, en el primer y único remate del campeón al arco adversario. Y que el marco del estadio Centenario sea acorde a lo que se juega y esté más nutrido que el del sábado último en la definición de la Copa Sudamericana entre Bragantino y Atlético Paranaense, que ganó este último por 1 a 0 en partido aburrido. A esto íbamos. Fue la final más desangelada de la historia de Conmebol. Entre que eran dos clubes de un mismo país jugando en el extranjero y que no son populares, el hecho de disputarse a partido único en Montevideo le echó un manto de anonimato. Pasó casi inadvertido el choque, incluso en Uruguay: unas 6.500 desafiaron el calor abrasador de las cinco de la tarde. Y muchas entradas fueron de cortesía, de la Asociación Uruguaya de Fútbol y de la misma Conmebol.

Boleto para ingresar a la tribuna para la final de la Copa Sudamericana.

Fue una imagen triste ver una definición continental en semejante estadio prácticamente vacío, con tres tribunas enormes esqueléticas de gente y en la cuarta un puñadito silencioso. Todo ello agravado por el juego anodino y chato de dos equipos sin gran historia a nivel continental.

En tantos años de periodismo siempre hemos estado a favor de las innovaciones en el fútbol; está demostrado que casi todas fueron exitosas: suavizar la regla del offside, endurecer las sanciones al juego brusco, eliminar en buena medida las pérdidas de tiempo, los tres puntos a la victoria, el aerosol, el VAR, la Eliminatoria de todos contra todos, la ampliación de los Mundiales de 16 a 24 y luego a 32 selecciones, y esta de final única también la apoyamos. Hay que intentar mejorar, y aquí se busca darle plusvalía a la final, vestirla de gala, darle glamur, jerarquizar ese gran partido que corona al campeón. Sin embargo, tal vez debieran revisarse algunas cuestiones.

Por ejemplo, el precio de los boletos: 100, 200 y 400 dólares para ver un duelo menos que discreto en un país que sufre estrecheces económicas. Son valores irreales, llenos de petulancia y desconocimiento. El Uruguay futbolero directamente lo ignoró. “Aquí una entrada para ver el clásico Peñarol-Nacional, que sí importa, en el estadio Campeón del Siglo (nuevo), cuesta 300 pesos uruguayos, unos siete dólares. Por eso, de los hinchas locales no fue nadie al Centenario, vino un grupito del Bragantino y sí un lote más numeroso del Paranaense. Pero no hubo ambiente de final, para nada. A esto hay que agregar que Montevideo es la ciudad más cara de Sudamérica, no invita a los visitantes a venir y gastar”, dice Javier Minitti, venezolano, gerente del club Boston River, de Montevideo.

En la patria de Artigas el 95/97% de la población futbolera es de Nacional o Peñarol. No conmueve ir a ver Bragantino-Paranaense. Lo ve como una expresión decididamente menor. Y Palmeiras-Flamengo tampoco les seduce porque los consideran equipos competidores. Es como que alguien de Racing vaya a ver un Boca-River. No da. Nadie gastará un platal para ver un partido que podría llegar a ser soporífero. El fútbol debe bajar de su pedestal. Ya no está solo en la industria del entretenimiento. Hay decenas de actividades que atraen igual o más a los jóvenes.

A ello hay que agregar que, en Sudamérica, salvo los hinchas argentinos, no hay una tradición de viajar en masa a otro país a alentar al equipo de uno. Las distancias son enormes y no hay tanta conectividad como en Europa, donde se puede ir en tren o por carretera desde París a Londres, a Berlín o otras ciudades. También por avión en vuelos de bajo costo. Eso sin contar con el mayor poder adquisitivo europeo. Y además se eligió Montevideo, la capital con menos población del continente, poco más de un millón y medio. En 2019, en la primera final a un solo asalto entre River y Flamengo, se disputó con buen marco en Lima, pero la Ciudad de los Virreyes ya sobrepasó los diez millones de habitantes. Hay más clientela. Aparte, el Estadio Nacional de Lima tiene capacidad para 40.000 personas, aunque vaya la mitad se disimula bien, en cambio el Centenario es el doble de grande, parecía desnudo con 6.500.

Otro ítem a tener en cuenta es el reglamentario. Antiguamente no podían llegar a la final dos equipos de un mismo país. Luego se cambió y en 2005 protagonizaron el hecho São Paulo y el mismo Paranaense. Si los encuentros son a ida y vuelta, las canchas se llenan, sin duda. A una sola topada y en el extranjero cambia todo. “Todos los años no se van a encontrar Boca y River, esos sí importan en cualquier lado”, dice Ricardo Vasconcellos Figueroa, editor de Deporte de EL UNIVERSO.

Toma aérea del estadio Centenario de Montevideo (Uruguay) durante la final única de la Copa Sudamericana 2021 que protagonizaron Athlético Paranaense y Bragantino. En su mayoría, las gradas no contaron con público.

En 1962, Peñarol y el Santos disputaron el tercer partido en Buenos Aires. Era la primera vez que se iba a campo de un tercero. Y hubo buena cantidad de público en el Monumental de River, pero era otro momento del fútbol y del mundo. Peñarol había ganado las dos primeras ediciones de la Libertadores (1960 y 1961), se lo sabía un cuadro duro, guerrero, y el Santos llegaba con una bomba atómica: Pelé a los 22 años. Encima, acompañado por Coutinho, Pepe, Dorval y demás. Brasil se había consagrado bicampeón mundial dos meses antes. No había televisación, quien quería ver en acción a Pelé y a esos dos grandes conjuntos, tenía que ir al estadio, no quedaba otra. Ahora es diferente, la final se puede observar en cualquier parte.

Está claro que los patrocinadores exigen refinamiento y máxima organización, algo que se puede conseguir mejor en campo neutral. No obstante, vale la pena revisar esta decisión. O mejorarla. (O)